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Sólo un puñado de clientes, dispersos entre miembros de la Compañía, no pertenecía a ella. Aquí, un kandorés enjuto, con la barba dividida en dos, una piedra de luna del tamaño de la uña de un pulgar adornando uno de sus lóbulos y cadenas de plata cruzadas sobre la pechera de su chaqueta roja; allí, una domani de piel cobriza y ojos de lince, con anillos enjoyados en todos los dedos, aunque ataviada con un recatado vestido azul; acullá, un tarabonés con un gorro cónico de copa plana, en color azul, y un espeso bigote bajo el velo transparente. Hombres orondos con chaquetas tearianas ceñidas a la cintura o tipos flacos con levitas murandianas, largas hasta la rodilla; mujeres de ojos penetrantes con vestidos de cuello alto o largos hasta los tobillos, pero de lana con buen corte y colores sobrios. Todos mercaderes, prestos para entrar en acción en el momento en que se reanudara el comercio entre Andor y Cairhien. Y en todos los salones públicos dos o tres hombres sentados aparte de los demás, por lo general solos, en su mayor parte tipos de mirada dura, algunos bien vestidos y otros con ropas poco mejores que los refugiados, pero todos ellos con el aspecto de saber muy bien cómo utilizar la espada colgada a la cadera o sujeta a la espalda. Mat incluyó a dos mujeres en ese tipo de gente a pesar de que ninguna llevaba a la vista un arma; una de ellas tenía un largo cayado apoyado contra la mesa, y Mat imaginó que la otra escondía cuchillos debajo del vestido de montar. Él mismo llevaba escondidas unas cuantas armas blancas arrojadizas, repartidas por sus ropas. Estaba convencido de saber lo que esta mujer y los otros se proponían, y sería una necia si se metía en ello desarmada.

Cuando Edorion y él salían de El Látigo del Carretero, Mat se paró para observar a una fornida mujer vestida con falda pantalón de color marrón que se abría paso entre la muchedumbre. Su penetrante mirada, que no perdía detalle de cuanto ocurría en la calle, desmentía la aparente placidez de su semblante redondo, como también lo hacían el garrote tachonado de clavos que llevaba colgado del cinturón y la daga de enorme hoja que no tenía nada que envidiar a los cuchillos de los Aiel. Así pues, una tercera mujer que añadir al grupo. Cazadores del Cuerno, es lo que eran, del legendario Cuerno de Valere cuya llamada haría regresar de sus tumbas a los héroes muertos para que combatieran en la Última Batalla. Quienquiera que lo hallara se ganaría un lugar en la historia. «Si es que queda alguien para escribir la puñetera historia», pensó irónicamente Mat.

Algunos creían que el Cuerno aparecería allí donde hubiese agitación y conflictos armados. La anterior convocatoria de la Cacería del Cuerno había tenido lugar hacía cuatrocientos años, y en esta ocasión era tanta la gente que había acudido a prestar los juramentos que podría decirse que habían salido hasta de debajo de las piedras. Mat había visto multitud de cazadores del Cuerno por las calles de Cairhien y esperaba ver más cuando llegara a Tear. A buen seguro que ahora también se dirigirían en tropel hacia Caemlyn. En su fuero interno deseó que cualquiera de ellos hubiese encontrado el condenado objeto. Que él supiera, el Cuerno del jodido Valere se encontraba en algún lugar recóndito y profundo de la Torre Blanca, y, conociendo a las Aes Sedai, no sería de extrañar que sólo unas pocas estuvieran enteradas de ello.

Una tropa de infantería que marchaba detrás de un oficial a caballo, equipado con un peto abollado y el yelmo cairhienino, pasó entre la fornida mujer y él; eran casi doscientos piqueros, cuyas armas formaban un bosque de afiladas puntas, y a continuación venían cincuenta o más arqueros con las aljabas en la cadera y los arcos colgados al hombro. No eran los arcos largos de Dos Ríos a los que Mat estaba acostumbrado desde pequeño, pero sí unas armas respetables. Tenía que conseguir más ballestas para alcanzar el número necesario, aunque los arqueros no aceptarían el cambio voluntariamente. Los hombres iban cantando y el conjunto de sus voces bastaba para ahogar los demás ruidos.

Judías secas y heno podrido tu sustento serán, y con coces de caballos tu cumpleaños celebrarás. Sudor y sangre darás hasta que te hagas viejo, y tu única paga será la que recibas en sueños, si es que quieres ser soldado. Si es que quieres ser soldado.

Un numeroso grupo de civiles caminaba tras ellos, tanto vecinos de la ciudad como refugiados, todos ellos jóvenes, observando con curiosidad y escuchando. A Mat no dejaba de sorprenderlo nunca. Cuanto peores hacía parecer a los soldados la canción —y ésta estaba lejos de ser de las peores— más numerosa era la multitud que atraía. Tan seguro como que el agua mojaba, algunos de esos hombres estarían hablando con el oficial de leva antes de que acabara el día, y la mayoría habría estampado su firma o su señal en la hoja de reclutamiento. Debían de pensar que la canción era un intento para alejarlos y dejarlos fuera de su parte de gloria y de botín. Al menos los piqueros no estaban cantando Bailar con la Dama de las Sombras. Mat detestaba esa canción. Cuando los chicos descubrían que la Dama de las Sombras era la muerte, les entraban las prisas para hablar con el oficial de leva.

La novia que dejas con otro hombre se casará Una tumba será la única tierra que poseerás. Ser pasto de gusanos y nadie que te llore. De haber nacido renegarás con maldiciones, si vas a ser un soldado. Si vas a ser un soldado.

—Se hacen muchas cábalas sobre cuándo emprenderemos camino hacia el sur —comentó Edorion de manera coloquial—. Corren rumores. —Miró de reojo a Mat para calibrar su estado de ánimo—. Me he fijado en que los herradores comprobaban los tiros de caballos para las carretas de suministros.

—Nos pondremos en marcha cuando nos pongamos —replicó Mat—. No hay necesidad de advertir a Sammael que vamos hacia allí.

Edorion le asestó una mirada intensa. El teariano no era ningún zopenco. Tampoco es que Nalesean lo fuera —sólo demasiado impaciente en ocasiones—, pero Edorion poseía una mente muy perspicaz. Nalesean jamás habría reparado en los herradores. Era cuestión de mala suerte que la casa Aldiaya tuviese un rango superior a la de Selorna, porque en caso contrario Mat habría designado a Edorion para el puesto ocupado por Nalesean. Estúpidos nobles con su estúpida obsesión por el rango. No, Edorion no tenía nada de tonto y sabía que tan pronto como la Compañía se encaminara hacia el sur la noticia los precedería con el tráfico fluvial y quizá también con palomas mensajeras. Mat no habría apostado contra los espías en Maerone aunque su instinto le anunciara que iba a tener un golpe de suerte tan grande como para dejarlo atontado.

—También corre el rumor de que el lord Dragón estuvo ayer en la ciudad —añadió Edorion en un tono tan bajo como se lo permitía el estruendo callejero.