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—¿A qué venía todo eso? —preguntó Nynaeve, y Siuan dio un respingo de sobresalto.

—Nada que sea de tu incumbencia —espetó mientras se alisaba el vestido.

Cualquiera habría dicho que Nynaeve la había sobresaltado a propósito. Esta mujer siempre se tomaba todo como algo personal.

—Dejémoslo estar —repuso la joven fríamente. No estaba dispuesta a dejarse llevar por otros derroteros que la apartaran de lo que se proponía—. Lo que no pienso dejar a un lado es estudiarte. —Iba a hacer algo útil ese día aunque le costara la vida. Siuan abrió la boca a la par que miraba en derredor—. No, no puedo disponer de Marigan en este momento, y tampoco la necesito. Has dejado que me acerque a ti dos veces, ¡dos!, desde que descubrí un indicio de que había algo en ti susceptible de curar. Estoy dispuesta a examinarte hoy, y si no lo logro le diré a Sheriam que has desobedecido sus órdenes al no ponerte a mi disposición. ¡Juro que lo haré!

Por un momento creyó que la otra mujer iba a desafiarla a que se atreviera a hacerlo, pero al final Siuan accedió a regañadientes.

—De acuerdo, esta tarde. Estoy ocupada toda la mañana. A no ser que consideres que lo tuyo es más importante que ayudar a tu amigo de Dos Ríos.

Nynaeve se acercó más a ella. En la calle nadie les prestaba más atención que alguna ojeada por encima al pasar, pero aun así bajó la voz:

—¿Cuáles son sus planes respecto a él? Siempre dices lo mismo, que todavía no han decidido qué hacer, pero tienen que haber llegado a alguna conclusión a estas alturas. —Si era así, Siuan debía saberlo, tanto si se suponía que podía como si no.

Leane apareció inesperadamente y fue como si Nynaeve no hubiese hablado. Siuan y Leane intercambiaron una mirada iracunda, tiesa la espalda, erizadas como dos gatos desconocidos dentro de un cuarto pequeño.

—¿Y bien? —masculló Siuan, prietas las mandíbulas.

Leane aspiró sonoramente y sus bucles se mecieron al sacudir la mujer la cabeza. Una mueca burlona curvaba sus labios, pero sus palabras no eran acordes con su expresión ni su tono:

—Intenté persuadirlas —barbotó, aunque sin alzar la voz—. Pero por lo visto no te escucharon lo bastante para tomarlo siquiera en consideración. No estarás en la reunión con las Sabias de esta noche.

—¡Peces destripados! —maldijo Siuan y, girando sobre sus talones, echó a andar aunque no más rápido que Leane en dirección opuesta.

Nynaeve casi levantó las manos con frustración. Mira que hablar como si ella no estuviera, como si no supiera exactamente a qué se referían. Haciendo caso omiso de ella. ¡Más le valía a Siuan aparecer esa tarde como había prometido o Nynaeve hallaría el modo de retorcerla y ponerla a secar como una sábana! Dio un brinco de sobresalto cuando la voz de una mujer habló a su espalda:

—A esas dos habría que mandarlas ante Tiana para que les diera un buen escarmiento. —Lelaine se detuvo junto a Nynaeve y miró primero hacia Siuan y después hacia Leane. ¡Qué mala costumbre de acercarse a hurtadillas a la gente y darles un susto! No se veía a Logain, Burin o nobles altaraneses por ninguna parte. La hermana Azul se ajustó el chal—. Ya no son lo que eran, por supuesto, pero lo menos que podía esperarse de ellas es que guardasen un poco la compostura. No estaría bien que acabaran tirándose del pelo en plena calle.

—A veces hay gente que se le atraviesa a uno, simplemente —manifestó Nynaeve. Había muchas que lo tenían por costumbre; una costumbre que ella había intentado quitarles.

—No cuando afecta la dignidad de las Aes Sedai, pequeña —discrepó Lelaine—. Las mujeres que sirven a las Aes Sedai deberían mostrar más comedimiento en público por muy necias que sean en privado. —Nada que objetar a eso, ciertamente; al menos, sin correr algún riesgo—. ¿Por qué entraste hace un momento, cuando estaba enseñando a Logain?

—Creí que la sala estaba vacía, Aes Sedai —repuso Nynaeve sin tardanza—. Lo lamento. Espero no haberos causado molestias.

No podía confesar que se estaba escondiendo de Myrelle. No hubo respuesta, pero la esbelta Azul la miró fijamente a los ojos un momento.

—¿Qué crees que hará Rand al’Thor, pequeña?

Nynaeve parpadeó, desconcertada.

—Aes Sedai, no lo he visto desde hace medio año. Lo único que sé es lo que he oído aquí. ¿Acaso la Asamblea…?

Clavando una mirada escrutadora en Nynaeve, Lelaine frunció los labios. Aquellos oscuros ojos, que parecían ver dentro del cerebro de una, resultaban muy inquietantes.

—Qué increíble coincidencia el que seas del mismo pueblo que el Dragón Renacido. Igual que la otra chica, Egwene al’Vere. Había grandes expectativas con ella cuando entró de novicia. ¿Tienes idea de dónde está ahora? —No esperó a que Nynaeve respondiera—. Y los otros dos jóvenes, Perrin Aybara y Mat Cauthon. Los dos ta’veren también, según tengo entendido. Extraordinario, ya lo creo. Y estás tú, con tus grandes descubrimientos a pesar de tus limitaciones. Dondequiera que se encuentre Egwene, ¿se aventura también allí donde ninguna de nosotras ha llegado? Todos vosotros habéis sido el tema de muchas conversaciones entre las hermanas, como podrás imaginar.

—Confío en que se dijeran cosas buenas —comentó lentamente la joven.

Se habían planteado muchas preguntas respecto a Rand desde su llegada a Salidar, sobre todo desde que la delegación había partido hacia Caemlyn —algunas Aes Sedai parecían no tener otro tema de conversación cuando hablaban con ella— pero esto parecía diferente. Ése era el problema de conversar con Aes Sedai: la mitad del tiempo uno no estaba seguro de lo que querían decir realmente o qué se proponían.

—¿Todavía albergas esperanzas de curar a Siuan y a Leane, pequeña? —Asintiendo con un cabeceo como si Nynaeve hubiese contestado, Lelaine suspiró—. A veces creo que Myrelle tiene razón. Te consentimos demasiado. Por importantes que fueran tus descubrimientos, quizá deberíamos ponerte a cargo de Theodrin hasta que tu bloqueo para encauzar quedase roto. Considerando lo que has hecho en los últimos dos meses, imagina de lo que serías capaz entonces. —Nynaeve se aferró la trenza inconscientemente e intentó meter baza, articular una protesta cuidadosamente formulada, pero Lelaine pasó por alto su intento—. No quieras hacerles un favor a Siuan y a Leane, pequeña. Deja que olviden quiénes y qué eran y que se conformen con lo que son ahora. Por el modo en que se comportan, lo único que les impide olvidarlo por completo eres tú y tus absurdos intentos de curar lo que no tiene curación. Ya no son Aes Sedai. ¿Por qué hacerles alentar falsas esperanzas?

Había un dejo de compasión en su voz y también un atisbo de desdén. Al fin y al cabo, quienes no pertenecían a la hermandad Aes Sedai eran inferiores, y la artimaña de Siuan y Leane las había colocado definitivamente entre estas últimas. Aparte, por supuesto, de que no pocos en Salidar culpaban de los problemas en la Torre a Siuan, a sus maquinaciones mientras era Amyrlin. Seguramente creían que merecía todo lo que le había ocurrido y más.

Empero, lo que se les había hecho lo complicaba todo. Neutralizar a una mujer era infrecuente. Antes de Siuan y Leane ninguna mujer había sido procesada y neutralizada desde hacía ciento cuarenta años, y ninguna se había consumido desde hacía por lo menos doce. Una mujer neutralizada, por lo general trataba de alejarse todo lo posible de las Aes Sedai. A buen seguro que, si Lelaine hubiese sido neutralizada, habría querido olvidar que había sido Aes Sedai, si hubiera podido. E indudablemente también le gustaría olvidar que Siuan y Leane lo habían sido, que les había sido arrebatado todo. Si fuera posible verlas como dos mujeres corrientes que nunca habían sido capaces de encauzar, que jamás habían pertenecido a la hermandad, muchísimas Aes Sedai se sentirían mucho menos incómodas.

—Sheriam Sedai me ha dado permiso para intentarlo —adujo Nynaeve hablando con tanta firmeza como se atrevió con una hermana. Lelaine le sostuvo la mirada hasta que la joven bajó los ojos. Se le pusieron los nudillos blancos de tanto apretar la trenza antes de obligarse a soltarla, pero mantuvo el gesto suave. Tratar de sostener la mirada a una Aes Sedai era una solemne estupidez siendo sólo Aceptada.