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Rand tomó nota mentalmente de encargar a la señora Harfor, doncella primera de palacio, que encontrara suficientes uniformes para todos a fin de que los recién llegados no tuvieran que trabajar con sus mejores ropas. Los uniformes de palacio eran ciertamente prendas más finas de lo que la gente del campo habría esperado tener para los días festivos. El número de sirvientes era inferior al que había cuando Morgase regía el país, y muchos de los que vestían el uniforme rojo y blanco eran hombres y mujeres de pelo cano y espalda encorvada que vivían ya en el Alojamiento de los Jubilados. En lugar de huir como tantos otros habían hecho, habían preferido renunciar a su condición de retirados antes que ver el palacio cayendo en el abandono por falta de servidumbre. Rand tomó mentalmente una segunda nota: encargar a la señora Harfor —el de primera doncella era un título poco atractivo, aunque lo cierto es que Reene Harfor estaba a cargo de los asuntos cotidianos de palacio— que encontrara suficientes sirvientes para que estas personas mayores pudieran disfrutar de su merecido retiro. ¿Se les seguiría pagando la pensión habiendo muerto Morgase? Tendría que habérsele ocurrido antes; Halwin Norry, el jefe amanuense, lo sabría. Era como ser azotado hasta la muerte con plumas: todo le recordaba otra cosa que había que hacer. Los Atajos; eso no era una pluma ni mucho menos. Tenía la puerta que había allí, en Caemlyn, bajo vigilancia, así como las que existían cerca de Tear y de Cairhien, pero ni siquiera sabía exactamente cuántas más había.

Oh, sí, habría cambiado todas las reverencias e inclinaciones de cabeza, todas las guardias de honor, todas las consultas y las responsabilidades, toda la gente cuyas necesidades había que solventar, por aquellos días en los que sólo tenía que preocuparse de su propia subsistencia. Ni que decir tiene que en aquellos tiempos no le habrían permitido caminar por esos pasillos a menos que hubiera ido acompañado por otro tipo de guardia, una que lo habría vigilado para que no escamoteara algún cáliz de oro y plata de su hornacina de la pared o una talla de marfil de una mesa con incrustaciones de lapislázuli.

Al menos la voz de Lews Therin no estaba murmurando dentro de su cabeza aquella mañana. Al menos parecía que empezaba a dominar el truco mental que Taim le había enseñado. El sudor resbalaba por el rostro de Bashere, pero el calor apenas afectaba a Rand. Llevaba la chaqueta de seda gris, con bordados en plata, abotonada hasta el cuello, y aunque tenía un poco de calor no sudaba ni una gota. Taim le había asegurado que con el tiempo no sentiría siquiera un calor o un frío lo bastante intenso para dejar baldado a cualquier otro hombre. Era cuestión de distanciarse de uno mismo, de concentrarse interiormente, un poco como la preparación para abrazar el saidin. Qué curioso que estando tan próximo al Poder no tuviera nada que ver con él. ¿Harían lo mismo las Aes Sedai? Jamás había visto sudar a una de ellas. ¿Oh sí?

Inesperadamente rompió a reír. ¡Mira que estar divagando sobre si las Aes Sedai sudaban o no! Tal vez no estaba loco todavía, pero no haría mal papel como un necio con la cabeza llena de serrín.

—¿He dicho algo gracioso? —preguntó secamente Bashere mientras se atusaba el bigote con los nudillos. Algunas de las Doncellas lo observaron expectantes; estaban realizando un gran esfuerzo para entender el humor de las tierras húmedas.

Rand no sabía cómo era capaz Bashere de conservar la ecuanimidad. Esa misma mañana había llegado un rumor a palacio respecto a luchas en las Tierras Fronterizas, entre hombres de la frontera. Los cuentos de los viajeros brotaban como hierba tras la lluvia, pero éste había venido del norte, al parecer con mercaderes que habían llegado al menos hasta Tar Valon. Nadie decía exactamente dónde o quién, así que podía ser Saldaea como cualquier otro de los países norteños. Además, Bashere no había tenido noticias de allí desde que se había marchado meses atrás. No obstante, a juzgar por el efecto que el rumor había causado en él, habríase dicho que la noticia se refería a que el precio de los nabos había subido.

Claro que Rand tampoco sabía nada de cómo marchaban las cosas en Dos Ríos —aparte de vagos rumores sobre un levantamiento en alguna parte del oeste que afectaba a su pueblo; en los tiempos que corrían, aquello podría significar algo o nada— pero no era lo mismo. Él había abandonado Dos Ríos a su suerte. Las Aes Sedai tenían espías en todas partes, y no habría apostado ni una moneda de cobre respecto a que los Renegados no los tuvieran también. Al Dragón Renacido no le interesaba la suerte de la pequeña aldea donde había crecido Rand al’Thor; estaba por encima de eso. Si no lo hiciera así, entonces Campo de Emond se convertiría en un rehén para utilizarlo contra él. Con todo, no iba a buscarle tres pies al gato con tal de justificarse. Desentenderse era desentenderse, sin paliativos.

«Aunque encontrara un modo de escapar a mi destino, ¿me lo merecería?» Ése era un pensamiento suyo, no de Lews Therin.

Movió los hombros, que de repente parecían afectados por un dolor sordo, y respondió con un timbre ligero:

—Perdonad, Bashere. Se me acaba de ocurrir una idea chocante, pero os estaba escuchando. Decíais que Caemlyn está casi atestado. Que por cada hombre que huyó porque temía que fuera el falso Dragón, han venido dos porque no lo soy y no tienen miedo. ¿Veis?

Bashere gruñó, lo que podía significar cualquier cosa.

—¿Cuántos han venido por otras razones, al’Thor? —Bael era el hombre más alto que Rand había visto en su vida, su buen palmo más que el propio Rand, y hacía un contraste chocante con Bashere, que era más bajo que cualquiera de las Doncellas excepto Enaila. Las canas abundaban en el cabello rojizo oscuro de Bael, pero su enjuto rostro denotaba dureza y sus azules ojos eran penetrantes—. Tienes más enemigos que cien hombres juntos, e intentarán atacarte otra vez, ya verás. Incluso puede haber Seguidores de la Sombra entre ellos.

—Aunque no hubiese Amigos Siniestros —intervino Bashere—, el conflicto se cuece en la ciudad como el té que se deja hervir. A varias personas se las ha molido a golpes, obviamente por poner en duda que sois el Dragón Renacido, y a un pobre tipo lo sacaron a rastra de una taberna y lo ahorcaron de las vigas de un establo por haberse reído de vuestros milagros.

—¿Mis milagros? —repitió Rand con incredulidad.

Un viejo sirviente lleno de arrugas y con el pelo blanco, vestido con una librea que le sobraba por todas partes, y que llevaba un jarrón grande en las manos e intentó hacer una reverencia y apartarse al mismo tiempo, tropezó con sus propios pies y cayó cuan largo era. El jarrón verde pálido, de fina porcelana de los Marinos, voló por encima de su cabeza y rodó dando tumbos sobre las baldosas, girando y botando hasta que se detuvo, de pie, unos treinta pasos pasillo adelante. El anciano se incorporó con sorprendente agilidad y corrió a recoger el jarrón para, acto seguido, pasar las manos por su superficie, lanzando una exclamación de asombro y alivio al comprobar que no tenía ni el menor pequeño desconchón ni la más pequeña grieta. Otros sirvientes lo miraron fijamente, sin salir de su asombro, antes de recobrar la compostura y continuar apresuradamente con sus quehaceres. Evitaron mirar a Rand con tanto empeño que algunos olvidaron hacer una reverencia.

Bashere y Bael intercambiaron una mirada, y el general saldaenino resopló de tal modo que se levantó el bigote.

—Digamos entonces sucesos raros —manifestó—. Todos los días surge una historia como que un niño que se ha caído de cabeza a la calle desde una ventana doce metros más arriba y no se ha hecho ni un rasguño. O que una anciana se ha cruzado en el camino de dos docenas de caballos desbocados pero que, de algún modo, los animales no sólo no la han arrollado y pisoteado sino que ni siquiera la han rozado. Por lo visto, el otro día un tipo sacó cinco coronas veintidós veces seguidas con los dados, y eso también os lo achacan a vos. Por suerte para ese estafador.