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—Se dice —abundó Bael— que ayer un cesto con tejas cayó desde un tejado a la calle y que quedaron extendidas, intactas, formando el antiguo símbolo Aes Sedai. —Mientras pasaban ante él, echó una ojeada al anciano sirviente de pelo blanco, todavía boquiabierto y aferrando el jarrón contra su pecho—. Y no dudo que ocurriera así.

Rand soltó el aire lentamente. No habían mencionado los de la otra clase, claro está. Lo del hombre que tropezó en un escalón y se ahorcó al enganchársele el pañuelo del cuello al pestillo de la puerta. Lo de las pizarras arrancadas de un tejado por un ventarrón que volaron a través de una ventana abierta y una puerta interior y mataron a una mujer que estaba sentada a la mesa con su familia. El tipo de accidentes que podía ocurrir, pero muy de vez en cuando. Sólo que esas cosas no eran infrecuentes a su alrededor. Para bien o para mal, casi tan frecuentemente para mal como para bien, provocaba alteraciones en el azar meramente por encontrarse a pocos kilómetros. La respuesta a su anterior pregunta era no. Aunque desaparecieran los dragones de sus brazos y las garzas grabadas en sus palmas, todavía seguiría teniendo su sino marcado. En las Tierras Fronterizas existía un dicho: «La muerte es más liviana que una pluma, el deber más pesado que una montaña». Una vez que tenía la montaña cargada sobre los hombros, no había modo de soltarla. De todos modos, no había nadie más que pudiera llevarla a cuestas y no tenía sentido quejarse por algo que no se podía cambiar.

—¿Habéis dado con los hombres que llevaron a cabo el linchamiento? —inquirió con voz enérgica. Bashere sacudió la cabeza—. Entonces, encontradlos y arrestadlos por asesinato. Quiero que se ponga freno a esto. Ya. Dudar de mí no es ningún crimen.

Corría el rumor de que el Profeta sí lo consideraba de ese modo, pero él no podía hacer nada al respecto todavía. Ni siquiera sabía dónde estaba Masema, aparte de que era en Ghealdan o en Amadicia. Si es que no se había dirigido a algún otro lugar entretanto. Añadió otra nota más a las tomadas mentalmente: tenía que encontrar a ese hombre y refrenarlo de algún modo.

—¿Tenga las consecuencias que tenga? —preguntó Bashere—. Se rumorea que sois un falso Dragón que mató a Morgase con la ayuda de las Aes Sedai. Se supone que el pueblo ha de alzarse contra vos y vengar a su reina. Tal vez haya más de una persona haciendo correr ese rumor. No está claro.

El semblante de Rand se endureció. Podía vivir con lo primero —tenía que hacerlo; había demasiadas variaciones en lo sucedido para sofocar los comentarios por mucho que él lo negara— pero no toleraría la incitación a la rebelión. Andor no se iba a dividir por culpa de una guerra. Le entregaría a Elayne un país tan íntegro como había llegado a sus manos. Lo haría, si es que volvía a verla alguna vez.

—Descubrid quiénes lo empezaron —instó duramente—, y metedlos en prisión. —Luz ¿cómo descubrir quién había comenzado un rumor?—. Si buscan el perdón, que se lo pidan a Elayne. —Una joven criada que llevaba un tosco vestido marrón y que estaba limpiando el polvo a una bandeja de cristal tallado, reparó en su gesto y el recipiente cayó de sus manos repentinamente temblorosas y se hizo añicos. No siempre cambiaba el azar—. ¿Hay alguna noticia buena? No me vendría nada mal.

La joven se agachó para recoger los fragmentos de cristal, pero Sulin la miró de soslayo, sólo de soslayo, y la chica se incorporó como impulsada por un resorte, con los ojos desorbitados, y se aplastó contra un tapiz que representaba la cacería de un leopardo. Rand no lo entendía, pero algunas mujeres parecían tenerles más miedo a las Doncellas que a los varones Aiel. La muchacha miró a Bael como si esperara que él la protegiese, pero el jefe de clan ni siquiera pareció reparar en ella.

—Eso depende de lo que entendáis por buenas noticias. —Bashere se encogió de hombros—. Me he enterado de que Ellorien de la casa Traemane y Pelivar de la casa Coelan llegaron a la ciudad hace tres días o, mejor dicho, entraron a hurtadillas, y ninguno de los dos se ha acercado a la Ciudad Interior, que yo sepa. En la calle se comenta que Dyelin de la casa Taravin se encuentra en la campiña, cerca de aquí. Ninguno de ellos ha respondido a vuestra invitación. No he oído nada que relacione a ninguno de los tres con los rumores de antes.

Miró hacia Bael, que sacudió la cabeza.

—A nosotros nos llegan menos chismes que a ti, Davram Bashere. La gente de aquí habla con más libertad con otros habitantes de las tierras húmedas.

En cualquier caso eran buenas noticias. Ésas eran personas que Rand necesitaba. Si lo consideraban un falso Dragón, encontraría un modo de sortear eso. Si creían que había matado a Morgase… En fin, tanto mejor si permanecían leales a su recuerdo y a su linaje.

—Enviadles nuevas invitaciones a visitarme. Incluid el nombre de Dyelin. Puede que sepan dónde está.

—Si envío yo esa invitación —arguyó, dubitativo, Bashere—, quizá sólo sirva para recordarles que hay un ejército saldaenino en Andor.

Rand vaciló y después asintió, repentinamente sonriente.

—Pedidle a lady Arymilla que la lleve en persona. No me cabe la menor duda de que saltará ante la oportunidad de mostrarles cuán estrecha es su relación conmigo. Pero escribidla vos.

Las lecciones de Moraine sobre el Juego de las Casas volvían a serle útiles.

—No sé si es buena o mala noticia —dijo Bael—, pero los Escudos Rojos me han informado que dos Aes Sedai han alquilado habitaciones en una posada de la Ciudad Nueva. —Los Escudos Rojos habían estado ayudando a los hombres de Bashere a patrullar Caemlyn y ahora se encargaban de hacer el trabajo ellos. Bael sonrió al advertir la mueca de disgusto del saldaenino—. Oímos menos comentarios, Davram Bashere, pero quizás a veces vemos más.

—¿Alguna de ellas es nuestra amiga a la que le gustan los gatos? —preguntó Rand. Los chismes sobre la presencia de alguna Aes Sedai en la ciudad continuaban; a veces eran dos o tres o todo un grupo. Lo único que Bashere o Bael habían conseguido sacar en claro, sin embargo, eran hablillas de una Aes Sedai que curaba a perros y gatos, pero siempre eran noticias de segunda mano, relatadas por alguien que las había oído en una taberna o en el mercado.

—No lo creo —repuso Bael sacudiendo la cabeza—. Los Escudos Rojos dicen que estas dos parecen haber llegado por la noche.

Bashere parecía interesado; rara vez dejaba pasar la oportunidad de repetir que Rand necesitaba Aes Sedai. Por el contrario, Bael tenía el entrecejo fruncido, aunque tan ligeramente que nadie lo habría advertido salvo otro Aiel. Su pueblo era precavido en el trato con Aes Sedai, incluso reacio.

Aquellas pocas palabras daban mucho que pensar a Rand, y todas las conclusiones que sacaba conducían hacia él. Dos Aes Sedai tenían que tener una razón para ir a Caemlyn considerando que sus hermanas evitaban la ciudad desde su llegada; y esa razón sin duda tenía que ver con él. Incluso en los mejores tiempos, pocas personas viajaban de noche, y los que corrían ahora no eran precisamente los más seguros. Unas Aes Sedai llegando en plena noche probablemente intentaban no llamar la atención, y a buen seguro que la suya la que menos. Por otro lado, a lo mejor se dirigían con urgencia hacia otro lugar, lo cual apuntaba una misión encomendada por la Torre. Y, a fuer de ser sincero, no se le ocurría nada que en ese momento tuviera más importancia para la Torre que él. O puede que estuvieran de camino para unirse con las Aes Sedai que Egwene insistía en que iban a apoyarlo.

Fuera lo que fuese, quería descubrirlo. Sólo la Luz sabía qué se proponían las Aes Sedai —tanto las de la Torre como las que se escondían de Elaida—, pero tenía que enterarse. Había muchas y podían ser demasiado peligrosas para que no le interesara. ¿Cómo reaccionaría la Torre cuando Elaida se enterara de su amnistía? ¿Cómo reaccionaría cualquier Aes Sedai? ¿Se habrían enterado ya?