—¿Quién sois? —demandó la prisionera—. ¿Una Amiga Siniestra? ¿Una hermana Negra?
Haciendo caso omiso del ruido que eran para ella las palabras de la otra mujer, Semirhage examinó rápidamente la barrera que había entre la Aes Sedai y el saidar. Si fallaba, podía aislar a la infeliz otra vez sin ningún problema —el hecho de que Semirhage pudiera permitirse el lujo de dejar la barrera atada sin vigilancia mostraba la debilidad de la mujer—, pero ser prudente era su segunda naturaleza: avanzar paso a paso, en un turno riguroso. Las ropas de la mujer. Una persona vestida se sentía más segura que estando desnuda. Tejió delicadamente Fuego y Aire y cortó vestido, ropa interior y todo lo demás, incluidos los zapatos, que cubría a la prisionera. Hizo un bulto con todo y después volvió a encauzar, esta vez Fuego y Tierra, y un fino polvillo cayó sobre el suelo de piedra.
Los azules ojos de la mujer casi se desorbitaron. Semirhage dudaba que fuera capaz de duplicar esas cosas sencillas aun en el caso de que hubiese podido seguir la ejecución.
—¿Quién sois? —En esta ocasión había un timbre distinto en su pregunta. Tal vez temor. Siempre era una buena noticia si eso ocurría enseguida.
Con gran precisión, Semirhage localizó los centros nerviosos del cerebro de la mujer que recibían mensajes de dolor enviados por el cuerpo, y con igual meticulosidad empezó a estimularlos con Energía y Fuego. Sólo un poco al principio, y después aumentando la intensidad de manera paulatina y lenta. Demasiado de golpe podía matar en cuestión de segundos, aunque resultaba sorprendente hasta qué punto era capaz de aguantar el sistema si se lo inducía con crecientes y bien medidas dosis. Trabajar con algo que no se ve era una tarea difícil, incluso a una distancia tan corta, pero era una experta conocedora del cuerpo humano, la mejor que había habido nunca.
La paciente extendida en cruz sacudió la cabeza como si así pudiera librarse del dolor y, cuando comprendió que era imposible, clavó la mirada en Semirhage. Ésta se limitó a observar, manteniendo la red. Aun en un caso tan urgente como éste, podía permitirse el lujo de tener un poco de paciencia.
Cómo odiaba a cualquiera que se llamase a sí misma Aes Sedai. Ella lo había sido, una verdadera Aes Sedai, no una necia ignorante como la estúpida que colgaba frente a ella. Había sido muy conocida, famosa, solicitada en el mundo de punta a punta por su habilidad para sanar cualquier herida, para hacer volver a la gente de ese borde entre la vida y la muerte, cuando todos los demás decían que no podía hacerse nada más. Y una delegación de la Antecámara de los Siervos le ofreció una elección que no era taclass="underline" un juramento vinculante de no experimentar jamás sus placeres de nuevo, y así vinculada ver cómo se acercaba el final de la vida; o ser seccionada y expulsada de la hermandad Aes Sedai. Habían esperado que aceptara prestar el juramento; era lo lógico, lo correcto, y eran hombres y mujeres racionales y correctos. Jamás imaginaron que huyera. Había sido una de las primeras en ir a Shayol Ghul.
Gruesas gotas de sudor perlaban el pálido rostro de la prisionera. Sus mandíbulas estaban tensas, y las aletas de la nariz se dilataban en su afán por tomar aire. De vez en cuando emitía un ahogado gemido. Paciencia. No tardaría mucho.
Había sido por envidia, la envidia de los que eran incapaces de hacer lo que ella sí podía. ¿Acaso alguna de las personas que había arrancado de las garras de la muerte había dicho que preferiría haber muerto que soportar el pequeño sufrimiento extra que exigía a cambio? ¿Y los otros? Siempre había quienes merecían el sufrimiento. ¿Qué importaba si ella disfrutaba dándoles su merecido? La Antecámara y su hipócrita defensa sobre legalidad y derechos. Se había ganado el derecho a hacer lo que hacía; se lo había ganado. Había sido más valiosa para el mundo que el conjunto de todos aquellos que le habían proporcionado entretenimiento con sus chillidos. ¡Y por envidia y rencor la Antecámara había intentado hundirla!
Bueno, algunos de ellos habían caído en sus manos durante la guerra. Con tiempo suficiente era capaz de romper la voluntad del hombre más fuerte, de la mujer más orgullosa, y moldearlos exactamente como ella deseaba que fueran. Puede que el proceso fuera más largo que la Compulsión, pero era infinitamente más divertido y satisfactorio; dudaba de que ni siquiera Graendal supiera deshacer lo que ella realizaba. La Compulsión podía desentrañarse y quedar anulados sus efectos. Sin embargo, sus pacientes… De rodillas le habían suplicado entregar sus almas a la Sombra y habían servido obedientemente hasta su muerte. En cada ocasión, Demandred se había mostrado satisfecho del gran éxito que representaba el que otro consejero de la Antecámara proclamara públicamente su fidelidad al Gran Señor, pero para ella la mejor parte había sido el modo en que sus rostros palidecían al verla, incluso años después, y el modo en que se apresuraban a asegurarle que permanecían fieles a lo que había hecho de ellos.
El primer sollozo desgarrado salió de la mujer colgada en el aire y fue contenido. Semirhage aguardó con actitud impasible. La rapidez podía ser necesaria en este caso, pero apresurar el proceso demasiado podía echarlo a rodar todo. Estallaron nuevos sollozos que los esfuerzos de la prisionera no lograron contener, y se hicieron más y más altos hasta convertirse en aullidos. Semirhage esperó. La mujer brillaba con una capa de sudor, su cabeza se sacudía a uno y otro lado con violencia, haciendo ondear el cabello, y tiraba fútilmente de las invisibles ataduras, zarandeada por oleadas de convulsiones. Los gritos ensordecedores duraban hasta que se le acababa el aire, y volvían a empezar tan pronto como estaban llenos los pulmones. Aquellos azules ojos desorbitados no veían nada; parecían vidriosos. Ahora empezaba.
Semirhage cortó los flujos del saidar de golpe, pero transcurrieron minutos antes de que los aullidos se redujeran a jadeos.
—¿Cómo te llamas? —inquirió afablemente.
La pregunta no importaba siempre y cuando fuera una que la mujer pudiera contestar. Aunque también podría haber sido «¿Todavía me desafías?» —a menudo era agradable repetir ésa una y otra vez hasta que suplicaban que les permitiera demostrarle que ya no la desafiaban— pero esta vez era preciso que cada pregunta contara.
Unos escalofríos involuntarios recorrieron todo el cuerpo de la mujer colgada. Lanzó a Semirhage una mirada cautelosa, de reojo, se lamió los labios, tosió y finalmente musitó con voz enronquecida:
—Cabriana Mecandes.
Semirhage sonrió.
—Es bueno que me digas la verdad. —En el cerebro había centros neurálgicos de dolor y de placer; estimuló uno de estos últimos, sólo durante unos instantes, pero con intensidad, y se aproximó. La sacudida hizo que Cabriana abriera los ojos desmesuradamente, hasta donde era posible; dio un respingo y se estremeció. Semirhage sacó un pañuelo del bolsillo, levantó el rostro asombrado de la mujer y le enjugó tiernamente el sudor—. Sé que esto es muy duro para ti, Cabriana —comentó afablemente—. Así que debes intentar que no lo sea más aun. —Con suavidad retiró el cabello empapado que le caía sobre la cara—. ¿Te gustaría beber algo?
Sin esperar una respuesta encauzó, y un frasco metálico abollado flotó desde la pequeña mesa que había en el rincón hasta su mano. La Aes Sedai no quitó los ojos un solo momento de Semirhage, pero bebió con fruición. Cuando hubo tomado unos pocos tragos, la Renegada retiró el frasco y lo devolvió a la mesa.
—Sí, eso está mejor, ¿verdad? —dijo—. Recuerda, trata de no hacértelo más difícil.
Mientras se daba la vuelta, la otra mujer habló de nuevo con voz enronquecida:
—¡Escupo en la leche de tu madre, Amiga Siniestra! ¿Me has oído?