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En suma, que se reunían todos los ingredientes para acabar en desastre, y Elayne estaba convencida de que ése era el resultado cada siete días, al menos desde el punto de vista de las Aes Sedai.

Sheriam y las otras cinco habían exigido recibir lecciones cada noche al principio, pero ahora sólo lo pedían en dos ocasiones: la noche anterior al encuentro con las Sabias, como quien afila las armas por última vez antes de la liza; y la noche posterior, generalmente sin abrir la boca para nada, como buscando entender qué había salido mal y cómo ponerle remedio. A buen seguro que Myrelle estaba que ardía ya por el desastre del día siguiente, porque sin duda lo habría, de una u otra clase.

Morvrin se volvió hacia Myrelle y abrió la boca, pero de repente apareció otra mujer entre ellas. Elayne tardó un instante en reconocer a Gera, una de las cocineras, en aquellos rasgos intemporales. Llevaba un chal con flecos verdes y la Llama de Tar Valon en la espalda, aparte de que debía de pesar menos de la mitad de lo que realmente pesaba; levantó un dedo con gesto admonitorio hacia las Aes Sedai… Y desapareció.

—Así que eso es lo que sueña, ¿no? —dijo fríamente Carlinya. Las mangas de su vestido, blanco como la nieve, se alargaron en pico hasta cubrirle las manos y el cuello subió hasta la barbilla—. Alguien debería hablar con ella.

—Olvídalo, Carlinya —rió Anaiya—. Gera es una buena cocinera. Deja que tenga los sueños que quiera. Yo misma entiendo el atractivo que hay en ello. —De repente se tornó más esbelta y alta, aunque sus rasgos no cambiaron, conservando el mismo rostro sencillo y maternal de siempre. Con una risa volvió a cambiar—. ¿Es que eres incapaz de ver el lado divertido de algo por una vez, Carlinya?

Hasta el resoplido desdeñoso de la Blanca fue frío.

—Es obvio que Gera nos vio —dijo Morvrin—, pero ¿lo recordará? —Sus ojos, oscuros y acerados, estaban pensativos. Su vestido, de lana oscura, era el que menos variaciones sufría de los seis. Cambiaban detalles, pero tan sutilmente que Elayne no sabía exactamente qué había de distinto en él.

—Por supuesto que sí —ratificó mordazmente Nynaeve. Ya había explicado esto mismo con anterioridad. Seis Aes Sedai la miraron enarcando las cejas, y la joven moderó el tono de voz. Un poco. También ella detestaba fregar ollas—. Si recuerda el sueño, se acordará. Pero sólo como un sueño.

Morvrin frunció el entrecejo. Se adelantó un segundo a Beonin en pedir pruebas. La expresión de resignación de Nynaeve le iba a ocasionar problemas, adoptara el tono que adoptara; pero, antes de que Elayne tuviera ocasión de decir nada para apartar la atención de las Aes Sedai sobre su amiga, Leane habló con una actitud que rozaba la afectación:

—¿No os parece que deberíamos irnos ya?

Siuan resopló con desprecio ante semejante ñoñería, y Leane le asestó una mirada cortante.

—Sí, imagino que querréis permanecer en la Torre el mayor tiempo posible —dijo la antigua Amyrlin, tímidamente a su vez, y Leane aspiró ruidosamente por la nariz.

Realmente lo hacían muy bien. Sheriam y las otras jamás sospecharían que Siuan y Leane eran algo más que dos mujeres neutralizadas que se aferraban a un propósito que las mantuviese vivas, asiéndose al filo de lo que antaño habían sido. Dos mujeres que estaban como el perro y el gato todo el tiempo, peleándose puerilmente. Las Aes Sedai deberían haber recordado que Siuan había tenido fama de tenaz y astuta manipuladora, y, aunque en menor medida, Leane también. Si hubiesen presentado un frente común o mostrado sus verdaderas caras, las seis se habrían acordado de ello y no habrían mirado con buenos ojos nada de lo que hubiese dicho cualquiera de las dos. Sin embargo, divididas, escupiendo rencor en la cara de la otra, rebajándose ante las Aes Sedai y sin ser obviamente conscientes de ello… Cuando una se veía obligada a regañadientes a aceptar lo que la otra decía, le daba incluso más peso. Cuando una hacía objeciones con argumentos obviamente frívolos, tenía el mismo resultado. Elayne sabía que utilizaban este artificio para guiar a Sheriam y las otras a que apoyaran a Rand, aunque habría deseado saber también para qué más lo usaban.

—Tienen razón —dijo con firmeza Nynaeve al tiempo que lanzaba una mirada de desagrado a Siuan y a Leane. Su subterfugio fastidiaba muchísimo a la antigua Zahorí, quien jamás se rebajaría ni siquiera para salvar la vida—. A estas alturas deberíais saber que cuanto más tiempo paséis aquí menos descanso real tendréis. Dormir mientras se está en el Tel’aran’rhiod no es tan reparador como un sueño normal. Bien, recordad que si veis algo extraño debéis tener cuidado. —En verdad detestaba tener que repetirse, y ello se hacía patente en su voz, pero Elayne no podía menos de admitir que con estas mujeres era necesario hacerlo demasiado a menudo. Empero, ojalá Nynaeve pudiera hablar sin que diera la impresión de que se dirigía a niñas de cortos alcances—. Cuando alguien se sueña a sí mismo en el Tel’aran’rhiod, como Gera, pero sufre una pesadilla, en ocasiones esas pesadillas perduran y entonces son muy peligrosas. Evitad cualquier cosa que os parezca inusual. Y esta vez intentad controlar vuestros pensamientos. Todo lo que se os ocurra aquí se convierte en real. Aquel Myrddraal que apareció repentinamente de la nada la última vez podría muy bien ser secuela de una pesadilla, pero sospecho que una de vosotras dejó volar su imaginación. Recordaréis que estabais hablando del Ajah Negro, y discutíais si estaban dando acceso a Engendros de la Sombra al interior de la Torre. —Como si aquello no fuera suficientemente malo, tuvo que añadir—: No impresionaréis a las Sabias mañana por la noche si hacéis aparecer un Myrddraal en medio de la reunión.

Elayne se encogió.

—Muchacha —empezó suavemente Anaiya mientras se ajustaba el chal de flecos azules que de repente apareció en torno a sus brazos—, has estado haciendo muy buen trabajo, pero eso no disculpa un lenguaje impertinente.

—Se te han concedido varios privilegios —abundó Myrelle, bien que no con tanta suavidad—, pero pareces olvidar que son eso, privilegios.

Su ceño habría debido bastar para que Nynaeve se echara a temblar. Myrelle se había mostrado más y más dura con la antigua Zahorí durante las últimas semanas. También ella llevaba puesto un chal; de hecho, lo llevaban todas. Mala señal.

Morvrin resopló con indignación antes de comentar:

—Cuando yo era Aceptada, cualquier chica que hubiese hablado de ese modo a una Aes Sedai se habría pasado el mes siguiente fregando suelos aun en el caso de que fuera a ser ascendida a Aes Sedai al día siguiente.

Elayne se apresuró a intervenir con la esperanza de poder prevenir el desastre que se les avecinaba. Nynaeve había adoptado lo que sin duda para ella era una expresión conciliadora, aunque en realidad tenía un aire terco y malhumorado.

—Estoy segura de que no lo ha dicho con intención, Aes Sedai. Hemos estado trabajando mucho. Perdonad, por favor. —Incluirse a sí misma podría ayudar, ya que no había hecho nada. También podía ocurrir que acabaran las dos fregando suelos. Al menos consiguió que Nynaeve la mirara. Y, aparentemente, que reflexionara, puesto que sus rasgos se suavizaron en lo que parecía un gesto apaciguador al tiempo que hacía una reverencia y bajaba la vista al suelo, como avergonzada. Quizá lo estaba realmente. Quizá. Elayne continuó rápidamente como si Nynaeve hubiese pedido perdón expresamente y su disculpa hubiese sido aceptada—: Sé que todas deseáis pasar tanto tiempo como sea posible en la Torre, así que quizá no deberíamos demorarnos más. ¿Os importaría visualizar el estudio de Elaida tal y como lo visteis la última vez? —A Elaida nunca se la llamaba Amyrlin en Salidar, y ocurría otro tanto cuando se hacía referencia al estudio de la Amyrlin en la Torre Blanca—. Fijadlo todas en vuestras mentes y así llegaremos a la vez allí.

Anaiya fue la primera en asentir con la cabeza, pero hasta Carlinya y Beonin acabaron desviando su atención de Nynaeve.