Costaba entender por qué se quedaban. Vencían cuando él los lideraba, ciertamente, pero siempre había bajas. A Mat no le estaba resultando fácil mantenerlos alimentados y conseguir que recibieran la paga más o menos a tiempo, aparte de que harían bien si empezaban a olvidarse de las riquezas que, según alardeaban, iban a saquear. Hasta el momento nadie había visto una sola moneda, y Mat no creía que hubiese muchas probabilidades de que tal cosa ocurriera nunca. Era una locura.
El primer escuadrón lanzó un vítor al que de inmediato se unieron el cuarto y el quinto, los Leopardos de Carlomin y las Águilas de Reimon, como se llamaban a sí mismos:
—¡Lord Matrim y la victoria! ¡Lord Matrim y la victoria!
Si Mat hubiese tenido una piedra a mano se la habría arrojado.
La infantería venía a continuación cual una serpiente sinuosa, cada compañía precedida por un tambor que iba marcando el paso, así como uno de los largos estandartes, éstos con una pica cruzada sobre la mano carmesí en lugar de una espada, en veinte filas que creaban un erizado bosque de lanzas seguidas por otras cinco de arqueros o ballesteros. Cada compañía tenía también una o dos flautas, y cantaban con la música:
Mat tuvo que aguantar la canción hasta que aparecieron las primeras filas de la caballería de Talmanes, entonces taloneó los flancos de Puntos. No era menester quedarse para ver pasar las carretas de suministros ni las reatas de remonta que cerraban la marcha. Habría caballos que se lisiarían de allí a Tear o que morirían por cosas que los veterinarios no podrían curar, y un soldado de caballería sin montura no valía para mucho. En el río, siete barcos pequeños se deslizaban aguas abajo impulsados por velas triangulares, un poco más deprisa que la propia corriente. En cada uno de ellos flameaba un gallardete blanco con la Mano Roja. Otras embarcaciones empezaban a moverse también, dirigiéndose hacia el sur, algunas utilizando cualquier trozo de lona que sirviese de vela.
Cuando Mat alcanzó la cabeza de la columna, el sol empezó finalmente a asomarse por el horizonte, arrojando sus rayos sesgados sobre las onduladas colinas y las dispersas arboledas. El joven se caló bien el sombrero para resguardarse los ojos del resplandor. Nalesean tenía la mano, enfundada en el guantelete, puesta en la boca para reprimir fútilmente un tremendo bostezo, y Daerid iba como derrumbado en la silla, los párpados entrecerrados como si fuera a quedarse dormido en cualquier momento. Sólo Talmanes llevaba muy recta la espalda y los ojos bien abiertos y alertas. Mat se sintió más identificado con Daerid.
Aun así, levantó la voz para hacerse oír sobre los tambores y las trompetas:
—Mandad por delante a los exploradores tan pronto como hayamos perdido de vista la ciudad. —Tanto el bosque como el territorio agreste estaban bastante distantes al sur, pero una ruta razonablemente establecida atravesaba ambas zonas; la mayoría del tráfico discurría por el río, pero también había habido el suficiente trasiego a pie o en carreta a lo largo de los años para dejar un camino marcado—. Y haced que pare ese condenado ruido.
—¿Los exploradores? —repitió extrañado Nalesean—. Demonios, no hay nadie armado siquiera con una lanza en un radio de quince kilómetros, a menos que pienses que los Leones Blancos han dejado de huir; y, si lo han hecho, no se acercarán a nosotros a menos de ochenta kilómetros si tienen la menor sospecha de nuestra presencia.
—Quiero que hoy se cubran cincuenta kilómetros —continuó Mat sin hacerle caso—. Cuando podamos hacer ese recorrido cada día, comprobaremos hasta dónde podemos incrementar la distancia apretando la marcha. —Lo miraron boquiabiertos, naturalmente. Los caballos no podían mantener ese paso durante mucho tiempo, y cualquiera salvo los Aiel consideraba cuarenta kilómetros un recorrido excelente en un día de marcha a pie. Sin embargo, Mat tenía que seguir el juego como lo había acordado—. Comadrin escribió: «Ataca en un terreno en el que tu enemigo piense que no lo harías, desde una dirección inesperada y en un momento inesperado. Defiende cuando tu enemigo crea que no lo estás haciendo y cuando esté convencido de que vas a huir. La sorpresa es la clave de la victoria, y la velocidad la clave de la sorpresa. Para un soldado, ser veloz significa seguir con vida».
—¿Quién es Comadrin? —preguntó Talmanes al cabo de un momento, y Mat tuvo que recobrar el dominio de sí mismo antes de responder.
—Un general. Murió hace mucho tiempo. Leí su libro una vez. —O al menos recordaba haberlo leído y en más de una ocasión; dudaba mucho que existiese alguna copia hoy en día. En realidad, recordaba haber conocido a Comadrin, después de perder una batalla contra él, unos seiscientos años antes de Artur Hawkwing. Esos recuerdos seguían colándose en su mente cuando menos lo esperaba. Por lo menos no había soltado el discursito en la Antigua Lengua; por lo general, ahora se las apañaba para no caer en eso.
Mientras observaba cómo los exploradores a caballo se dispersaban en abanico por la ondulada planicie fluvial, Mat se tranquilizó. Su parte en el juego había empezado, conforme al plan: una partida casi precipitada como si estuviesen intentando desplazarse hacia el sur a hurtadillas, pero lo suficientemente ostentosa para estar seguro de que no pasaría inadvertida.
La combinación lo haría parecer un estúpido y eso también era conveniente. Enseñar a la Compañía a moverse rápidamente era una buena idea —desplazarse deprisa podía mantenerlo a uno lejos del combate—, pero su progreso sin duda se notaría desde el río como mínimo. Escudriñó el cielo; ni cuervos ni grajos, pero eso no significaba gran cosa. Tampoco palomas. Sin embargo, Mat se comería el sombrero si no salía ninguna de Maerone en ese día.
Como mucho, en cuestión de unos días Sammael sabría que la Compañía iba de camino y a buen paso, y con los comentarios dejados caer por Rand en Tear sería evidente que la llegada de Mat señalaría la inminente invasión de Illian. Aun así, por muy bien que marchara la columna tardarían más de un mes en llegar a Tear. Con suerte, Sammael estaría tan aplastado como un piojo entre dos piedras antes de que Mat hubiese llegado a menos de doscientos kilómetros de él. Sammael podía ver lo que se avecinaba —no todo, claro— pero iba a ser un baile distinto del que él esperaba. Diferente de lo que esperaba cualquiera salvo Rand, Bashere y él. Ése era el verdadero plan. De repente Mat se sorprendió a sí mismo silbando. Por una vez todo estaba saliendo del modo que esperaba.
6
Hilos tejidos con sombras
Con cautela, Sammael pisó en la sedosa alfombra floreada, dejando abierto el acceso por si acaso se hacía necesaria la retirada y aferrando con fuerza el saidin. Por lo general rehusaba las reuniones salvo en terreno neutral o en el suyo, pero ésta era la segunda vez que acudía allí. Pura necesidad. Nunca había sido un hombre confiado y lo era aun menos desde que se había enterado de parte de lo ocurrido entre Demandred y las tres mujeres; y Graendal le había contado sólo lo justo para respaldar algún provecho que veía para sí misma. Sammael lo entendía muy bien; también él tenía sus propios planes de los que no sabían nada los otros Elegidos. Sólo habría un Nae’blis, y ese premio valía tanto como la propia inmortalidad.