Cada vez que era consciente del pesado anillo de oro que reposaba entre sus senos, pensaba: «Tiene que estar vivo. Aunque me haya olvidado. Oh, Luz, me conformo con que siga vivo». Esto último, por supuesto, sólo conseguía ponerla más furiosa. Si a al’Lan Mandragoran se le había pasado siquiera por la cabeza olvidarla, iba a ponerlo en su sitio. Tenía que estar vivo. A veces los Guardianes morían vengando a sus Aes Sedai —tan seguro como que el sol salía cada mañana que ningún Guardián permitiría que nada se interpusiera en esa satisfacción— pero Lan tenía tan pocas posibilidades de vengar a Moraine como si se hubiera caído del caballo y se hubiese roto el cuello. Ella y Lanfear se habían matado entre sí. Tenía que estar vivo. ¿Y por qué tenía que sentirse culpable ella de la muerte de Moraine? Con ello Lan había quedado libre, cierto, pero no tenía nada que ver. Con todo, su primera reacción, aunque breve, cuando supo la muerte de Moraine fue de alegría porque Lan estaba libre, no de pena por la suerte de la Aes Sedai. No pudo desechar la sensación de vergüenza por ello y, en consecuencia, su enfado se acentuó más.
De repente vio a Myrelle venir calle abajo en su dirección, acompañada por el rubio Croi Makin, uno de sus tres Guardianes, un joven esbelto pero duro como una roca. Exhibiendo un gesto resuelto, la Aes Sedai no traslucía ciertamente ninguna secuela de la noche anterior. Imposible saber si Myrelle la había visto, pero por si acaso Nynaeve se metió rápidamente en un gran edificio de piedra que en tiempos había sido una de las tres posadas de Salidar.
La amplia sala común había sido despejada y amueblada como una sala de recibimiento; se les había echado unos parches a las paredes de yeso y al alto techo, se habían colgado varios tapices de tonos vivos y unas cuantas alfombras multicolores aparecían repartidas por un suelo de madera, que ya no parecía astillado pero que necesitaba muchas manos de cera. El interior en penumbra daba la impresión de frescura en contraste con la calle. Al menos, estaba un poco más fresco. Y también ocupado.
Logain estaba plantado con aire insolente delante de una de las grandes chimeneas apagadas, los faldones de la casaca roja bordada en oro recogidos hacia atrás con los brazos, bajo la atenta mirada de Lelaine Akashi; el hecho de que llevara puesto su chal de flecos azules denotaba lo ceremonioso de la ocasión. Esta mujer esbelta, de aire solemne que a veces se rompía con una cálida sonrisa, era una de las tres hermanas Azules en la Antecámara de la Torre de Salidar. Ese día era más evidente su mirada penetrante mientras estudiaba a quienes escuchaban el testimonio de Logain.
Eran dos hombres y una mujer, resplandecientes en sus ropas de seda bordada y joyas de oro, los tres con hebras canosas en el cabello; uno de los varones era casi calvo y lucía una barba cuadrada y un largo bigote para compensar esa carencia. Poderosos nobles altaraneses habían llegado el día anterior con fuertes escoltas y tanta desconfianza entre ellos como hacia las Aes Sedai que estaban reuniendo un ejército en territorio de Altara. Los altaraneses eran leales a un lord o una lady o una ciudad, y poco o nada para una nación llamada Altara; la mayoría de los nobles no pagaban impuestos ni hacían caso a lo que decía la reina en Ebou Dar, pero sí les interesaba un ejército en su territorio. Sólo la Luz sabía qué efecto causaban en ellos los rumores sobre los seguidores del Dragón. De momento, sin embargo, se habían olvidado de mirarse entre sí altaneramente o con aire desafiante a Lelaine. Sus ojos estaban prendidos en Logain del mismo modo que lo habrían hecho con una gigantesca serpiente venenosa.
Para completar el lote, el Guardián de piel cobriza, Burin Shaeren, que parecía tallado de un tocón arrancado de la tierra, observaba con actitud de alerta tanto a Logain como a los visitantes, listo para actuar repentina y violentamente en un abrir y cerrar de ojos. El Guardián de Lelaine se encontraba allí para vigilar a Logain sólo en parte —al fin y al cabo se suponía que Logain estaba en Salidar por voluntad propia— y principalmente para protegerlo de los visitantes y de una cuchillada en el corazón.
Por su parte, Logain daba la impresión de haberse crecido bajo aquellas intensas miradas. Era un hombre alto, cabello oscuro y rizado que le llegaba a los anchos hombros, moreno y apuesto aunque de rasgos un tanto duros, y su porte era tan orgulloso y seguro de sí mismo como el de un águila. Empero, era la promesa de venganza lo que ponía aquel brillo en sus ojos. Si no tenía posibilidad de hacer pagar a todas las personas que deseaba, al menos sí a algunas.
—Seis hermanas Rojas me encontraron en Cosamelle aproximadamente un año antes de que me autoproclamara —estaba diciendo cuando entró Nynaeve—. Javindhra, se llamaba la que estaba al mando, aunque una llamada Barasine también ejercía mucha influencia. Y les oí mencionar a Elaida, como si supiera lo que se traían entre manos. Me encontraron dormido y creí que todo había acabado cuando me aislaron con un escudo.
—Aes Sedai —interrumpió con tono desabrido la mujer que estaba escuchando. Era fornida y de mirada dura, con una fina cicatriz cruzándole la mejilla, algo que a Nynaeve le pareció incongruente en una mujer. Las altaranesas tenían fama de feroces, desde luego, aunque seguramente se exageraba—. Aes Sedai, ¿cómo es posible que sea verdad lo que afirma?
—No lo sé, lady Sarena —repuso sosegadamente Lelaine—, pero me fue confirmado por alguien que no puede mentir. Dice la verdad.
El semblante de Sarena no cambió, pero apretó los puños a la espalda. Uno de sus compañeros, el hombre alto de rostro afilado, con más canas que pelo negro, tenía metidos los pulgares bajo el cinto de la espada intentando dar una imagen despreocupada, pero sus nudillos estaban blancos de tanto apretar las manos.
—Como iba diciendo —continuó Logain, que esbozó una leve sonrisa—, me encontraron y me dieron a elegir entre la muerte en ese mismo instante o aceptar lo que me ofrecían. Una rara elección que no era ni mucho menos lo que yo esperaba, pero que tampoco tuve que considerar demasiado. No es que admitieran claramente que habían hecho lo mismo con anterioridad, pero se notaba práctica en su forma de actuar. No me dieron razones, pero ahora parecen obvias al mirar atrás. Reducir a un hombre que encauza no reportaba mucha gloria; en cambio, derribar a un falso Dragón…
Nynaeve frunció el entrecejo. Con qué tranquilidad lo contaba, como un hombre charlando sobre la cacería del día, y sin embargo era de su propia caída de la que estaba hablando y cada palabra era un clavo más que cerraba el ataúd de Elaida. Tal vez el ataúd del Ajah Rojo al completo. Si las Rojas habían empujado a Logain a proclamarse el Dragón Renacido, ¿no habrían hecho otro tanto con Gorin Rogad o Mazrim Taim? Quizá con todos los falsos Dragones a lo largo de la historia. Era casi como si viera las ideas dando vueltas en las mentes de los altaraneses cual engranajes de un molino, lentamente al principio y después más y más deprisa.
—Durante todo un año me ayudaron a eludir a otras Aes Sedai —prosiguió Logain—, enviándome mensajes cuando había alguna cerca, aunque por entonces no había muchas. Después de autoproclamarme el Dragón Renacido y empezar a reunir seguidores, me enviaban aviso de dónde estaba el ejército del rey y el número de soldados que había. ¿De qué otro modo pensáis que podía saber siempre dónde y cuándo atacar?
Odiaba a las Aes Sedai. De eso estaba convencida Nynaeve merced a las contadas ocasiones en que había tenido oportunidad de examinarlo. Aunque no lo había hecho desde la partida de Min y tampoco había descubierto nada cuando lo hizo. Hubo un tiempo en que había creído que estudiarlo a él sería como enfocar el problema desde un ángulo diferente —la diferencia entre hombres y mujeres no se hacía tan patente en nada como al utilizar el Poder—, pero fue peor que asomarse a un agujero negro; allí no había nada, ni siquiera agujero. En suma, que resultaba inquietante estar cerca de Logain. El hombre había observado cada uno de sus movimientos con una ardiente intensidad que la hacía temblar, aun sabiendo que podía inmovilizarlo con el Poder no bien levantara un dedo de manera sospechosa. No era la clase de fervor ardiente con que los ojos masculinos se clavan en una mujer, sino un puro desprecio que en ningún momento se reflejaba en su semblante y que lo hacía todo más horrible. Las Aes Sedai lo habían privado del contacto con el Poder para siempre, lo habían amansado; Nynaeve podía imaginar lo que ella sentiría si alguien le hiciese lo mismo a ella. Sin embargo, no podía vengarse por ello de todas las Aes Sedai. Lo que sí estaba en su mano era destruir al Ajah Rojo, y llevaba buen camino de conseguirlo.