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—Lo más importante que ocurrió ayer fue que pude darme un baño después de una semana —dijo Mat con sorna—. Bueno, sigamos con lo nuestro o tardaremos casi todo lo que queda de luz del día para acabar la ronda si nos entretenemos más.

Habría dado un ojo de la cara por saber cómo había empezado ese rumor. Sólo había estado ausente medio día y desde luego nadie lo había visto. Era de madrugada cuando una especie de desgarrón luminoso apareció de repente en su habitación de El Ciervo Dorado; se había zambullido sobre la cama, con una bota puesta y la otra a medio quitar, y había desenvainado la daga que llevaba entre los omóplatos antes de darse cuenta de que era Rand, saliendo a través de uno de esos jodidos agujeros en la nada, aparentemente desde el palacio de Caemlyn a juzgar por las columnas que se vieron antes de que la abertura desapareciera. Resultaba chocante que viniera en plena noche, sin ninguna Aiel y apareciendo de improviso en su cuarto, lo que todavía hacía que a Mat se le erizara el pelo de la nuca. Esa cosa podría haberlo partido en dos si se hubiese encontrado de pie en el sitio equivocado. No le gustaba nada el Poder Único. Todo el asunto había sido muy raro.

—Apresúrate sin precipitarte, Mat —dijo Rand al tiempo que paseaba arriba y abajo, sin mirar hacia donde estaba Mat en ningún momento. El sudor le resbalaba por la cara y tenía tensa la mandíbula—. Tiene que verlo venir. Todo depende de ello.

Sentado en la cama, Mat acabó de quitarse la otra bota de un tirón y la soltó en la alfombrilla que la señora Daelvin le había proporcionado.

—Lo sé —repuso con acritud e hizo una pausa para frotarse el tobillo que se había golpeado con un poste de la cama—. Tomé parte en la elaboración del jodido plan, ¿recuerdas?

—¿Cómo sabes cuando estás enamorado de una mujer, Mat? —Rand no interrumpió sus idas y venidas, y lo soltó como si tuviera relación con lo que estaban hablando. Mat parpadeó.

—¿Y cómo demonios quieres que lo sepa? Ésa es una trampa en la que nunca he metido el pie. ¿A qué viene eso ahora?

Pero Rand se limitó a sacudir la cabeza como para desentenderse de algo.

—Acabaré con Sammael, Mat. Eso te lo prometo. Se lo debo a los muertos. Pero ¿dónde están los otros? Tengo que acabar con todos.

—Sí, claro, pero de uno en uno. —Mat reprimió a duras penas un timbre interrogante al hablar; imposible saber qué se le habría metido en la cabeza a Rand esos días.

—Hay seguidores del Dragón en Murandy, Mat. Y también en Altara. Hombres comprometidos conmigo. Una vez que Illian esté en mi poder, Altara y Murandy caerán como frutas maduras. Me pondré en contacto con los seguidores del Dragón en Tarabon, y en Arad Doman, y si los Capas Blancas intentan impedirme entrar en Amadicia los aplastaré. El Profeta tiene catequizada Ghealdan, y Amadicia casi, según he oído. ¿Te imaginas a Masema como el Profeta? Saldaea vendrá a mí; Bashere está convencido de ello. Lo harán todas las Tierras Fronterizas. ¡Tienen que hacerlo! Voy a conseguirlo, Mat. Todas las naciones estarán unidas antes de la Última Batalla. ¡Voy a lograrlo! —La voz de Rand había adquirido un timbre febril.

—Claro, Rand —repuso lentamente Mat mientras dejaba la otra bota junto a la primera—. Pero paso a paso, ¿vale?

—Ningún hombre debería tener la voz de otro dentro de su cabeza —masculló, y las manos de Mat se quedaron paralizadas a medio quitar uno de los calcetines de lana. Cosa extraña, se encontró preguntándose si el par no serviría para llevarlo puesto un día más. Rand sabía algo de lo que había pasado dentro de aquel ter’angreal en Rhuidean; al menos sabía que había adquirido conocimientos militares, pero no estaba al tanto de todo. O eso creía Mat. No estaba enterado de lo de los recuerdos de otros hombres. Rand no pareció advertir nada fuera de lo normal; se limitó a pasarse los dedos por el pelo y prosiguió:

»Se lo puede embaucar, Mat, porque Sammael no es imaginativo, no se sale de su planteamiento; pero ¿habrá algún resquicio por el que pueda escabullirse? Si hubiese un error, morirían miles de hombres. Decenas de miles. Serán centenares lo que caigan, de todos modos, pero no quiero que sean millares.

Mat torció el gesto de tal manera que el sudoroso quincallero que intentaba venderle una daga con la empuñadura medio cubierta de cristales multicolores —gemas, según él— casi dejó caer el arma en su prisa por perderse entre la multitud. Así había sido toda la entrevista con Rand, saltando de la invasión de Illian a los Renegados y a las mujeres —Luz, pero si Rand había sido siempre al que se le daban bien las mujeres; él y Perrin—, de la Última Batalla a las Doncellas Lanceras y a cosas que Mat apenas entendió; rara vez había escuchado las respuestas que Mat le daba y en ocasiones ni siquiera había esperado a que las diera. Oír a Rand hablar de Sammael como si lo conociera resultó más que desconcertante. Sabía que Rand perdería la razón finalmente, pero si empezaba ya a tener los primeros síntomas de locura…

¿Y el asunto de los otros, de esos necios que Rand estaba reuniendo y que querían encauzar, y ese tipo, Taim, que ya podía hacerlo? Rand había comentado el asunto por encima, como sin darle importancia; Mazrim Taim, el puñetero falso Dragón, instruyendo a los puñeteros estudiantes o lo que quiera que fuesen. Cuando todos empezaran a volverse locos, Mat quería encontrarse a miles de kilómetros de distancia.

Sólo que tenía tantas posibilidades de conseguirlo como una hoja arrastrada hacia un remolino. Era ta’veren, pero Rand también y mucho más fuerte. No se decía nada en la Profecías del Dragón sobre Mat Cauthon, pero estaba atrapado, más que un pez en la red. Luz, ojalá no hubiese visto nunca el Cuerno de Valere.

Su semblante estaba sombrío mientras recorrió la siguiente docena de tabernas y locales públicos en la ronda marcada desde El Ciervo Dorado. No se diferenciaban realmente de la primera taberna visitada: llenas de mesas atiborradas de hombres bebiendo y jugando a los dados, músicos cuyas canciones quedaban ahogadas por el guirigay las más de las veces, Brazos Rojos poniendo fin a disputas tan pronto como se iniciaban, un juglar recitando La Gran Cacería en una —por lo visto era muy popular, tanto si había cazadores presentes como si no—, en otra una mujer baja de cabello claro entonando una canción algo picante que de algún modo parecía más indecente a costa de su rostro redondo y sus ojos muy abiertos en una expresión de inocencia.

Seguía de malhumor cuando se marcharon de El Cuerno de Plata —¡qué nombre tan idiota!— con su cantante de rostro inocente. Quizá fue por eso por lo que echó a correr hacia el griterío que estalló calle abajo, delante de otra hospedería. Los Brazos Rojos se ocuparían de ello si había soldados involucrados, pero aun así Mat se abrió paso a empujones entre la multitud apiñada. Menudo panorama; Rand perdiendo la chaveta y dejándolo a él colgado en medio de la tormenta. Taim y esos otros idiotas listos para seguirlo hacia la locura. Sammael esperando en Illian y el resto de los Renegados sabía la Luz dónde, sin duda todos ellos aguardando la ocasión para, de paso, hacerse con la cabeza de Mat Cauthon. Eso sin contar con lo que le harían las Aes Sedai si volvían a echarle mano; al menos las que sabían demasiado. ¡Y todo el mundo convencido de que él iba a salir a la palestra y ser un jodido héroe! Por lo general intentaba recurrir a la labia para evitar un enfrentamiento si es que no podía eludirlo completamente, pero en aquel momento deseaba tener cualquier excusa para atizarle un puñetazo en la nariz a alguien. Sin embargo, se encontró con algo que ni siquiera se le había pasado por la cabeza.

Una multitud de vecinos, cairhieninos de talla baja vestidos con ropas parduscas y un reducido número de andoreños más altos y con atuendos de colores más vivos, formaban un círculo inexpresivo alrededor de dos hombres altos y enjutos, con bigotes rizados, largas chaquetas murandianas de brillante seda y espadas con ornamentadas empuñaduras y recazos dorados. El tipo de la chaqueta roja sonreía con regocijo mientras observaba cómo el de la chaqueta amarilla sacudía por el cuello a un chiquillo, que no debía de llegar a Mat a la cintura, como haría un perro con una rata.