La intervención de Aes Sedai en Tarabon no era el único rumor que había encontrado su camino hasta el escritorio de Elaida. Se decía que el agrupamiento de Capas Blancas tenía como meta desde apoderarse del trono de Amadicia —lo que ciertamente era innecesario— hasta el acabar con las guerras y la anarquía reinantes en Tarabon y Arad Doman, pasando por dar apoyo a Rand. Elayne creería esto último cuando el sol saliera por el oeste. Había informes sobre extraños sucesos en Illian y Cairhien —tal vez hubiese otros, pero ésos fueron los únicos que vieron—: pueblos enteros cayendo presa de la locura; visiones de pesadilla a plena luz del día; terneros de dos cabezas que hablaban; Engendros de la Sombra apareciendo de la nada. Sheriam y las otras dos pasaron todo eso por encima; la misma clase de historias llegaba a Salidar desde algunas zonas de Altara y Murandy y a través del río desde Amadicia.
Las Aes Sedai las desestimaron como producto de la histeria entre la gente al enterarse de la aparición del Dragón Renacido. Elayne, sin embargo, no estaba tan segura. Ella había presenciado cosas que las Aes Sedai no habían visto, por muchos años y experiencia que tuvieran. Se rumoreaba que su madre estaba agrupando un ejército al oeste de Andor —¡y bajo la antigua bandera de Manetheren, nada menos!— o que Rand la retenía como prisionera o que había huido a cualquier nación imaginable, incluidas las Tierras Fronterizas y Amadicia, cuando esto último era de todo punto inconcebible. Aparentemente la Torre no daba crédito a nada de esto. Elayne habría querido saber qué creer.
Dejó de darle vueltas a la cabeza sobre dónde estaría realmente su madre cuando oyó a Sheriam pronunciar su nombre. No dirigiéndose a ella, sino leyendo apresuradamente una hoja cuadrada de papel que se convirtió en un pergamino largo con tres sellos en la parte inferior. Elayne Trakand tenía que ser localizada y devuelta a la Torre Blanca costara lo que costase. Si había más chapucerías, quienes metieran la pata «envidiarían la suerte de la tal Macura». Aquello provocó un escalofrío a Elayne; de camino a Salidar, una mujer llamada Ronda Macura había estado en un tris de enviarlas a Nynaeve y a ella de vuelta a la Torre como quien manda bultos de ropa al lavandero. La casa regente de Andor, leyó Sheriam, era «la clave», cosa que no tenía sentido. ¿La clave de qué?
Ninguna de las tres Aes Sedai se dignó echar una ojeada en su dirección; se limitaron a intercambiar miradas y continuaron con lo que estaban haciendo. Quizá se habían olvidado de ella, aunque era igualmente probable que ocurriera justo lo contrario. Las Aes Sedai hacían siempre su santa voluntad. Si disponían protegerla de Elaida, sería decisión suya, y si resolvían por alguna otra razón entregarla a Elaida atada de pies y manos, también serían ellas quienes lo dispondrían. «El lucio no pide permiso a la rana antes de merendársela», recordó que solía decir Lini.
La reacción de Elaida a la amnistía de Rand era evidente por la condición en que estaba el informe. Elayne casi podía verla estrujando la hoja en su mano, empezando a desgarrarla y después alisándola fríamente y poniéndola en la caja junto a los otros papeles. Los estallidos de cólera de Elaida casi siempre eran fríos. No había escrito nada en ese documento, pero sí había garabateado palabras mordientes en otro, enumerando a las Aes Sedai de la Torre, dejando claro que estaba a punto de hacer público que cualquiera que no obedeciese su orden de regresar sería declarada traidora. Sheriam y las otras dos discutieron la posibilidad con aire sosegado. Aunque hubiese hermanas que intentasen obedecer, algunas tendrían que hacer un largo viaje; otras puede que aún no hubiesen recibido la citación. En cualquier caso, un decreto así confirmaría al mundo todos los rumores de una Torre dividida. Elaida debía de estar al borde del pánico para plantearse semejante cosa o es que se había vuelto completamente loca.
Elayne sintió un escalofrío recorriéndole la espina dorsal, aunque no tenía que ver con que Elaida estuviese asustada o furiosa. Doscientas noventa y cuatro Aes Sedai en la Torre, apoyando a Elaida. Casi un tercio de todas las Aes Sedai, casi tantas como las que se habían agrupado en Salidar. Podría ser que lo mejor que cabría esperarse como resultado era que el resto también se dividiera en dos. De hecho, quizá no podía esperarse otra cosa. Tras la avalancha del principio, las llegadas a Salidar se habían reducido a un número casi inapreciable. Tal vez el flujo hacia la Torre también había menguado. Había que esperar que fuera así.
Durante un rato realizaron el registro en silencio, y después Beonin exclamó:
—Elaida ha enviado emisarias a Rand al’Thor.
Elayne se incorporó de un brinco y apenas pudo contener la lengua ante el gesto admonitorio de Siuan, echado a perder un tanto por su fracaso en hacer desaparecer antes el cordel del juego de las cunitas.
Sheriam alargó la mano hacia la hoja en cuestión, pero ésta se convirtió en tres antes de que sus dedos la tocaran.
—¿Adónde las ha enviado? —preguntó.
—¿Cuándo partieron de Tar Valon? —inquirió al mismo tiempo Myrelle.
Se notaba que las mujeres mantenían la serenidad con un arduo esfuerzo.
—A Cairhien —repuso Beonin—. Y no vi cuándo salieron, si es que se mencionaba. Pero sin duda se dirigirán a Caemlyn tan pronto como descubran que está allí.
Aun así, era una buena noticia; podrían tardar un mes o más en viajar desde Cairhien a Caemlyn. La delegación de Salidar llegaría antes, sin lugar a dudas. Elayne tenía un ajado mapa escondido debajo del colchón en Salidar, y cada día marcaba la distancia que consideraba que debían de haber recorrido hacia Caemlyn.
La hermana Gris no había terminado.
—Al parecer Elaida se propone ofrecerle su apoyo. Y una escolta a la Torre.
Sheriam enarcó mucho las cejas.
—Eso es descabellado. —La piel olivácea de las mejillas de Myrelle se oscureció—. Elaida era Roja.
Una Amyrlin pertenecía a todos los Ajahs y a ninguno, pero aun así nadie podía olvidar como si nada de dónde venía.
—Esa mujer sería capaz de cualquier cosa —intervino Sheriam—. Tal vez él encuentre atractivo el apoyo de la Torre Blanca.
—¿Y si enviamos un mensaje a Egwene a través de las Aiel? —sugirió Myrelle con tono incierto.
Siuan soltó una sonora y muy insinuante tosecilla, pero Elayne ya no pudo aguantar más. Advertir a Egwene era básico, por supuesto —la delegación de Elaida la llevaría a rastra a la Torre si la descubrían en Cairhien, y no para darle una agradable bienvenida—, ¡pero lo otro…!
—¿Cómo podéis pensar que Rand prestaría oídos a nada que dijera Elaida? ¿Creéis que no sabe que era del Ajah Rojo y lo que eso significa? No van a ofrecerle apoyo y lo sabéis bien. ¡Tenemos que advertirle! —Había en sus palabras una contradicción y era consciente de ello, pero la preocupación le hacía decir cosas sin pensar. Si le ocurría algo a Rand, ella moriría.
—¿Y cómo sugieres que hagamos eso nosotras, Aceptada? —inquirió fríamente Sheriam.
Elayne temía que debía de parecer un pez fuera del agua, boqueando sin emitir ningún sonido. No tenía ni idea de qué responder. La salvó momentáneamente un grito en la distancia, seguido por gritos inarticulados en la antesala. Era la que estaba más cerca de la puerta, pero aunque corrió las demás iban pisándole los talones.
La habitación estaba vacía salvo por el escritorio de la Guardiana, con sus ordenados montones de papeles y rollos de pergaminos y documentos, y una hilera de sillas pegadas contra una pared, donde las Aes Sedai solían sentarse mientras esperaban a ser recibidas por Elaida. Anaiya, Morvrin y Carlinya habían desaparecido, pero una de las altas hoja de la puerta todavía no había acabado de cerrarse. Los frenéticos gritos de una mujer penetraron por la estrecha rendija. Sheriam, Myrelle y Beonin casi derribaron a Elayne en su prisa por llegar al pasillo. Su aspecto sería vaporoso, pero sus empellones no tenían nada de etéreos.