—Dice que Mattin Stepaneos acepta de todo corazón —prosiguió Myrelle—. Que Roedran sigue intentando estar a bien con todos los bandos, en tanto que Alliandre y Tylin quieren más tiempo para reflexionar antes de dar una respuesta. Aquí hay una nota con la letra de Elaida: «¡Presionadlos!». —Chasqueó la lengua cuando el informe desapareció en su mano—. No decía sobre qué, pero sólo caben dos posibilidades que abarquen a esos cuatro.
Mattin Stepaneos era rey de Illian y Roedran de Murandy, mientras que Alliandre era reina de Ghealdan y Tylin de Altara. El asunto debía de estar relacionado con Rand o con las Aes Sedai que se oponían a Elaida.
—Al menos sabemos que nuestras emisarias todavía tienen tantas oportunidades como las de Elaida —comentó Sheriam.
Ni que decir tiene que Salidar no había enviado ninguna a Mattin Stepaneos; lord Brend, del Consejo de los Nueve, o más bien Sammael, era el verdadero poder en Illian. Elayne habría dado cualquier cosa por saber qué propuesta hacía Elaida para que Sammael estuviese dispuesto a apoyarla o, al menos, permitir que Mattin Stepaneos dijera que la apoyaría. Estaba convencida de que las tres Aes Sedai también habrían dado cualquier cosa por saberlo, pero se limitaron a seguir sacando documentos de la caja lacada.
—La orden de captura de Moraine sigue vigente —comentó Beonin, que sacudió la cabeza cuando la hoja que tenía en la mano se convirtió de repente en un grueso fajo de notas—. Aún no sabe que Moraine ha muerto. —Miró con gesto dolido las páginas y las dejó caer; se esparcieron como hojas secas y después desaparecieron en el aire antes de posarse—. Por lo visto Elaida sigue con su propósito de construirse un palacio.
—Por supuesto —repuso secamente Sheriam. Su mano tembló al coger lo que parecía una corta nota—. Shemerin ha huido. La «Aceptada» Shemerin.
Elayne estuvo a punto de rechinar los dientes. Nynaeve y ella les habían dicho que Elaida iba a degradar a Aceptada a Shemerin, una hermana Amarilla, pero naturalmente no les habían creído. A una Aes Sedai se le podía imponer una penitencia por faltas cometidas, incluso se la podía expulsar, pero no se la podía degradar a no ser mediante la neutralización. Sólo que por lo visto era exactamente lo que estaba haciendo Elaida, dijera lo que dijera la ley de la Torre. Quizá la estaba reformando.
Les habían contado cierto número de cosas a estas mujeres que ellas no habían creído realmente. Unas mujeres tan jóvenes, unas Aceptadas, no podían tener tanto conocimiento del mundo como para saber mejor que ellas lo que podía ser y lo que no. Las jóvenes eran crédulas, incautas; podrían ver y creer lo que no existía. Elayne tuvo que hacer un gran esfuerzo para no dar una patada en el suelo. Una Aceptada tomaba lo que las Aes Sedai tenían a bien ofrecer, y no pedía lo que las Aes Sedai decidían no dar. Como, por ejemplo, disculpas. Mantuvo el gesto impasible aunque por dentro ardía de rabia.
Siuan, por el contrario, no se cohibía; la mayor parte del tiempo, al menos. Cuando las Aes Sedai no la estaban mirando, las fulminaba con los ojos. Claro que si una de las tres echaba un vistazo en su dirección, su semblante adquiría una expresión sumisa en un santiamén. Tenía mucha práctica en eso. En una ocasión le había dicho a Elayne que un león sobrevivía siendo león, y un ratón siendo ratón. A pesar de ello, la interpretación de Siuan como ratón resultaba floja y forzada.
A Elayne le pareció captar preocupación en los ojos de Siuan. Esta tarea había sido suya desde que había demostrado a las Aes Sedai que podía utilizar el anillo sin peligro —tras unas lecciones secretas que Nynaeve y Elayne les impartieron a Leane y a ella, cierto— y proporcionar una excelente fuente de información. Se necesitaba tiempo para restablecer el contacto con las informadoras repartidas por las naciones, así como desviar sus informes de la Torre a Salidar. Si Sheriam y las otras se proponían ocuparse de esto, Siuan ya no sería tan útil. En la historia de la Torre ninguna red de informadoras había sido dirigida jamás por alguien que no fuera Aes Sedai hasta que Siuan llegó a Salidar con sus conocimientos de las informadoras de la Sede Amyrlin y del Ajah Azul, el cual había tenido a su cargo antes de su nombramiento como Amyrlin. Beonin y Carlinya se mostraban abiertamente reacias a depender de una mujer que ya no era una de ellas, y las otras no les andaban muy a la zaga.
Tampoco Elayne podía hacer mucho respecto a eso. Las Aes Sedai podrían llamarlo una lección, incluso podían pensar que lo era, pero por experiencias pasadas la joven sabía que, si intentaba enseñar algo sin que se lo pidieran, a no tardar la habrían puesto en su sitio sin contemplaciones. Estaba allí para responder a cualquier pregunta que pudieran hacerle y nada más. Pensó en una banqueta —apareció una, con hojas de vid talladas en las patas— y se sentó para esperar. Una silla habría sido más cómoda, pero podía levantar comentarios. A una Aceptada sentada con demasiada comodidad a menudo se la consideraba una Aceptada sin mucho que hacer. Al cabo de un momento, Siuan hizo aparecer una banqueta casi idéntica. Dedicó una leve sonrisa a Elayne; y una mirada ceñuda a las Aes Sedai vueltas de espalda.
La primera vez que Elayne había visitado esta estancia en el Tel’aran’rhiod había en ella un semicírculo de banquetas así, una docena o más, delante de la mesa profusamente tallada. Desde entonces, en cada visita su número había disminuido y ahora no quedaba ninguna. Estaba convencida de que tal cosa significaba algo, aunque no alcanzaba a imaginar qué. También estaba segura de que Siuan pensaba lo mismo, y probablemente ya había sacado alguna conclusión, aunque si era así no lo había compartido con Nynaeve y con ella.
—Los conflictos en Shienar y en Arafel están remitiendo —musitó Sheriam casi para sí misma—, pero sigue sin haber nada aquí que indique por qué empezaron. Sólo escaramuzas, pero los hombres de la frontera no luchan entre sí. Para esto tienen la Llaga.
Sheriam era saldaenina, y Saldaea era una de la Tierras Fronterizas.
—Al menos la Llaga sigue tranquila —intervino Myrelle—. Quizá demasiado tranquila. No puede durar. Menos mal que Elaida tiene muchas informadoras por todas las Tierras Fronterizas.
Siuan se las arregló para encogerse y asestar una mirada fulminante a las Aes Sedai al mismo tiempo. Elayne dudaba que hubiese conseguido entrar en contacto aún con ninguna de sus informadoras en esos territorios, tan lejanos a Salidar.
—Me sentiría mejor si pudiera decirse lo mismo de Tarabon. —La página que Beonin sostenía en la mano se hizo más larga y más ancha; la mujer la miró, aspiró sonoramente por la nariz y la tiró a un lado—. Las informadoras de Tarabon siguen guardando silencio. Todas ellas. La única noticia que ha recibido sobre Tarabon son los rumores que corren en Amadicia respecto a que las Aes Sedai están involucradas en la guerra. —Sacudió la cabeza ante lo absurdo de plasmar tales hablillas en un papel. Las Aes Sedai no se involucraban en guerras civiles. Al menos no tan declaradamente como para ser detectadas—. Y por lo visto sólo hay un puñado de informes confusos desde Arad Doman.
—Muy pronto tendremos nuestra propia información de Tarabon —manifestó con tono apaciguador Sheriam—. Unas pocas semanas más.
El registro continuó durante horas. En ningún momento faltaron papeles; la caja lacada no se vaciaba nunca. De hecho, el montón que había dentro a veces se incrementaba al sacar un documento. Claro que sólo los de contenido más corto duraban lo suficiente para poder leerlos del todo, pero de vez en cuando una carta o un informe que ya habían examinado aparecía de nuevo en la caja. Hubo largos períodos de silencio, aunque algunos documentos provocaban comentarios, y sólo unos pocos eran discutidos por las Aes Sedai. Siuan empezó a jugar a hacer cunitas con un cordel, aparentemente sin prestar atención a lo que la rodeaba. Elayne deseó poder hacer lo mismo o, mejor aún, leer —un libro apareció en el suelo, a sus pies, Los viajes de Jain el Galopador, si bien lo hizo desaparecer al punto— pero a las mujeres que no eran Aes Sedai se les daba más libertad que a aquellas que se preparaban para serlo. Con todo, se enteró de unas cuantas cosas escuchando.