Todos los planes que había concebido para poner obstáculos al falso Dragón se habían ido al garete, así como todas sus esperanzas de frenar la oleada de conquistas del hombre, de distraerlo. ¿Habría esperado demasiado, dejando que al’Thor se hiciera demasiado poderoso? En tal caso, sólo había un modo de ocuparse rápidamente de éclass="underline" el cuchillo en la oscuridad o la flecha desde un tejado. ¿Cuánto podría arriesgarse a esperar? ¿Podía arriesgarse a no esperar? Actuar con excesiva precipitación podía significar el desastre con tanta certeza como lo haría una excesiva demora.
—¿Milord me mandó llamar?
Niall miró al hombre que había entrado tan silenciosamente. Al verlo nadie habría dicho que Balwer podría moverse sin un seco crujido que anunciara su presencia. Todo en él era enjuto y consumido; la chaqueta marrón le colgaba de los huesudos hombros, y las piernas daban la impresión de que iban a quebrarse bajo su descarnado cuerpo. Se movía como un pájaro saltando de rama en rama.
—¿Tú crees que la llamada del Cuerno de Valere traerá a los héroes muertos de sus tumbas para salvarnos, Balwer?
—Tal vez, milord —repuso el secretario mientras se retorcía las manos—. O tal vez no. Por mi parte, yo no contaría con ello.
Niall asintió en silencio.
—¿Y crees que Mattin Stepaneos se unirá a mí?
—De nuevo he de decir quizá. No querrá acabar muerto ni como una marioneta. Su primera y única preocupación es conservar en su cabeza la Corona de Laurel, y el ejército que se está agrupando en Tear debe de estar haciéndolo sudar. —Balwer esbozó una leve sonrisa, apenas una ligera presión de sus labios—. Ha hablado abiertamente sobre aceptar la propuesta de milord, pero por otro lado he sabido que ha estado en contacto con la Torre Blanca. Aparentemente ha accedido a algo, aunque aún no sé a qué.
El mundo sabía que Abdel Omerna era el jefe de espías de los Hijos. Un cargo así debería haberse mantenido en secreto, naturalmente, pero los mozos de cuadra y los mendigos lo señalaban en las calles, con precaución para que el hombre más peligroso de Amadicia no los viera. La verdad era que ese necio de Omerna era un señuelo, un estúpido que ignoraba que era una máscara tras la que se ocultaba el verdadero jefe de espías en la Fortaleza de la Luz: Sebban Balwer, el remilgado y enteco secretario de Niall, con su sempiterno gesto desaprobador en la boca. Un hombre al que nadie imaginaría en ese puesto aun cuando se lo insinuaran.
Mientras que Omerna creía cualquier cosa, Balwer no daba crédito a nada, quizá ni siquiera a los Amigos Siniestros ni al mismísimo Oscuro. Si Balwer creía en algo era en observar a la gente con disimulo, escuchar lo que hablaba en susurros, desenterrar sus secretos. Ni que decir tiene que habría servido con igual dedicación a cualquier otro amo como hacía con Niall, pero eso era buena cosa. Lo que Balwer descubría nunca estaba falseado por lo que suponía que tenía que ser verdad o quería que fuera verdad. Con su actitud incrédula hacia todo, siempre se las ingeniaba para desentrañar la verdad.
—No esperaba más de Illian, Balwer, pero incluso a Mattin Stepaneos se lo puede convencer. —Tendría que hacerse. No podía ser demasiado tarde—. ¿Hay alguna noticia nueva de las Tierras Fronterizas?
—Aún no, milord. Pero Davram Bashere está en Caemlyn, con treinta mil soldados de caballería ligera, según mis informadores, aunque en mi opinión no deben de ser ni a la mitad. Él no debilitaría tanto las defensas de Saldaea, por mucha tranquilidad que haya en la Llaga, ni siquiera aunque se lo ordenara Tenobia.
Niall gruñó y sintió el tic nervioso en el rabillo del ojo. Pasó un dedo sobre el dibujo que había en la carpeta; se suponía que la imagen plasmada en él guardaba bastante parecido con al’Thor. Bashere en Caemlyn; ése era un buen motivo para que Tenobia se ocultara en el campo evitando a su enviado.
En contra de la opinión de Omerna, no eran buenas las noticias de las Tierras Fronterizas. Las «pequeñas rebeliones» sobre las que Omerna había informado sí eran pequeñas, pero no de la clase que el hombre pensaba. A lo largo de la Frontera de la Llaga los hombres discutían sobre si al’Thor era otro falso Dragón o el Dragón Renacido. Con la idiosincrasia de las gentes de la frontera, a veces esas discusiones desembocaban en batallas a pequeña escala. La lucha se había iniciado en Shienar, más o menos, coincidiendo con la caída de la Ciudadela de Tear, lo que confirmaba, si es que era necesaria una confirmación, que las brujas estaban involucradas en ello. Aun había dudas, según Balwer, respecto a cómo se resolvería todo.
El que al’Thor siguiera estancado en Caemlyn era una de las pocas cosas en las que Omerna no estaba equivocado. Sin embargo ¿por qué seguía allí, con Bashere, los Aiel y las brujas? Ni siquiera Balwer había sido capaz de responder a eso. Fuera cual fuese el motivo, había que dar gracias a la Luz por ello. La chusma del Profeta se había parado, instalándose en el norte de Amadicia para saquear la zona, cierto, pero estaban consolidando su posición matando o haciendo huir a cualquiera que se negara a pronunciarse en favor del Profeta del Dragón. Los soldados de Ailron habían dejado de retroceder sólo porque el condenado Profeta había dejado de avanzar. Alliandre y los otros que Omerna daba por seguro que se unirían a los Hijos en realidad estaban indecisos y daban largas a sus embajadores con excusas pobres y aplazamientos. Niall sospechaba que ni ellos mismos sabían hacia qué lado se decantarían.
A primera vista todo parecía estar a favor de al’Thor en ese momento, excepto por lo que quiera que lo estuviera reteniendo en Caemlyn, pero Niall había sido siempre más peligroso cuando el enemigo lo superaba y él estaba con la espalda contra la pared.
Si se daba crédito a los rumores, Carridin lo estaba haciendo bien en Altara y Murandy, aunque no tan deprisa como a Niall le hubiese gustado. El tiempo era tan enemigo como al’Thor o la Torre. Empero, aun en el caso de que Carridin sólo estuviera haciendo buenos los rumores, sería suficiente. Quizás había llegado el momento de que los «partidarios del Dragón» se extendieran y entraran en Andor. Y puede que también en Illian; aunque, si el ejército que se estaba agrupando en la frontera de Tear no bastaba para señalar el camino a Mattin Stepaneos, unas cuantas granjas y pueblos atacados difícilmente influirían en su decisión. El tamaño de ese ejército aterraba a Niall; aun cuando sólo fuera la mitad, la cuarta parte, de lo que decía la información de Balwer, seguía aterrándolo. No se había visto nada igual desde los tiempos de Artur Hawkwing. En lugar de asustar a los hombres para que se unieran a los Hijos, aquello podría intimidarlos hasta el punto de hacer que se pusieran bajo la bandera del Dragón. Si con ello pudiese disponer de un año, de seis meses, Niall habría dado por bueno todo el ejército de idiotas, villanos y salvajes Aiel de al’Thor.
Pero no todo estaba perdido, naturalmente. Nunca estaba todo perdido mientras se tenía vida. Tarabon y Arad Doman, esos dos pozos de escorpiones, tenían tan poca utilidad para al’Thor y las brujas como para él; sólo un necio metería la mano allí hasta que más escorpiones se hubiesen matado entre sí. Si Saldaea estaba perdido, cosa que no estaba dispuesto a admitir, Shienar, Arafel y Kandor seguían todavía en la balanza, y a las balanzas se las podía inclinar. Si Mattin Stepaneos quería montar dos caballos a la vez —siempre le había gustado hacer eso— todavía se lo podía obligar a elegir el correcto. A Altara y Murandy se los empujaría hacia el lado adecuado, y Andor acabaría resignándose a su intervención tanto si decidía que hacía falta o no un toque del látigo de Carridin. En Tear, los espías de Balwer habían convencido a Tedosian y a Estanda de que se unieran a Darlin, convirtiendo un simple gesto de desafío en una verdadera rebelión, y Balwer estaba convencido de que podía hacerse lo mismo en Cairhien y en Andor. Un mes más, dos como mucho, y Elmon Valda llegaría de Tar Valon; Niall no habría necesitado del concurso de Valda, pero de este modo la gran mayoría de los Hijos estarían agrupados en un solo punto, a mano para hacer uso de ellos en el momento más conveniente.