Alanna respondió a su reverencia inclinando ligeramente la cabeza, se recogió los vuelos de la falda y fue en pos de Verin como si se deslizara por el suelo en lugar de caminar. Empero, el problema estalló de inmediato. Los dos Guardianes hicieron intención de seguir a las Aes Sedai y, antes de que hubiesen dado un solo paso, un par de Sovin Nai de fría mirada se interpusieron en su camino, en tanto que los dedos de Sulin transmitían algo con el lenguaje de señas, de manera que Enaila y otra fornida Doncella llamada Dagendra se desplazaron en dirección a la puerta hacia la que se dirigían las Aes Sedai. Los saldaeninos miraron a Bashere, que les indicó con un gesto que se quedaran quietos, pero a su vez él miró a Rand, como preguntándole. Alanna soltó un ruido de enojo.
—Hablaremos a solas con él, Ihvon.
El esbelto Guardián frunció el entrecejo, pero después asintió lentamente.
Verin miró hacia atrás, con cierto aire de sobresalto, como si la hubiesen sacado repentinamente de profundas reflexiones.
—¿Qué? Oh, sí, por supuesto. Tomás, quédate aquí, por favor.
El canoso Guardián parecía vacilante y asestó a Rand una dura mirada antes de retroceder hacia la pared, junto a la puerta principal. Al menos, parecía distendido, si es que tal cosa podía decirse de un cable tenso. Sólo entonces se relajaron los Manos Cuchillo… hasta el punto en que los Aiel se relajaban, claro es.
—Quiero hablar a solas con ellas —dijo Rand, mirando directamente a Sulin. Por un instante pensó que la mujer iba a discutir su orden al advertir que tenía prietas las mandíbulas en un gesto de obstinación; finalmente, hubo un intercambio con el lenguaje de señas entre ella, Enaila y Dagendra, y estas dos retrocedieron, aunque mirándolo y sacudiendo la cabeza con desaprobación. Los dedos de Sulin se movieron de nuevo, y todas las Doncellas se echaron a reír. Rand deseó que hubiese algún modo de aprender ese lenguaje; Sulin se había escandalizado cuando le pidió que le enseñaran.
Entre las chicas de Dos Ríos se intercambiaron miradas confusas cuando Rand fue en pos de las Aes Sedai y cerró la puerta tras ellos; el murmullo subió de volumen. El comedor privado era un cuarto pequeño, pero con sillas enceradas en lugar de bancos, y candelabros de peltre tanto en la pulida mesa como sobre la repisa tallada de la chimenea. Las dos ventanas estaban cerradas, aunque ninguno de ellos hizo intención de abrirlas. Rand se preguntó si las Aes Sedai se habrían percatado de que el calor lo afectaba tan poco como a ellas.
—¿Las llevaréis con las rebeldes? —preguntó de inmediato.
Verin, con el ceño fruncido, se alisó la falda.
—Sabes bastante más sobre eso que nosotras.
—No nos enteramos de lo ocurrido en la Torre hasta que llegamos a Puente Blanco. —El tono de Alanna era frío, pero en sus ojos, prendidos en Rand, había un brillo ardiente—. ¿Qué sabes sobre las… rebeldes? —Esta última palabra la pronunció con infinito desagrado.
Así que habían oído los rumores en Puente Blanco y a continuación habían apresurado la marcha hasta allí sin decirles nada a las chicas. Y, a juzgar por la reacción de Bode y las demás, la decisión de no ir a Tar Valon era reciente. Aparentemente, habían tenido confirmación de los hechos esa misma mañana.
—Supongo que no querréis decirme quién es vuestra informadora en Caemlyn.
Se limitaron a mirarlo; Verin ladeó la cabeza para estudiarlo. Curioso lo inquietantes que le parecían en otro tiempo las miradas de las Aes Sedai, tan enteradas y serenas ocurriera lo que ocurriese. Tener clavada en él la mirada de una Aes Sedai, o incluso de dos, ya no hacía que se le encogiera el estómago. «Orgullo», rió dementemente Lews Therin, y Rand tuvo que reprimir una mueca.
—Me han dicho que existen las rebeldes —empezó—. Y vosotras no habéis negado saber dónde están. No es mi intención causarles ningún daño, todo lo contrario. Tengo razones para pensar que podrían apoyarme. —No confesó la verdadera razón por la que quería saberlo. Quizá Bashere estuviera en lo cierto; quizá necesitara el respaldo de las Aes Sedai. Pero principalmente quería saberlo porque le habían dicho que Elayne se encontraba con ellas. Necesitaba a la joven para ganarse Andor pacíficamente. Eso era lo único que lo movía a buscarla. Lo único. Era tan peligroso para ella como para Aviendha—. Por amor de la Luz, si lo sabéis, decídmelo.
—Si lo supiéramos —repuso Alanna—, no tendríamos derecho a decírselo a nadie. Si deciden apoyarte, puedes estar seguro de que te buscarán.
—Cuando ellas lo decidan —abundó Verin—, no tú.
Rand sonrió sombríamente. Debería haber sabido que no podía esperar de ellas otra cosa. Tenía grabada en la mente la recomendación de Moraine el día que murió: no confiar en ninguna mujer que llevara el chal.
—¿Está Mat contigo? —quiso saber Alanna, como si realmente se le acabara de ocurrir.
—Si supiera dónde está, ¿por qué razón habría de decíroslo? ¿Una pregunta por turno?
A las mujeres no pareció hacerles gracia.
—Es absurdo tratarnos como a enemigas —murmuró Alanna mientras se acercaba a él—. Pareces agotado. ¿Estás descansando lo suficiente? —Se detuvo cuando él retrocedió ante su mano levantada—. Igual que tú, Rand, no es mi intención hacer daño. Nada de lo que haga aquí te causará ninguna herida.
Puesto que lo había dicho directamente debía ser así. Asintió, y ella alzó la mano hacia su cabeza. Sintió un ligero cosquilleo en la piel cuando la mujer abrazó el saidar, y una conocida oleada de calor le recorrió el cuerpo, la comprobación de su estado de salud.
Alanna asintió con satisfacción. Y, de repente, la sensación cálida se tornó en ardiente calor, un relampagueante fogonazo, como si durante un instante se hubiese encontrado en el interior de un horno. Aun después de que pasara, se sintió extraño, con una aguda percepción de sí mismo como nunca había experimentado antes, y percibiendo a Alanna con igual intensidad. Se tambaleó, mareado, notando los músculos fláccidos. Le llegó un lejano eco de confusión e intranquilidad procedente de Lews Therin.
—¿Qué habéis hecho? —demandó. Embargado por la furia entró en contacto con el saidin, cuya fuerza lo ayudó a mantenerse erguido—. ¿Qué habéis hecho?
Algo golpeó contra el flujo que lo conectaba con la Fuente Verdadera. ¡Estaban intentando aislarlo! Tejió sus propios escudos y los situó violentamente alrededor de las dos mujeres. En verdad había llegado muy lejos y había aprendido mucho desde que Verin lo había visto por última vez. La hermana Marrón trastabilló y apoyó una mano en la mesa para sostenerse, y Alanna gruñó como si le hubiese asestado un puñetazo.
—¿Qué me habéis hecho? —Aun encontrándose en lo más profundo del frío e impasible vacío, su voz le sonó ronca—. ¡Decídmelo! Yo no hice promesas de no haceros daño a vosotras. Si no me lo decís…
—Te ha vinculado —se apresuró a contestar Verin; pero, aunque durante un momento había perdido su habitual serenidad, volvió a envolverse en ella un instante después—. Te ha vinculado como uno de sus Guardianes. Eso es todo.
Alanna recobró la compostura aun más deprisa. Todavía aislada por el escudo, lo miró a la cara sosegadamente, cruzada de brazos y con un atisbo de satisfacción en los ojos. ¡Satisfacción!
—Dije que no te heriría, y lo que he hecho es exactamente lo contrario a herir.
Respirando con inhalaciones lentas y profundas, Rand trató de serenarse. Se había metido en la trampa como un corderito. La ira bramaba en el exterior del vacío. Calma. Debía tener calma. Uno de sus Guardianes. Entonces, era una Verde; aunque eso daba lo mismo. Sabía muy poco sobre los Guardianes, y ciertamente nada de cómo romper el vínculo, si es que podía romperse. Lo único que percibía de Lews Therin era una sensación de estupor conmocionado. No por primera vez, Rand deseó que Lan no se hubiera marchado a galope después de la muerte de Moraine.