»La única incógnita que falta resolver es si el Ajah Negro ganó o perdió. Yo me inclino por que salió vencedor. La mayoría de la gente considera a quienesquiera que conserven la Torre como las verdaderas Aes Sedai. Dejemos que esa gente asocie a las verdaderas Aes Sedai con el Ajah Negro. Al’Thor es un títere de la Torre, un esbirro del Ajah Negro. —Cogió la copa de vino que había soltado en la mesa y dio un sorbo; no sirvió para aliviar el calor—. Quizá pueda esgrimirlo como la razón por la que todavía no he hecho ningún movimiento contra Salidar. —A través de sus emisarios, se había valido de esa abstención de atacar como prueba de cuán peligrosa consideraba la amenaza que representaba al’Thor; tanto que prefería permitir que las brujas se reunieran a un paso de Amadicia que dejarse engañar desviando su atención del peligro del falso Dragón.
»Las mujeres que están allí, horrorizadas después de todos estos años por la aceptación que tienen entre sus filas las ideas del Ajah Negro, asqueadas al fin de la maldad en la que han estado inmersas… —Su capacidad inventiva se agotó; todas eran servidoras del Oscuro, así pues ¿qué maldad podría repugnarles? Sin embargo, un instante después Balwer acudió en su auxilio, y continuó en el punto donde él lo había dejado:
—Quizás han decidido abandonarse a la clemencia de milord o incluso pedir su protección. Derrotadas en una rebelión, más débiles que sus enemigas, temerosas de ser arrasadas… Ciertamente, un hombre que va a caer por un precipicio a una muerte segura tenderá la mano incluso a su peor enemigo. Quizá… —Balwer tamborileó los huesudos dedos contra sus labios en un gesto pensativo—. ¿Quizás estén dispuestas a arrepentirse de sus pecados y a renunciar a ser Aes Sedai?
Niall lo miró de hito en hito. Sospechaba que unas de las cosas en las que Balwer no creía eran los pecados de las brujas de Tar Valon.
—Eso es absurdo —manifestó fríamente—. Es la clase de idea que esperaría de Omerna.
El semblante de su secretario no se alteró, manteniendo la misma expresión remilgada de siempre, pero empezó a frotarse las manos como solía cuando se sentía insultado.
—Puede que sea lo que milord esperaría de él, pero es exactamente el tipo de historia que se repetirá allí donde acude más a menudo para obtener información, en las calles y donde los nobles chismorrean mientras beben vino. En esos sitios los disparates no provocan risa: sólo se les presta oídos. A aquello que es demasiado absurdo de creer se le da crédito porque es demasiado desatinado para tratarse de una mentira.
—¿Con qué planteamiento lo presentarías? No quiero dar pie a rumores de que los Hijos tienen trato con brujas.
—Sólo sería un rumor, milord. —La mirada de Niall se endureció y Balwer alzó las manos—. Como milord desee. Cada vez que se repite un chisme se añaden adornos, de modo que una historia sencilla tiene más oportunidad de que sobreviva lo básico. Sugiero cuatro rumores, milord, no uno. El primero, que la división de la Torre fue causada por el levantamiento del Ajah Negro. El segundo, que el Ajah Negro venció y controla la Torre. El tercero, que las Aes Sedai de Salidar, asqueadas y horrorizadas, están renunciando a su condición de Aes Sedai. Y el cuarto, que se han dirigido a vos buscando clemencia y protección. Para la mayoría de la gente, cada uno de ellos será confirmación de los otros. —Balwer se dio suaves tirones de las solapas mientras esbozaba una leve sonrisa con aire de suficiencia.
—De acuerdo, Balwer. Hazlo así. —Niall dio un sorbo de vino más largo. El calor estaba haciendo que notara su edad; sentía los huesos quebradizos. Pero duraría lo suficiente para ver derrotado al falso Dragón y al mundo unido a fin de afrontar el Tarmon Gai’don. Aun en el caso de que no viviera para dirigir la Última Batalla, sin duda la Luz le concedería eso al menos—. Y quiero que se encuentre a Elayne Trakand y a su hermano Gawyn, Balwer, y que se los traiga a Amador. Ocúpate de ello. Puedes marcharte ahora.
En lugar de irse, Balwer vaciló.
—Milord sabe bien que nunca sugiero un curso de acción —dijo al cabo.
—Pero quieres sugerir uno ahora ¿no? ¿De qué se trata?
—Presionad a Morgase, mi señor. Ya ha pasado más de un mes y todavía está «considerando» la proposición de milord. Ella…
—Basta, Balwer. —Niall suspiró. A veces le habría gustado que su secretario no fuera amadiciense, sino un cairhienino que había mamado el Juego de las Casas con la leche de su madre—. Morgase está más comprometida conmigo cada día que pasa, aunque crea lo contrario. Habría preferido que hubiese aceptado de inmediato, así tendría Andor levantado contra al’Thor ya, pero cada día que pasa siendo mi huésped se va atando a mí más fuerte. Al final descubrirá que está aliada conmigo porque el mundo lo cree así, enredada de tal forma que nunca podrá escapar. Y nadie podrá alegar nunca que la coaccioné, Balwer. Eso es importante. Siempre es más difícil romper una alianza en la que el mundo cree que uno ha entrado voluntariamente que otra que uno puede probar que fue obligado a aceptar. La precipitación irreflexiva conduce al desastre, Balwer.
—Como diga milord.
Niall hizo un ademán despidiéndolo, y el hombre inclinó la cabeza y se retiró. Balwer no lo entendía. Morgase era una adversaria dura, pero sin sutileza. Si se la presionaba demasiado, se revolvería y lucharía aun estando en desventaja. Empero, si se la presionaba justo lo suficiente, combatiría al enemigo que creía ver y en ningún momento se percataría de la trampa tendida a su alrededor hasta que fuera demasiado tarde. Lo apremiaba el tiempo, todos los años que había vivido, todos los meses que necesitaba desesperadamente, pero no dejaría que la precipitación mandara al traste sus planes.
El halcón, una hembra, cayó en picado sobre el enorme pato, golpeándolo en un estallido de plumas; las dos aves se separaron, y el ánade se desplomó hacia el suelo. Tras elevarse en un vertiginoso arco hacia el cielo despejado, el halcón volvió a lanzarse sobre su presa mientras ésta caía y la aferró con sus garras. El peso del pato resultaba una carga casi excesiva, pero ella voló esforzadamente hacia la gente que aguardaba allá abajo.
Morgase se preguntó si no sería ella igual que esa hembra de halcón, demasiado orgullosa y también demasiado resuelta para darse cuenta de que había cazado una presa demasiado pesada para que sus alas aguantaran. Procuró que sus manos enguantadas aflojaran los dedos que aferraban prietamente las riendas. El sombrero blanco de ala ancha, con las largas plumas del mismo color, le proporcionaba cierta protección del abrasador sol, sin embargo, el sudor perlaba su rostro. Con el traje de montar de seda verde con bordados en oro no parecía una prisionera.
Figuras montadas y a pie llenaban el prado de hierba seca y parda, aunque no lo abarrotaban. Un puñado de músicos, uniformados con tabardos azules bordados en blanco, equipados con flautas, vihuelas y tambores, interpretaban una ligera melodía, apropiada para una tarde tomando vino frío. Una docena de adiestradores, vestidos con chalecos de cuero largos encima de camisas blancas, acariciaban a los halcones encapuchados posados sobre sus brazos protegidos, o chupaban cortas pipas y echaban bocanadas de humo azul sobre sus aves. El doble de sirvientes se movía de aquí para allí llevando bandejas y copas doradas, las primeras con frutas frescas que iban y las segundas con vino; y un grupo de hombres equipados con brillantes cotas de malla rodeaba el prado a corta distancia de los árboles cuyas ramas estaban ya casi sin hojas. Esto a beneficio de Morgase y su séquito, para asegurarse de que la cacería con halcón transcurriera sin peligro.