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También sobresalía otra clase de personas: las que deambulaban sin rumbo fijo, vestidas con chaquetas y vestidos arrugados, a menudo polvorientos y siempre mirándolo todo con los ojos muy abiertos, obviamente sin tener adónde ir y ni idea de qué hacer a continuación. Éstos habían llegado todo lo lejos que podían hacia lo que buscaban: Él. El Dragón Renacido. No tenía ni idea de qué iba a hacer con ellos, pero eran su responsabilidad de un modo u otro. Daba igual si él no les había pedido que echaran sus vidas por la borda, que no quisiera que lo hubiesen abandonado todo. Lo habían hecho. Por él. Y, si descubrían quién era, podrían arrollar a los Aiel y hacerlo pedazos en su afán por tocarlo simplemente.

Rozó con los dedos el angreal del hombrecillo gordo que llevaba en el bolsillo de la chaqueta. Una buena cosa, si llegaba el momento de tener que utilizar el Poder Único para protegerse contra la gente que había renunciado a todo por él. Ésa era la razón de que se aventurara tan poco por la ciudad. En fin, una de las razones. Tenía muchas cosas que hacer para perder el tiempo dando un paseo a caballo.

La posada a la que Bael lo condujo, en la zona oeste de la ciudad, se llamaba El Sabueso de Culain y era un edificio de tres plantas, techado con tejas rojas. En la sinuosa calle lateral, la multitud se apartó a ambos lados y volvió a juntarse alrededor del grupo de Rand cuando se detuvo. Rand volvió a tocar el angreal. Dos Aes Sedai; debería ser capaz de manejarlas a ambas sin tener que recurrir a eso. Entonces desmontó y entró en el establecimiento, aunque no antes, por supuesto, de que lo hicieran tres Doncellas y un par de Manos Cuchillo, todos ellos de puntillas y en un tris de cubrirse con los velos. Conseguiría antes que un gato cantara que convencerlos de no estar siempre tan alerta. Tras dejar a dos saldaeninos a cargo de los caballos, Bashere y el resto de sus hombres, junto con Bael, fueron en pos de él casi pisándole los talones, y a continuación el resto de los Aiel, excepto los que se quedaron fuera montando guardia. Lo que encontraron no era lo que Rand esperaba.

La sala común podría haber pertenecido a cualquiera de las otras cientos de posadas de Caemlyn, con grandes barriles de cerveza y vino alineados contra la pared enyesada; sobre ellos, otros barriletes más pequeños con brandy, y, en lo alto de todo, un gato gris rayado. Había dos chimeneas barridas y vacías, y tres o cuatro camareras con delantales moviéndose entre las mesas y bancos repartidos por el piso de madera, bajo el techo de vigas. El posadero, un tipo de cara redonda y tres papadas, con el delantal blanco ceñido alrededor del prominente vientre, se acercó presuroso mientras se secaba las manos y echaba ojeadas a los Aiel, sólo con un atisbo de nerviosismo. Caemlyn ya había comprobado que no pensaban saquear y prender fuego a todo cuanto estaba a la vista —convencer a los Aiel que Andor no era un país conquistado y que no podían tomar el quinto no había sido tarea fácil— pero eso no quería decir que los posaderos estuviesen acostumbrados a ver aparecer en su establecimiento a dos docenas a la vez.

El posadero centró su atención en Rand y en Bashere. En este último principalmente. Ambos eran hombres acaudalados a juzgar por sus atuendos, pero Bashere era el mayor por bastantes años y, en consecuencia, seguramente el más importante.

—Bienvenido, milores. ¿En qué os puedo servir? Tengo vinos de Murandy así como andoreños, brandy de…

Rand hizo caso omiso del hombre. Lo que distinguía esta sala común de otras cientos iguales eran los parroquianos. A esa hora del día habría esperado encontrar en ella uno o dos hombres, pero no había ninguno. En cambio, casi todas las mesas estaban ocupadas por mujeres jóvenes vestidas con ropas corrientes. A decir verdad, muchachas en su mayoría, que se giraron en los bancos, con las tazas en la mano, para mirar embobadas a los recién llegados. Más de una soltó una exclamación ahogada al reparar en la altura de Bael. No todas miraban a los Aiel, sin embargo; lo que hizo abrir mucho los ojos a Rand fue la docena más o menos que lo contemplaba boquiabierta a él. Las conocía. No muy bien, pero las conocía. Una en particular atrajo su atención.

—¿Bode? —preguntó con incredulidad.

La muchacha que lo miraba con ojos como platos —¿cuándo se había hecho lo bastante mayor para llevar trenzado el pelo?— era Bodewhin Cauthon, hermana de Mat. Y allí estaba la regordeta Hilde Barran, sentada al lado de la delgaducha Jerilin al’Caar, y la bonita Marisa Ahan, con las manos puestas en las mejillas, como hacía siempre que se sorprendía, y Emry Lewin, con su busto opulento. Y Elisa Marwin y Darea Candwin, y… Eran de Campo de Emond o de los alrededores. Tras echar una rápida ojeada a las otras mesas, Rand comprendió que las otras debían de ser también muchachas de Dos Ríos. La mayoría, en cualquier caso, ya que vio un rostro domani y uno o dos más que podrían ser de lejanas tierras, pero todos sus vestidos se podrían haber visto cualquier día en el Prado de Campo de Emond.

—En nombre de la Luz, ¿qué hacéis aquí? —preguntó.

—Vamos de camino a Tar Valon —logró responder Bode a pesar de estar boquiabierta. Lo único que tenía de parecido con Mat era aquel no sé qué de picardía en los ojos. Su asombro al verlo desapareció rápidamente y dio paso a una amplia sonrisa de maravilla y deleite—. Para hacernos Aes Sedai, como Egwene y Nynaeve.

—Lo mismo podríamos preguntarte a ti —intervino la esbelta Larine Ayellan mientras se colocaba la gruesa trenza sobre el hombro con estudiada indiferencia. Era la mayor de las chicas de Campo de Emond, aunque debía de tener sus buenos tres años menos que él, pero era la única aparte de Bode que llevaba trenzado el pelo. Siempre había tenido muy buena opinión de sí misma y era lo bastante bonita para que todos los chicos le hubiesen confirmado estar en lo cierto—. Lord Perrin apenas ha hablado de ti excepto para decir que estabas por ahí corriendo aventuras. Y llevando excelentes ropas, cosa que veo es cierta.

—¿Se encuentra bien Mat? —preguntó Bode con repentina ansiedad—. ¿Está contigo? Madre está preocupada por él. Ni siquiera se acordaba de cambiarse de calcetines si alguien no se lo decía.

—No —repuso lentamente Rand—, no está aquí. Pero se encuentra bien.

—No imaginábamos que te encontraríamos en Caemlyn —comentó Janacy Torfinn con su voz de tono agudo. No podía tener más de catorce años; era la más joven, al menos entre las chicas de Campo de Emond—. Apuesto que Verin Sedai y Alanna Sedai se sentirán complacidas. Siempre están preguntando qué sabemos de ti.

Las dos mujeres que había nombrado eran Aes Sedai. Conocía a Verin, una hermana Marrón, bastante bien, aunque no sabía qué pensar de ella. Eso, en cualquier caso, era lo menos importante. Estas muchachas eran de casa.

—Entonces ¿todo marcha bien en Dos Ríos? ¿Y en Campo de Emond? Por lo visto Perrin llegó allí sin novedad. ¡Eh, un momento! ¿Lord Perrin, habéis dicho?

Aquello fue como abrir un dique. El resto de las chicas de Dos Ríos estaban más interesadas en observar a los Aiel con largas miraditas de reojo, en especial a Bael, y unas cuantas echaban alguna que otra mirada a los saldaeninos, pero las jóvenes de Campo de Emond se apiñaron alrededor de Rand y todas trataron de hablar al mismo tiempo, mezclando cosas y contándolo todo al revés e intercalando preguntas acerca de Mat y de él, de Egwene y de Nynaeve, la mayoría de las cuales no habría podido contestar ni en una hora aunque le hubiesen dado ocasión de hacerlo.

Los trollocs habían invadido Dos Ríos, pero lord Perrin los había expulsado. Y continuaron con la gran batalla, hablando todas a la par de modo que resultaba difícil enterarse de detalles salvo que había habido una. Todo el mundo había combatido, naturalmente, pero había sido lord Perrin quien los había salvado a todos. Siempre «lord» Perrin; cada vez que Rand se refería a él simplemente como Perrin, lo corregían del modo mecánico con que lo habrían hecho si en lugar de decir «caballo» hubiese dicho «burro».