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—A veces nos comportamos neciamente, pequeña, pero una mujer sensata aprende a limitar las veces que cae en ello. Puesto que pareces haber terminado de desayunar, sugiero que te libres de esa jarra y busques algo que hacer antes de que te encuentres metida en un buen lío. ¿Has considerado alguna vez la posibilidad de dejarte corto el cabello? No importa. Márchate.

Nynaeve hizo una precipitada reverencia, pero la Aes Sedai ya se había dado media vuelta cuando aún no había acabado de inclinarse. A salvo de los ojos de Lelaine, lanzó una mirada furibunda a la mujer. ¿Cortarse el pelo? Levantó la trenza y la agitó hacia la Aes Sedai que se alejaba. Que hubiese esperado hasta estar a salvo la enfurecía, pero de no haberse aguantado seguramente estaría de camino a hacer compañía a Moghedien en el lavadero, con una parada intermedia para ver a Tiana. Meses detenida allí en Salidar sin hacer nada —a efectos prácticos así era, no importaba lo mucho o lo poco que Elayne y ella consiguieran sacarle a Moghedien— entre Aes Sedai que no hacían nada excepto hablar y esperar mientras el mundo seguía caminando hacia su ruina sin ellas. ¡Y Lelaine pensaba que debería cortarse el pelo! Había perseguido al Ajah Negro; la habían capturado y había escapado; a su vez había atrapado a una Renegada —bueno, ninguna de ellas sabía eso—; había ayudado a la Panarch de Tarabon a recuperar su trono aunque fuese por poco tiempo; y ahora lo único que hacía era quedarse sentada y recibir alabanzas por lo que conseguía sacarle a Moghedien. ¿Cortarse el cabello? ¡Para lo que serviría, tanto daba si se afeitaba la cabeza!

Divisó a Dagdara Finchey caminando a largas zancadas entre la muchedumbre, tan corpulenta como cualquier hombre que había en la calle y más alta que la mayoría; la Amarilla de rostro redondo la ponía furiosa. Una razón por la que se había quedado en Salidar era para estudiar con las Amarillas, porque las hermanas de este Ajah eran las que más conocimientos tenían sobre la Curación; o eso decía todo el mundo. Pero si alguna de ellas sabía algo más de lo que sabía ya Nynaeve, entonces es que no lo compartían con una mera Aceptada. Las Amarillas tendrían que haber sido las que mejor hubiesen acogido su deseo de curar cualquier cosa, todo, incluso la neutralización, pero eran las que menos entusiasmo habían mostrado. Dagdara la habría puesto a fregar suelos desde el alba hasta el ocaso hasta que hubiese renunciado a sus «ideas absurdas y ganas de perder el tiempo» si Sheriam no hubiese intervenido, en tanto que Nisao Dachen, una diminuta Amarilla con unos ojos que podían remachar clavos, se negó incluso a hablar con Nynaeve mientras persistiera en «alterar lo que había tejido el Entramado».

Para acabar de rematarlo, su percepción del tiempo seguía advirtiéndole que se aproximaba una tormenta, ahora más cerca, mientras que el cielo despejado y el sol ardiente se mofaban de ella.

Mascullando entre dientes, dejó la jarra de barro en la parte trasera de un carro de leña y continuó caminando por la abarrotada calle. No tenía nada que hacer salvo andar hasta que Moghedien quedara libre, y sólo la Luz sabía cuánto tardaría eso. Toda una mañana perdida que añadir a una sucesión de días malgastados.

Muchas Aes Sedai le sonreían y saludaban con un cabeceo, pero con el simple recurso de devolverles la sonrisa con aire de disculpa y apretar la marcha unos cuantos pasos como si se dirigiese presurosa a alguna parte, evitó que la pararan para hacerle las inevitables preguntas sobre qué nuevas cosas podían esperar de ella. En su estado de ánimo actual podía soltar exactamente lo que pensaba, lo que sería extremadamente estúpido. Sin hacer nada. ¡Mira que preguntarle a ella qué iba a hacer Rand! ¡O que se cortara el pelo! ¡Bah!

Claro que no todo eran sonrisas. Nisao no sólo la miró como si no existiera, sino que Nynaeve tuvo que apartarse ágilmente de su camino para que la pequeña mujer no le pasara por encima. Y una Aes Sedai altanera, de cabello claro, con una barbilla prominente, que guiaba a un alto ruano entre la multitud, le dirigió una penetrante y ceñuda mirada con sus azules ojos mientras pasaba a su lado. Nynaeve no la reconoció. La mujer iba vestida con un traje de montar de seda gris pálido, pero el ligero guardapolvo de lino que llevaba doblado sobre la silla denotaba un viaje y la señalaba como una recién llegada. Reafirmando la probabilidad de que era nueva allí, el larguirucho Guardián con capa verde que iba tras ella sobre un enorme caballo de batalla gris parecía inquieto. Los Guardianes nunca traslucían inquietud, pero Nynaeve supuso que unirse a una rebelión contra la Torre podía justificar la excepción. ¡Luz! ¡Hasta las recién llegadas venían dispuestas a ponerla en su sitio!

Y entonces apareció Ino, con su rostro surcado por una cicatriz, la cabeza afeitada excepto la cola de caballo y el ojo tuerto cubierto por un parche en el que iba pintado un rojizo remedo de globo ocular de expresión furibunda. Haciendo una pausa en el rapapolvo que echaba a un avergonzado joven equipado con armadura, que sostenía las riendas de un caballo con una lanza sujeta a la silla, Ino dirigió una afectuosa sonrisa a Nynaeve. En fin, habría resultado afectuosa sin el parche del ojo. La expresión tormentosa de la mujer lo hizo parpadear y reanudó la regañina al soldado.

No era Ino ni su parche lo que le daba ardor de estómago. No exactamente. Las había acompañado a Elayne y a ella hasta Salidar, y en cierta ocasión prometió robar caballos —«cogerlos prestados» lo llamó él— si querían marcharse de allí. Ya no había posibilidades de hacerlo. Ino lucía ahora un galón dorado en los puños de su desgastada chaqueta oscura; era un oficial que entrenaba caballería pesada para Gareth Bryne, y estaba demasiado absorto en ello para preocuparse por Nynaeve. No, eso no era cierto. Si dijera que quería irse, le procuraría caballos en cuestión de horas y saldría con una escolta de shienarianos que habían prometido lealtad a Rand y que sólo estaban en Salidar porque Elayne y ella los habían conducido hasta allí. Pero para eso tendría que admitir que se había equivocado al decidir quedarse, admitir que había mentido todas las veces que le aseguró que estaba contenta con su actual situación. Y reconocer tales cosas iban en contra de su forma de ser. La principal razón de que Ino se quedara era que pensaba que debía cuidar de Elayne y de ella. ¡Así que no iba a admitir nada ante él!

La idea de abandonar Salidar era nueva, avivada la chispa al ver a Ino, y la hizo ponerse a reflexionar. Ojalá Thom y Juilin no se hubiesen ido a hacer un recorrido por Amadicia. Y no es que hubiesen salido de viaje por gusto. En aquellos primeros días, cuando parecía que las Aes Sedai de Salidar podrían hacer realmente algo, se habían ofrecido voluntarios para salir a explorar y ver qué estaba pasando al otro lado del río. Habiéndose propuesto llegar hasta la mismísima Amador, llevaban ausentes más de un mes y no regresarían hasta dentro de varios días en el mejor de los casos. No eran los únicos exploradores, claro es; incluso se había enviado a Aes Sedai y Guardianes, aunque la mayoría de éstos se dirigían más al oeste, a Tarabon. Toda una exhibición de estar haciendo algo; y el retraso hasta que cualquiera regresara con noticias era una buena excusa para esperar. Nynaeve deseó no haber dejado que los dos hombres se marcharan. Ninguno de ellos lo habría hecho si ella se hubiese opuesto.

Thom era un viejo juglar, aunque en tiempos había sido alguien mucho más importante, y Juilin, un rastreador de Tear, ambos unos hombres competentes que sabían arreglárselas en lugares desconocidos y bastante útiles en ciertos aspectos. También las habían acompañado a Elayne y a ella, y ninguno habría hecho preguntas si les hubiese dicho que querían marcharse. Claro que se habrían despachado a gusto a sus espaldas, pero no en su cara, como haría Ino.