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—Dijisteis que no ibais a Tar Valon. En ese caso, y puesto que aparentemente no sabéis dónde están las rebeldes, podéis quedaros en Caemlyn. —Alanna abrió la boca, pero él se le adelantó—. ¡Y dad gracias si decido no atar esos escudos y dejaros así! —Aquello captó su atención. Verin apretó la boca, y los ojos de Alanna remedaron a la perfección el horno en el que se había sentido—. Os mantendréis alejadas de mí, sin embargo. Las dos. A menos que os mande llamar, la Ciudad Interior está cerrada para vosotras. Intentad quebrantar esa orden y entonces sí que os dejaré aisladas por los escudos, y además dentro de una prisión. ¿Queda claro?

—Perfectamente. —A despecho del fuego que había en sus ojos, la voz de Alanna sonó fría.

Verin se limitó a asentir con la cabeza.

Rand abrió violentamente la puerta y se paró en seco. Había olvidado a las chicas de Dos Ríos. Algunas estaban hablando con las Doncellas, otras simplemente observándolas y susurrando entre sorbo y sorbo de té. Bode y un puñado de muchachas de Campo de Emond estaban interrogando a Bashere, que tenía una jarra de peltre en la mano y un pie apoyado en el asiento de un banco. Las chicas parecían entre divertidas y estupefactas. El golpazo de la puerta al abrirse hizo que giraran las cabezas hacia allí.

—Rand —exclamó Bode—, este hombre está diciendo cosas horribles de ti.

—Asegura que eres el Dragón Renacido —barbotó Larine. Por lo visto, el resto de las muchachas no lo había oído y ahora se quedaron boquiabiertas.

—Lo soy —repuso Rand con cautela.

Larine resopló y se cruzó de brazos.

—Tan pronto como vi esa chaqueta supe que te habías vuelto un engreído, después de escaparte con una Aes Sedai de aquel modo. Lo supe antes de que hablaras con tan poco respeto a Alanna Sedai y a Verin Sedai. Pero lo que no sabía es que te hubiesen vuelto un completo estúpido.

La risa de Bode sonó más consternada que divertida.

—No deberías decir esas cosas ni de broma, Rand. Tam te educó mejor de lo que tu comportamiento da a entender. Eres Rand al’Thor. Y deja ya esas tonterías.

Rand al’Thor. Ése era su nombre, pero en realidad no sabía quién era. Tam al’Thor lo había criado, pero su padre había sido un jefe Aiel, muerto largo tiempo atrás. Su madre fue una Doncella, pero no era Aiel. Eso era todo lo que sabía respecto a quién era.

El saidin lo henchía todavía. Suavemente, envolvió a Bode y a Larine en flujos de Aire y las levantó hasta que sus pies quedaron colgando a un palmo del suelo.

—Soy el Dragón Renacido. Negarlo no cambiará ese hecho. Desearlo tampoco lo cambiará. Ya no soy el hombre que conocíais en Campo de Emond. ¿Lo entendéis ahora? ¿Lo entendéis?

Se dio cuenta de que estaba gritando y cerró la boca de golpe. Sentía el estómago como si fuera de plomo, y estaba temblando. ¿Por qué había hecho eso Alanna? ¿Qué maquinación Aes Sedai se escondía tras aquel bonito rostro? Moraine le había dicho que no confiara en ninguna de ellas.

Una mano se posó en su brazo, y Rand giró bruscamente la cabeza hacia ese lado.

—Por favor, bájalas —dijo Alanna—. Por favor. Están asustadas.

Estaban más que asustadas. Larine se había quedado lívida y abría la boca hasta donde le era posible como si quisiera gritar y hubiese olvidado cómo hacerlo. Bode sollozaba tan desconsoladamente que temblaba. No eran las únicas. El resto de las muchachas de Dos Ríos se habían arremolinado lo más lejos que podían de él y la mayoría también lloraba. Las camareras estaban igualmente en aquel apretado grupo, sollozando con tantas ganas como la que más. El posadero había caído de rodillas en el suelo, con los ojos casi en blanco y haciendo ruidos incomprensibles.

Rand bajó suavemente a las dos muchachas y cortó el contacto con el saidin.

—Lo lamento. No quería asustaros. —Tan pronto como pudieron moverse, Bode y Larine corrieron a reunirse con las demás chicas, ceñidas en un abrazo—. Bode, Larine, lo siento. No os haré daño, lo prometo.

No lo miraron. Ninguna de ellas lo hizo. Sulin sí que lo miraba, al igual que las otras Doncellas, con gesto impasible y desaprobación en los ojos.

—Lo hecho, hecho está —intervino Bashere mientras soltaba la jarra—. ¿Quién sabe? Quizás haya sido mejor así.

Rand asintió con lentitud. Sí, probablemente lo era. Mejor que quisieran mantenerse alejadas de él. Mejor para ellas. Sólo que ojalá hubiese podido charlar un rato más sobre las cosas de casa. Un rato más con ellas viéndolo sólo como Rand al’Thor. Las rodillas le temblaban todavía por la vinculación, pero una vez que echó a andar no se detuvo hasta encontrarse a lomos de Jeade’en. Mejor que le tuvieran miedo. Mejor que se olvidara de Dos Ríos. Se preguntó si esa montaña cargada en sus hombros se tornaría alguna vez un poco más ligera durante un tiempo o sólo seguiría haciéndose más y más pesada.

11

Lecciones y maestros

Tan pronto como Rand salió por la puerta, Verin soltó el aire que había estado conteniendo. Una vez le había dicho a Siuan y a Moraine lo peligroso que era. Ninguna le había hecho caso y ahora, al cabo de poco más de un año, Siuan estaba neutralizada y quizá muerta, en tanto que Moraine… Las calles estaban llenas de rumores sobre el Dragón Renacido en el Palacio Real, la mayoría de ellos imposibles de creer, y ninguno verosímil que se refiriera a una Aes Sedai. Tal vez Moraine lo habría dejado creer que hacía las cosas a su modo, pero nunca habría permitido que se alejara de ella, en especial cuando estaba alcanzando tanto poder. ¿Se habría revuelto Rand contra ella con más violencia de lo que acababa de hacer con ellas? Había madurado desde la última vez que lo había visto; su rostro mostraba la tensión de una lucha continua. La Luz sabía que tenía razones de sobra para ello, pero ¿no sería también una lucha contra la locura?

Así pues, Moraine muerta, Siuan muerta, la Torre dividida y Rand posiblemente al borde de la locura. Verin chasqueó la lengua con irritación. Si uno corría riesgos, a veces le pasaban factura cuando menos lo esperaba y en el modo que menos imaginaba. Casi setenta años de cuidadoso trabajo por su parte, y ahora todo podía irse al traste por culpa de un joven. Aun así, había vivido demasiado tiempo, había soportado muchas cosas para permitirse caer en el desánimo. «Lo primero es lo primero; hay que ocuparse de lo que se puede hacer ahora en vez de preocuparse en exceso por lo que puede que nunca llegue a ser». Esa lección se la habían enseñado a la fuerza, pero la había aprendido a pies juntillas.

Y lo primero era tranquilizar a las muchachas, que seguían apiñadas como un hato de ovejas, sollozando y abrazadas unas a otras, ocultando las caras. Lo entendía muy bien; aunque no era la primera vez que se encontraba ante un hombre capaz de encauzar, y mucho menos ante el mismísimo Dragón Renacido, sentía el estómago revuelto como si estuviese en un barco en plena mar. Empezó diciéndoles palabras reconfortantes, dando palmaditas en un hombro aquí, acariciando el cabello allí, tratando de dar a su voz un tono maternal. Tras convencerlas de que Rand se había marchado —lo que significaba conseguir que algunas abrieran los ojos— le llevó bastante rato lograr imponer cierta calma. Finalmente los lloros cesaron. Pero Janacy siguió pidiendo con un timbre agudo que alguien le dijera que Rand había mentido, que todo había sido un truco, en tanto que Bodewhin clamaba con una voz igualmente aguda que se encontrara a su hermano y lo rescataran —Verin habría dado mucho por saber dónde se hallaba el joven— y Larine manifestaba entre lloriqueos que tenían que marcharse de Caemlyn inmediatamente, sin perder un instante.

Verin se llevó aparte a una de las camareras, una mujer de rostro vulgar y al menos veinte años mayor que cualquiera de las muchachas de Dos Ríos; tenía los ojos muy abiertos, y se limpiaba las lágrimas con el delantal, sin dejar de temblar. Verin le preguntó su nombre y a continuación le pidió: