Eso no era lo que había empezado a decir. Sammael hizo caso omiso del helor que atenazó su espina dorsal una vez más. Al’Thor no sería elegido Nae’blis. ¡No lo sería! Así que Graendal quería que todos estuvieran unidos, ¿no?
—Entonces, colígate conmigo. Estando los dos vinculados superaríamos a al’Thor. Hagamos que esto sea el comienzo de nuestra nueva postura de unidad. —La cicatriz de su cara se atirantó al sonreír ante la repentina inexpresividad en el rostro de la mujer. La coligación tenía que arrancar de ella, pero estando los dos solos no le quedaría más remedio que dejarle el control a él y confiar en que le pondría fin sin aprovechar su indefensión.
»Bien. Al parecer seguiremos como antes. —En realidad en ningún momento se lo habían planteado, ya que la confianza no era parte de la naturaleza de ninguno de ellos—. ¿Qué más tenías que decirme? —Ésa era la razón de que hubiese ido allí, no para oír su cháchara sobre Rand al’Thor. De él ya se ocuparía. Directa o indirectamente.
La mujer se quedó mirándolo fijamente mientras recobraba la compostura; en sus ojos había un brillo de enemistad.
—Muy poco —contestó finalmente. No olvidaría que la había visto perder el control. Su voz no dejó traslucir la ira que la embargaba, sino todo lo contrario; el tono era suave, incluso trivial—. Semirhage no acudió a la última reunión; ignoro el porqué, y tampoco creo que Mesaana o Demandred lo sepan. Mesaana en particular estaba molesta, aunque intentó disimularlo. Cree que Lews Therin estará pronto en nuestras manos. Claro que eso es lo mismo que ha dicho siempre. También estaba convencida de que Be’lal lo mataría o lo capturaría en Tear; se sentía muy orgullosa de la trampa tendida. Demandred te advierte que tengas cuidado.
—De modo que Demandred está enterado de nuestras entrevistas —comentó él con tono impasible. ¿Cómo pudo esperar nunca recibir de esta mujer algo más que migajas?
—Pues claro que está enterado. No de que te cuento tantas cosas, pero sí de que te informo de algo. Estoy intentando que nos unamos, Sammael, antes de que sea demasiado…
—Dale un recado de mi parte —la interrumpió bruscamente—. Dile que sé lo que se trae entre manos. —Los acontecimientos en el sur tenían la marca de Demandred; siempre le había gustado utilizar delegados—. Dile que es él quien debe tener cuidado. No permitiré que él ni sus «amigos» interfieran en mis planes. —A lo mejor podía dirigir la atención de al’Thor en esa dirección; eso seguramente acabaría con él. Si es que no funcionaban otras cosas—. Mientras no se crucen en mi camino, sus lacayos pueden tramar cuanto quieran, pero que se mantengan lejos de mí o responderá por ello.
Había habido una larga lucha después de que se abriera la Perforación en la prisión del Gran Señor, mucho antes de que se hiciera suficiente acopio de fuerza para moverse abiertamente. Esta vez, cuando el último sello se hubiese roto, le ofrecería al Gran Señor naciones enteras listas para seguirlo. El hecho de que no supieran a quién seguían no tenía importancia. No fracasaría, como habían hecho Be’lal y Rahvin. El Gran Señor vería quién lo servía mejor.
—¡Díselo así! —instó.
—Si es lo que quieres —repuso la mujer con un gesto de renuencia. Un instante después aquella sonrisa indolente aparecía de nuevo en su cara. Variable—. Todas esas amenazas me agotan. Ven, escucha la música y sosiégate. —Sammael iba a decirle que no le interesaba la música y que ella lo sabía muy bien, pero la mujer se volvió hacia la balaustrada de mármol—. Ahí están. Escucha.
El hombre y la mujer de piel muy oscura se habían acercado al pie del estrado con sus peculiares arpas. Sammael suponía que las campanillas contribuían en algo a la interpretación, aunque no sabía en qué. Alzaron jubilosos la mirada hacia Graendal cuando advirtieron que los estaba observando.
En contra de la recomendación de escuchar hecha por ella misma, Graendal continuó parloteando:
—Proceden de un lugar muy peculiar. Las mujeres capaces de encauzar deben casarse con los hijos de mujeres que encauzan, y cada uno de esos linajes se marcan con tatuajes en sus rostros al nacer. Nadie que esté marcado así puede casarse con alguien que no lo esté; a los hijos de esas uniones se los mata. Los varones con tatuajes mueren al cumplir los veintiún años de todos modos, y antes permanecen enclaustrados, sin saber siquiera leer.
De modo que había vuelto al asunto que le interesaba. En verdad debía de pensar que era un necio. Sammael decidió azuzarla con una pulla de su propia cosecha:
—¿Hacen un juramento vinculante, como los criminales de antaño?
Una expresión de desconcierto asomó fugazmente al semblante de la mujer, que se apresuró a reprimirla. Obviamente no se le había ocurrido planteárselo; no había razón para hacerlo. En su época pocas personas habían cometido un crimen violento, cuanto menos más de uno. Al menos antes de la Perforación. Graendal no admitió su ignorancia, por supuesto. Había ocasiones en que convenía ocultar que uno no sabía algo, pero Graendal a menudo llevaba esa práctica a la exageración. Tal era la razón de que él hubiese hecho el comentario; sabía que la picaría, y se lo tenía merecido por las inútiles migajas que tenía a bien echarle.
—No —respondió al cabo como si hubiese entendido—. Los Ayyad, como se llaman a sí mismos, viven en pequeñas ciudades propias, evitando a todos los demás y supuestamente jamás encauzan sin el permiso o las órdenes del Sh’botay o la Sh’boan. De hecho, ellos son el verdadero poder y la razón de que los Sh’botay y las Sh’boan sólo gobiernen durante siete años. —No pudo menos de soltar una risa divertida. Ella misma siempre había sido partidaria de ser el poder que hay detrás del poder—. Sí, una tierra fascinante. Demasiado alejada del centro para ser de utilidad durante muchos años, naturalmente. —Hizo un ligero ademán con los enjoyados dedos, como desestimando la idea—. Habrá tiempo de sobra para ver qué puede hacerse con ella después del Día del Retorno.
Sí, definitivamente Graendal quería que él pensara que tenía algún interés allí. Si hubiese sido así jamás habría mencionado el lugar. Sammael dejó la copa intacta sobre la bandeja que el musculoso tipo ya tenía extendida hacia él antes de que hubiese terminado de mover la mano. Graendal enseñaba bien a sus sirvientes.
—Estoy seguro de que su música es fascinante… —si a uno le interesaba algo así—, pero debo ocuparme de ciertos preparativos.
Graendal posó una mano en su brazo.
—Preparativos cuidadosos, espero. Al Gran Señor no lo complacería que alteraras sus planes.
Sammael apretó los labios.
—He hecho todo salvo rendirme para convencer a al’Thor que no represento una amenaza para él, pero ese hombre parecer obsesionado conmigo.
—Podrías abandonar Illian y empezar en otro sitio.
—¡No! —Nunca había huido de Lews Therin y no pensaba huir de este payaso provinciano. Era imposible que el Gran Señor tuviera intención de poner a alguien así por encima de los Elegidos. ¡Por encima de él!—. ¿Me has comunicado todas las órdenes del Gran Señor?
—Me desagrada tener que repetirme, Sammael. —En su voz había un dejo de exasperación y en sus ojos un atisbo de cólera—. Si no me has creído la primera vez, tampoco lo harás ahora.
La observó fijamente un instante más y después asintió con un brusco cabeceo. Era muy probable que hubiese sido sincera en lo referente a eso; una mentira relacionada con el Gran Señor podría rebotar contra ella con mortífera fuerza.
—No veo razón para que volvamos a entrevistarnos hasta que tengas algo más que contarme aparte de si Semirhage ha acudido o no a una reunión. —Su leve ceño en dirección a los arpistas debería bastar para convencerla de que había tenido éxito en despertar sus sospechas sobre el supuesto interés en aquel lugar; paseó la mirada con gesto desaprobador sobre las personas que chapoteaban en los estanques, en los acróbatas y en el resto a fin de no hacerlo de un modo tan obvio. A decir verdad, todo este esfuerzo malgastado, toda esta exhibición de carne lo asqueaba—. La próxima vez puedes venir tú a Illian.