En fin, ésa era la razón dada, aunque los seguidores del Profeta se encontraban sus buenos trescientos kilómetros más al norte, y no parecía muy probable que hubiese asaltantes tan cerca de Amador. A despecho de las mujeres agrupadas a su alrededor, amazonas de yeguas y castrados, ataviadas con trajes de montar de brillantes sedas y sombreros de ala ancha adornados ostentosamente con plumas de colores, y el cabello peinado en los largos bucles que estaban de moda actualmente en la corte amadiciense, el verdadero séquito de Morgase lo constituían, por un lado, Basel Gill, incómodo sobre el caballo, con el jubón forrado de láminas imbricadas ciñéndole la oronda cintura por encima de la chaqueta roja de seda que ella le había proporcionado para que no lo eclipsaran los sirvientes, y, por otro, Paitir Conel, aun más incómodo con la chaqueta roja y blanca de paje y trasluciendo el mismo nerviosismo que mostraba desde que lo había incorporado a su reducido grupo de leales. Las mujeres eran nobles de la corte de Ailron, «voluntarias» para actuar como damas de compañía de Morgase. El pobre maese Gill toqueteaba su espada y echaba miradas de reojo a los guardias Capas Blancas con aire desconsolado. Porque eso eran, aunque, como hacían casi siempre cuando la escoltaban, no llevaban las níveas capas. Y eran guardianes. Si intentaba cabalgar demasiado lejos o alargar en exceso la salida, su comandante, un joven de mirada dura llamado Norowhin que detestaba parecer otra cosa que un Capa Blanca, le «sugeriría» que regresara a Amador porque estaba haciendo demasiado calor o por un repentino rumor sobre la presencia de bandidos en la zona. No había discusión posible con cincuenta hombres armados. Al menos sin perder la dignidad. La primera vez que se le ocurrió objetar, Norowhin había estado en un tris de arrebatarle las riendas de su caballo. Ésa era la razón por la que no permitía a Tallanvor acompañarla en estas salidas a caballo. Ese necio joven era muy capaz de intentar hacer valer sus derechos y su honor aunque hubiera cien hombres contra él. Se pasaba las horas libres practicando esgrima como si se propusiera abrirle una vía a la libertad a golpes de espada.
Inesperadamente, un soplo de brisa le acarició la cara, y entonces cayó en la cuenta de que Laurain se había inclinado en su silla de montar para darle aire con un abanico de encaje blanco. Era una joven esbelta, de ojos oscuros y un poco juntos, que exhibía una perenne sonrisa afectada.
—Qué gratificante ha de resultar para vuestra majestad saber que vuestro hijo se ha integrado a las filas de los Hijos de la Luz y que además ha adquirido rango tan pronto.
—Eso era de esperar —intervino Altalin mientras se abanicaba su oronda cara—. El hijo de su majestad tenía que ascender rápidamente, como hace el sol en su esplendor. —Se regodeó con los murmullos elogiosos dedicados a su pésimo retruécano.
Morgase tuvo que hacer un gran esfuerzo para mantener el gesto impasible. Las noticias traídas por Niall el día anterior a última hora, en el transcurso de una de sus visitas por sorpresa, la habían conmocionado. ¡Galad un Capa Blanca! Por lo menos estaba a salvo, según Niall. Pero no podía visitarla; sus deberes como Hijo de la Luz lo mantenían lejos de Amador. Aunque podía estar segura de que formaría parte de su escolta cuando regresara a Andor a la cabeza de un ejército de Hijos.
No, Galad no estaba más a salvo que Elayne o Gawyn. Quizá menos. Quisiera la Luz que Elayne estuviese segura en la Torre Blanca. Quisiera la Luz que Gawyn estuviese vivo; Niall aseguraba que no sabía su paradero, pero que no estaba en Tar Valon. Galad era un cuchillo en su garganta. Niall no mostraría nunca la falta de tacto de sugerírselo, pero una simple orden suya destinaría a Galad allí donde a buen seguro moriría. La única baza a favor del joven era que Niall pensara que a ella no le importaba tanto su seguridad como la de Elayne o Gawyn.
—Me alegro por él si es lo que desea —respondió con indiferencia—. Pero es hijo de Taringail, no mío. Mi matrimonio con Taringail fue un asunto de Estado, ¿comprendéis? Es curioso, pero hace tanto tiempo que murió que apenas recuerdo sus rasgos. Galad es libre de hacer lo que guste. Es Gawyn quien se convertirá en Primer Príncipe de la Espada cuando Elayne me suceda en el Trono del León. —Despidió con un ademán a un sirviente que traía una copa sobre una bandeja—. Lo menos que Niall podía haber hecho es proporcionarnos un buen vino.
La respuesta a su comentario fueron unas risitas nerviosas. Había tenido cierto éxito en atraerlas un poco hacia ella, pero ninguna se sentía tranquila ante la más leve ofensa a Pedron Niall, considerando que podía llegar a sus oídos. Morgase aprovechaba cada oportunidad que se le presentaba para hacerlo delante de ellas. Eso las convencía de su arrojo, cosa importante si quería ganarse aunque sólo fuera una lealtad parcial. Y quizá más importante, al menos en lo que le concernía personalmente, es que la ayudaba a mantener la ilusión de que no era prisionera de Niall.
—Oí comentar que Rand al’Thor exhibe el Trono del León como un trofeo de caza.
Era Marande la que habló, una mujer guapa de rostro en forma de corazón, un poco mayor que las otras. Hermana del Cabeza Insigne de la casa Algoran, era poderosa por sí misma, quizá tanto como para resistirse a Ailron, pero no a Niall. Las otras tiraron de las riendas para dejarla que adelantara su castrado bayo y se acercara más a Morgase. De Marande no podía esperar conseguir ni lealtad ni amistad.
—Sí, eso oí —repuso Morgase con aire despreocupado—. El león no es una fiera fácil de cazar, y el Trono del León aun menos. En especial por un hombre. Siempre ha matado a los hombres que aspiraron a él.
—También oí —agregó Marande sonriendo— que entrega puestos importantes a hombres que pueden encauzar.
Aquello provocó ojeadas nerviosas entre las otras mujeres y un preocupado rumor. Una de las más jóvenes, Marewin, delgada y poco más que una chiquilla, se tambaleó en la silla de armazón alto como si fuera a desmayarse. La noticia de la amnistía de al’Thor había generado rumores aterradores; Morgase esperaba fervientemente que sólo fueran eso. Quisiera la Luz que no fueran más que rumores el que hombres capaces de encauzar se estaban agrupando en Caemlyn, de francachela en palacio, aterrorizando a la ciudad.
—Habéis oído muchas cosas —dijo Morgase—. ¿Es que os pasáis todo el tiempo escuchando tras las puertas?
La sonrisa de Marande se acentuó. No había podido resistir la presión de convertirse en miembro del séquito de Morgase, pero era lo bastante poderosa para manifestar su desagrado sin temor. Era como una espina clavada profundamente en el pie, imposible de sacar, que asestaba un pinchazo a cada paso.
—El placer de atender a vuestra majestad apenas me deja tiempo libre para escuchar en ningún sitio, pero procuro enterarme de cuantas noticias me es posible sobre Andor. Así puedo conversar con vuestra majestad. Oí que el falso Dragón confraterniza con nobles andoreños y trata con ellos a diario. Con lady Arymilla y lady Naean, con lord Jarin y lord Lir, y otros amigos suyos.
Uno de los halconeros alzó hacia Morgase un ave encapuchada, de lustroso plumaje gris y negras alas.
—No, gracias, por hoy ya basta de cetrería —respondió la reina, que a continuación levantó la voz—. Maese Gill, reunid a la escolta. Regreso a la ciudad.
Gill dio un respingo. Sabía muy bien que para lo único que estaba allí era para cabalgar tras ella, pero empezó a hacer gestos y a gritar órdenes a los Capas Blancas como si creyera que obedecerían. Por su parte, Morgase hizo volver grupas a su yegua negra de inmediato. Puso al animal sólo al paso, naturalmente, porque Norowhin habría caído sobre ella como un rayo si hubiese creído ver una posibilidad de que pretendía escapar.
De hecho, los Capas Blancas vestidos de paisano galoparon para situarse en formación de escolta antes de que la yegua hubiese dado diez pasos; y, antes de que hubiese llegado al borde del prado, Norowhin estaba a su altura, con una docena de hombres en vanguardia y el resto pisándoles los talones. Los sirvientes, los músicos y los halconeros se quedaron atrás para organizarse y seguirlos tan rápido como fuera posible.