—¿Qué estás haciendo, Rand al’Thor? —musitó duramente—. ¿Qué demonios estás haciendo?
La asustaba terriblemente que Rand estuviese metiendo la pata sin tenerla a su lado para guiarlo entre los escollos. Cierto, había manejado muy bien a los tearianos y, aparentemente, a los cairhieninos, pero su pueblo era diferente, franco y sencillo, con un rechazo total a que lo manipularan e intimidaran. Lo que había funcionado en Tear o Cairhien aquí podía estallarle en la cara como los fuegos artificiales de un Iluminador.
Ojalá pudiera estar con él. Ojalá pudiera advertirle sobre la delegación de la Torre. Elaida debía de tener preparada alguna trampa oculta para que saltara cuando Rand menos lo esperase. ¿Sería lo bastante sagaz para advertirlo? Pensándolo bien, ignoraba qué instrucciones tenía la delegación de Salidar. A pesar de los esfuerzos de Siuan, la mayoría de las Aes Sedai de Salidar estaban indecisas respecto a Rand al’Thor; era el Dragón Renacido, el salvador de la humanidad profetizado, pero también era un hombre que podía encauzar, condenado a la locura, la muerte y la destrucción.
«Cuida de él, Min —pensó—. Llega pronto a su lado y protégelo».
Sintió una punzada de celos porque Min estaría allí para hacer lo que querría hacer ella. Sí, puede que tuviese que compartirlo, pero tendría una parte de él para ella sola. Lo vincularía como su Guardián, costara lo que costase.
—Así se hará. —Alzó la mano hacia el Trono del León para prestar juramento como las reinas lo habían hecho desde que existía Andor. El pedestal era demasiado alto para alcanzar a tocarlo, pero la intención era lo que contaba—. Así se hará.
Se le estaba acabando el tiempo. En Salidar acudiría una Aes Sedai para despertarla y curarle el pequeño rasguño del cuello. Con un suspiro abandonó el sueño.
Demandred salió de detrás de las columnas del salón del trono y su mirada fue de donde estaban los dos solios hasta el lugar donde la muchacha había desaparecido. Elayne Trakand; a no ser que estuviera muy equivocado, y utilizando un ter’angreal de poca importancia a juzgar por su vaga apariencia, uno creado por estudiantes principiantes. Habría dado cualquier cosa por saber qué bullía en su cabeza, pero sus palabras y su expresión habían sido muy claras. A la chica no le gustaba ni pizca lo que al’Thor estaba haciendo allí y se proponía tomar medidas al respecto. Sospechaba que era una joven resuelta. En cualquier caso, otro hilo en el enredo que tiraba, por flojo que resultara ese tirón.
—Que el Señor del Caos gobierne —dijo a los tronos, aunque se preguntó por qué tenía que ser así, y a continuación abrió un acceso para salir del Tel’aran’rhiod.
8
La tormenta se avecina
Nynaeve despertó al día siguiente con las primeras luces, de malhumor. Tenía la sensación de que se avecinaba mal tiempo, pero al echar una ojeada por la ventana comprobó que no había una sola nube en el cielo todavía gris; el día prometía ya ser otro horno. Tenía el camisón húmedo de sudor y retorcido de dar vueltas y más vueltas en la cama. En otro tiempo había sido capaz de Escuchar el Viento, pero desde que habían dejado Dos Ríos parecía que todas sus aptitudes se habían desvirtuado, cuando no la habían abandonado completamente.
El hecho de tener que esperar turno para utilizar el lavabo no ayudó a mejorar su humor, como tampoco escuchar la retahíla de Elayne sobre lo ocurrido después de que ella se hubo marchado del estudio de Elaida. Para ella la noche había sido una larga y fútil búsqueda por las calles de Tar Valon, desiertas a excepción de ella misma, palomas, ratas y montones de basura. Eso resultó una desagradable sorpresa. Tar Valon había estado siempre impoluta; Elaida debía de tener muy abandonada la ciudad para que apareciera tanta porquería en el Tel’aran’rhiod. En cierto momento había atisbado a Leane a través de la ventana de una taberna, cerca del Puerto del Sur, nada menos, pero cuando entró apresuradamente allí la sala común estaba vacía salvo por las mesas y los bancos recientemente pintados de azul. Tendría que haberse dado por vencida, pero Myrelle estaba acosándola últimamente, y quería tener la conciencia tranquila cuando le dijera que lo había intentado. Myrelle era capaz de pillarla a una en un renuncio con más rapidez que nadie. Y, para rematarlo, había salido del Tel’aran’rhiod para encontrarse con el anillo de Elayne ya en la mesita y a la joven profundamente dormida. Si hubiese habido un premio para el esfuerzo más inútil, ella habría salido ganadora. Y encima enterarse de que Sheriam y las demás habían estado a punto de ser asesinadas… Hasta el inocente verderón trinando en su jaula se ganó una mirada desabrida.
—Creen que lo saben todo —rezongó despectivamente—. Les hablé de las pesadillas. Se lo advertí, y anoche no fue la primera vez.
Daba igual que las seis hermanas hubiesen sido curadas antes incluso de que ella hubiese regresado del Tel’aran’rhiod. La cosa podría haber acabado mucho peor… porque pensaban que lo sabían todo. El brazalete del a’dam se le enganchaba de vez en cuando en el pelo, pero no estaba dispuesta a quitárselo. Ese día le tocaba a Elayne llevarlo, pero la muchacha probablemente lo olvidaría en una de las clavijas de la pared. El brazalete le transmitía preocupación y el inevitable miedo, pero sobre todo frustración. A buen seguro «Marigan» estaba ayudando ya a preparar el desayuno; tener que realizar quehaceres domésticos parecía exasperarla más que el estar cautiva.
—Fue una buena idea de tu parte, Elayne —añadió Nynaeve—. No me has dicho cómo saliste tú parada después de intentar advertir a las demás.
La otra joven, que seguía frotándose la cara, se estremeció.
—No fue difícil pensar en la solución —contestó—. Una pesadilla de ese tamaño requería que todas nos ocupáramos de ella. Quizás hayan aprendido un poco de humildad, y tal vez el encuentro con las Sabias esta noche no vaya tan mal como en anteriores ocasiones.
Nynaeve asintió para sus adentros. Justo lo que había pensado. No respecto a Sheriam y las otras —las Aes Sedai aprenderían a ser un poco más humildes cuando las cabras aprendieran a volar, aunque sí un día antes que las propias Sabias— sino sobre Elayne. Seguramente se había dejado atrapar en la pesadilla, aunque la muchacha jamás lo admitiría. Nynaeve no sabía con certeza si Elayne consideraba jactancioso admitir su gran coraje o realmente es que no se daba cuenta de lo valiente que era. En cualquier caso, Nynaeve se debatía entre la admiración por la bravura de la joven y el deseo de que Elayne lo admitiera aunque sólo fuera por una vez.
—Me pareció ver a Rand.
Aquella manifestación hizo que la otra mujer bajara el paño con el que se lavaba la cara.
—¿Estaba allí en carne y hueso? —Tal cosa era peligrosa según las Sabias; se corría el riesgo de perder parte de lo que hacía humana a una persona—. Ya le advertiste sobre eso.
—¿Y cuándo ha hecho caso de un consejo sensato? Sólo lo atisbé un momento. Quizá sólo tocó el Tel’aran’rhiod en un sueño —adujo Nynaeve, aunque lo dudaba mucho. Aparentemente Rand protegía sus sueños con salvaguardas tan fuertes que la antigua Zahorí dudaba que pudiera alcanzar el Tel’aran’rhiod de otro modo que no fuera físicamente, ni siquiera aunque fuera un caminante de sueños y además tuviera uno de los anillos—. A lo mejor era alguien que se parecía a él. Como he dicho, sólo lo vislumbré un instante, en la plaza que hay frente a la Torre.
—Tendría que estar allí con él —masculló Elayne. Vació la palangana en la bacinilla y se apartó para dejar sitio a Nynaeve—. Me necesita.