—Nynaeve, estarán esperándonos.
La antigua Zahorí resopló —no llevaba muy bien lo de estar a la entera disposición de nadie— pero cogió uno de los dos anillos de piedra que había en la mesita. Ambos eran demasiado grandes para ponérselos en un dedo; uno tenía franjas y motas azules y marrones, y el otro, azules y rojas, y los dos estaban retorcidos de manera que sólo tenían un borde. Desanudó el cordón de cuero que llevaba al cuello y metió el anillo azul y marrón junto con el otro, de oro y muy pesado. Era el sello de Lan. Acarició con ternura la gruesa banda de oro antes de meter ambos anillos dentro del camisón.
Elayne cogió el azul y rojo y lo miró con el entrecejo fruncido.
Los anillos eran ter’angreal que había hecho ella copiando el que estaba ahora en poder de Siuan, y a despecho de su apariencia sencilla eran increíblemente complejos. Si se dormía con uno de ellos tocando la piel, se acababa transportado al Tel’aran’rhiod, el Mundo de los Sueños, un reflejo del mundo real… o quizá de todos los mundos; algunas Aes Sedai afirmaban que existían muchos mundos, como si todas las variantes del Entramado tuvieran que existir, y que todos esos mundos juntos formaban a su vez un Entramado más grande. Lo verdaderamente importante era que el Tel’aran’rhiod reflejaba este mundo y tenía propiedades que resultaban extraordinariamente útiles. Sobre todo habida cuenta de que la Torre ignoraba la posibilidad de entrar en él, que ellas supieran.
Ninguno de estos anillos funcionaba tan bien como el original, aunque hacían su función. Elayne iba mejorando en eso; de cuatro intentos de producir una copia, sólo había tenido un fracaso. Un porcentaje mucho mejor que con las otras cosas que empezaba desde cero, sin disponer de un original en el que fijarse. Sin embargo, ¿y si uno de esos fracasos tenía por resultado algo peor que no funcionar o no hacerlo muy bien? Algunas Aes Sedai se habían neutralizado mientras investigaban ter’angreal. Consumirse, lo llamaban cuando ocurría de manera accidental, aunque era igualmente definitivo. Nynaeve no opinaba lo mismo, por supuesto; pero Nynaeve no estaría satisfecha hasta que curara a alguien que llevase tres días muerto.
Elayne jugueteó con el anillo. Lo que hacía era sencillo de entender, pero el «cómo» todavía escapaba a su comprensión. El «cómo» y el «porqué» eran las claves. Con los anillos creía que el dibujo de colores tenía tanta importancia como la estructura —cualquier otra que no fuera un círculo retorcido no funcionaba, y el que había salido completamente azul sólo provocaba horrendas pesadillas— pero no sabía con certeza cómo reproducir el rojo, el azul y el marrón del original. Con todo, la fina estructura de las copias era idéntica hasta en los más mínimos detalles, incluso los que eran demasiado pequeños para detectarlos sin el Poder Único. ¿Por qué entonces tenían importancia los colores? Parecía haber una secuencia común en la trama de esas minúsculas estructuras para los ter’angreal que requerían encauzar, y otra para aquellos que simplemente hacían uso del Poder —haber tropezado con eso fue lo que le permitió intentar hacer ter’angreal originales— pero había mucho que ignoraba, mucho que sólo basaba en suposiciones.
—¿Vas a quedarte sentada ahí toda la noche? —dijo secamente Nynaeve haciendo que Elayne diera un respingo de sobresalto. Dejó una de las tazas de barro sobre la mesita y se acomodó en su cama, con las manos cruzadas sobre la cintura—. Eras tú la que hablaba de no hacerlas esperar. Yo al menos no tengo intención de dar a esas viejecitas una excusa para que me pongan a caldo.
Elayne se apresuró a meter el anillo moteado —en realidad ya no era piedra, aunque había empezado siéndolo— en un cordón que se ató al cuello. La otra taza de barro contenía también una tintura de hierbas que Nynaeve había preparado, ligeramente endulzada con miel para disimular su gusto amargo. Elayne se tomó más o menos la mitad, suficiente, según su experiencia, para ayudarla a dormir incluso teniendo dolor de cabeza. Aquélla era una de esas noches en la que no podía permitirse perder el tiempo.
Se tumbó en la angosta cama, encauzó brevemente para apagar la vela, y luego agitó el camisón para abanicarse y refrescarse un poco. En fin, para agitar el aire, en cualquier caso.
—Ojalá Egwene se ponga bien pronto. Estoy harta de las migajas que Sheriam y las demás nos echan. ¡Quiero saber qué está ocurriendo!
Comprendió que había tocado un tema delicado. Egwene había resultado herida hacía mes y medio, el día en que Moraine y Lanfear habían muerto. El día en que Lan había desaparecido.
—Las Sabias dicen que está mejorando —masculló Nynaeve medio dormida, en la oscuridad. Por una vez su tono no sonó como si estuviera pensando adónde habría ido Lan—. Eso es lo que Sheriam y su pequeño círculo dicen, y no tienen motivo para mentir aun en el caso de que pudieran hacerlo.
—Bueno, pues, ojalá que pudiera asomarme por encima del hombro de Sheriam mañana por la noche.
—Ya puesta, podrías desear… —Nynaeve calló para bostezar—. Podrías desear que la Antecámara te eligiera Amyrlin. Quizás ese deseo se te acabaría concediendo, porque, al paso que van, cuando elijan a alguien ya tendremos bastantes canas para encajar en el puesto.
Elayne abrió la boca para contestar; pero, contagiada por su amiga, también bostezó. Nynaeve empezó a roncar, no fuerte pero sí con obstinada persistencia. Elayne dejó que sus párpados se cerraran, pero los pensamientos intentaban seguir enfocados a despecho de sí misma.
Ciertamente la Antecámara estaba alargando mucho la decisión, ya que las Asentadas se reunían algunos días menos de una hora y a menudo ni siquiera eso. Si se hablaba con una de ellas, cualquiera diría que no veía necesidad de apresurarse, aunque por supuesto las Asentadas de los seis Ajahs —no había Rojas en Salidar, naturalmente— no contaban a las otras Aes Sedai lo que hablaban en las sesiones, y mucho menos a una Aceptada. Ciertamente tenían motivo para mostrar prontitud. Aun en el caso de que sus intenciones siguieran siendo un secreto no ocurría lo mismo con su agrupamiento. Elaida y la Torre no harían caso omiso de ellas para siempre. Por si esto fuera poco, los Capas Blancas aún estaban a unos pocos kilómetros, en Amadicia, y empezaban a correr rumores de la presencia de seguidores del Dragón allí mismo, en Altara. Sólo la Luz sabía hasta dónde llegarían si Rand no tenía control sobre ellos. El Profeta era un buen ejemplo; o, más bien, un ejemplo terrible: disturbios, granjas y casas incendiadas, gente asesinada por no mostrar suficiente fervor en apoyo del Dragón Renacido.
Los ronquidos de Nynaeve sonaban como una tela desgarrándose, aunque a lo lejos. Otro bostezo casi desencajó las mandíbulas a Elayne; se giró de costado y mulló la fina almohada. Razones para mostrar prontitud. Sammael instalado en Illian, y sólo había unos cuantos kilómetros hasta la frontera illiana, demasiado cerca tratándose de un Renegado. La Luz sabría dónde estaban los otros Renegados o qué tramaban. Y Rand; tenían que estar preocupadas por él. No era un peligro, naturalmente. Nunca podría serlo. Pero sí era la clave de todo; en verdad el mundo giraba a su alrededor ahora. Lo vincularía a ella; lo haría de algún modo. Min. Ella y la delegación debían de estar a menos de la mitad de camino de Caemlyn a estas alturas. No había nevadas que las retrasaran. Les quedaba un mes más para llegar. Y no es que le preocupara que Min fuera a reunirse con Rand. ¿En qué estaría pensando la Antecámara? Min. El sueño se apoderó de ella, y la joven entró en el Tel’aran’rhiod.