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—Pues claro que lo estoy, Nynaeve. ¿O es que crees que habría venido corriendo por una simple hablilla? El pueblo entero está alborotado.

—No entiendo por qué —repuso con acritud. La sensación de presión dentro del cráneo había vuelto. Y ni toda su provisión de menta de ánade guardada en el morral de hierbas le habría aliviado la acidez de estómago. ¿Es que esta chica no iba a aprender nunca a llamar a una puerta? Moghedien tenía las manos apretadas sobre el estómago, como si a ella tampoco le viniera mal un poco de menta de ánade—. Ya les dijimos que Elaida sabía lo de Salidar.

—Puede que nos creyeran y puede que no —argumentó Elayne, que se sentó pesadamente a los pies de la cama de Nynaeve—, pero esto despeja cualquier duda. Elaida sabe dónde estamos y probablemente lo que nos proponemos hacer. Cualquiera de las criadas podría ser su informadora. Tal vez incluso alguna de las hermanas. Eché un vistazo a la emisaria, Nynaeve: cabello claro y ojos azules tan fríos que congelarían el sol. Una Roja llamada Tarna Feir, según dijo Faolain. Uno de los Guardianes que estaba de servicio de vigilancia la escoltó hasta el pueblo. Cuando mira es como si uno fuese menos que una piedra.

Nynaeve volvió la vista hacia Moghedien.

—Hemos terminado con la clase por ahora. Regresa dentro de una hora y podrás hacer las camas. —Esperó hasta que la Renegada se hubo ido, prietos los labios y agarrándose las faldas con los dedos crispados, y luego se volvió hacia Elayne—. ¿Qué mensaje trae?

—¡Qué cosas tienes, Nynaeve! ¿Crees que iban a decírmelo a mí? Todas las Aes Sedai con las que me he cruzado se estaban preguntando eso mismo. Oí comentar que cuando le dijeron a Tarna que sería recibida por la Antecámara de la Torre se echó a reír. Y no con regocijo. No creo que… —Elayne se mordió el labio inferior—. Espero que no decidan…

—¿Regresar? —preguntó Nynaeve con incredulidad—. ¡Elaida querrá que recorran los últimos quince kilómetros de rodillas, y el último arrastrándose como gusanos! Y, aunque no sea así, aunque esta Roja les diga «Volved a casa; todo está perdonado y os espera la cena», ¿crees que podrían desembarazarse de Logain como si nada?

—Nynaeve, las Aes Sedai podrían desembarazarse de cualquier obstáculo con tal de unir de nuevo la Torre Blanca. Cualquier cosa. No las conoces tan bien como yo; había Aes Sedai en palacio desde el día en que nací. La cuestión es qué estará diciendo Tarna ahora a la Antecámara y qué le dirá la Antecámara a ella.

Nynaeve se frotó los brazos con irritación. No tenía respuesta a eso, sólo esperanzas, y su percepción del tiempo le manifestaba que la inexistente tormenta de granizo se estaba descargando con toda su fuerza sobre los tejados de Salidar.

La sensación se prolongó durante días.

9

Planes

¿Habéis hecho venir a Amador a esos Iluminadores?

Muchos se habrían encogido al oír hablar a Pedron Niall en un tono tan frío, pero no así el hombre plantado sobre el dorado sol ensamblado en el suelo, delante del austero sillón de respaldo alto ocupado por Niall. Por el contrario, exudaba seguridad en sí mismo y competencia.

—Hay una razón para que tenga a dos mil Hijos guardando la frontera con Tarabon, Omerna —continuó Niall—. Tarabon está en cuarentena. No se debe permitir el paso a nadie. De estar en mi mano, ni siquiera lo haría un gorrión.

Omerna era la viva imagen de lo que se esperaba que fuera un oficial de los Hijos de la Luz: alto, de presencia imponente, un rostro aguerrido que traslucía arrojo, de fuerte mandíbula y pinceladas blancas en las sienes. Sus oscuros ojos parecían más que capaces de contemplar el campo de batalla más cruento sin inmutarse, como en realidad lo habían hecho. En ese momento reflejaban una profunda reflexión. El tabardo blanco y dorado de un capitán, Ungido de la Luz, le iba como anillo al dedo.

—Mi capitán general, desean establecer una sede de la Corporación aquí. —Incluso la voz, profunda y mesurada, encajaba con su imagen—. Los Iluminadores viajan por todas partes. Resultaría fácil introducir espías entre ellos. Espías que serían bien recibidos en cualquier ciudad, en cualquier mansión de nobles, en cualquier palacio de un dirigente. —Omerna era supuestamente un miembro poco relevante del Consejo de los Ungidos, pero en realidad era, por decirlo de algún modo, el jefe de espionaje de los Hijos de la Luz—. ¡Pensadlo!

Lo que Pedron Niall pensaba era que la Corporación de Iluminadores estaba integrada por taraboneses, desde el primer hombre y mujer hasta el último de ellos, y Tarabon estaba infestado por un caos y una locura que no permitiría que se desatara en Amadicia. Si no había más remedio que esperar para cauterizar esa herida, sí podía al menos aislarla.

—Recibirán el mismo trato que todos los que entran subrepticiamente en el país, Omerna: retenidos bajo vigilancia, sin permiso para hablar con nadie y escoltados de vuelta a la frontera, expulsados de Amadicia sin dilación.

—Si me permitís que insista, mi capitán general, su utilidad merecería el precio de los contados rumores que pudiesen propagar. Son gente muy reservada. Y, aparte de su utilidad para infiltrar a mis espías, el prestigio de contar con una sede de Iluminadores en Amador sería considerable. Constituiría la única sede en la actualidad. La de Cairhien ha sido abandonada y la de Tanchico habrá sufrido la misma suerte sin duda.

¡Prestigio! Niall se frotó el párpado izquierdo para calmar un tic nervioso. No tenía sentido enfurecerse con Omerna, pero contenerse requirió un arduo esfuerzo por su parte. El bochorno matinal era como un fuego lento sobre el que su mal humor iba alcanzando el punto de ebullición poco a poco.

—Ya lo creo que es gente reservada, Omerna. Viven y viajan con los de su propia clase, y apenas hablan con los demás. ¿Acaso os proponéis que vuestros espías se casen con Iluminadores? Rara vez contraen matrimonio con alguien que no pertenezca a su gremio, y no hay otro modo de convertirse en Iluminador que serlo por nacimiento.

—Oh, bien. Estoy seguro de que podría hallarse otra vía para conseguirlo.

No había nada que pudiera hacer mella en aquella apariencia de seguridad y competencia.

—Se hará como he dicho, Omerna. —El oficial volvió a abrir la boca, pero Niall se adelantó, irritado—: ¡Como he dicho, Omerna! ¡Ni una palabra más! Y bien, ¿qué información tenéis hoy? Información útil, quiero decir. Tal es vuestra función, no proporcionar fuegos de artificio para Ailron.

Omerna vaciló, obviamente deseoso de hacer otra interpelación en favor de sus preciados Iluminadores, pero al final manifestó con aire solemne:

—Los informes sobre la presencia de seguidores del Dragón en Altara son algo más que rumores, al parecer. Y quizá también en Murandy. La infección es pequeña, pero crecerá. Una acción enérgica en este momento podría resolver el problema de ellos y de las Aes Sedai de Salidar en un solo…

—¿Decidís ahora la estrategia militar de los Hijos? Limitaos a obtener información y dejad que yo haga uso de ella. ¿Qué otra cosa tenéis para despachar conmigo?

La respuesta del hombre por haberlo interrumpido fue una inclinación de cabeza sosegada, en señal de aquiescencia. Omerna era un maestro en lo de conservar la calma; quizás era lo que mejor sabía hacer.

—Tengo buenas noticias. Mattin Stepaneos está dispuesto a daros su apoyo. Todavía duda en hacer un anuncio público, pero mi gente destacada en Illian informa que lo hará pronto. Se dice que está ansioso.

—Eso sería realmente extraordinario —comentó secamente Niall. Extraordinario, desde luego.

Entre las banderas y los estandartes que se alineaban a lo largo de las cornisas de la sala, los Tres Leopardos de Mattin Stepaneos, plata sobre campo negro, pendían junto al estandarte real illiano, tres abejas hechas con hilo de oro sobre seda verde y con orla dorada. Al final el rey illiano no había salido tan mal parado de los Disturbios, aunque sí lo suficiente para forzarlo a un tratado que establecía la frontera entre Amadicia y Altara tal y como estaba antes del conflicto, pero Niall dudaba que el hombre olvidara nunca que había llevado ventaja en terreno y en número de tropas en Soremaine y que aun así había caído derrotado y capturado. Si los Compañeros Illianos no hubiesen defendido el campo para que el resto del ejército escapara a la trampa de Niall, Altara sería ahora un feudo de los Hijos, y muy probablemente también Murandy e incluso Illian. Peor aún: Mattin Stepaneos tenía una bruja de Tar Valon como consejera, aunque ocultaba tal hecho y a ella. Niall había enviado emisarios porque no osaría renunciar a una posibilidad de acuerdo sin antes intentarlo. Empero, el que Mattin Stepaneos hiciera voluntariamente un frente común con él resultaría en verdad extraordinario.