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—Tráenos té recién hecho, Azril, caliente y con mucha miel, y ponle un poco de brandy. —Al considerar el estado de las muchachas, añadió—: Mejor echa un buen chorro en cada taza. —Eso ayudaría a tranquilizarles los nervios—. Y tú y las otras camareras tomaos también una taza.

Azril sorbió, parpadeó y se limpió la cara, pero respondió con una reverencia; que le encargaran una tarea habitual consiguió frenar el flujo de lágrimas, ya que no borrar su miedo.

—Sírveselo en sus habitaciones —instruyó Alanna, y Verin convino asintiendo con la cabeza. Un rato de sueño haría maravillas. Hacía sólo unas pocas horas que se habían levantado, pero el brandy, sumado a las fatigas del duro viaje, sería un buen remedio para dormir.

La orden ocasionó un revuelo.

—No podemos escondernos aquí —logró protestar Larine entre hipidos y sorbidos de nariz—. ¡Tenemos que irnos! ¡Ahora! ¡Nos matará!

Las mejillas de Bodewhin brillaban con las lágrimas, pero en su rostro había una expresión decidida. La testarudez propia de la gente de Dos Ríos iba a causar problemas a más de una de estas chicas.

—Tenemos que encontrar a Mat. No podemos dejarlo con… Con un hombre que… ¡No podemos! ¡Aunque sea Rand, no podemos, simplemente!

—Pues yo quiero ver Caemlyn —adujo con voz chillona Janacy, aunque todavía estaba temblando.

Las demás se unieron de inmediato a las tres primeras; unas pocas respaldaron a Janacy a despecho de su miedo, pero la mayoría se decantó categóricamente a favor de la marcha inmediata. Una de las chicas de Colina del Vigía, una guapa jovencita llamada Elle, con el cabello claro en contraste con lo que era habitual en Dos Ríos, empezó a llorar de nuevo a lágrima viva.

Verin tuvo que hacer un alarde de autocontrol para no abofetearlas a todas. Las más jóvenes tenían excusa, pero en el caso de Larine, Elle y las otras, con su cabello trenzado, se suponía que eran ya mujeres. A la mayoría no las había tocado, y ya no había peligro. Por otro lado, todas estaban cansadas, la visita de Rand había sido una fuerte impresión y seguramente tendrían que hacer frente a muchas otras en un futuro inmediato, así que refrenó su exasperación.

Alanna no. Incluso entre las Verdes se la conocía por su genio vivo, y últimamente ese rasgo se le había agudizado.

—Os iréis a vuestros cuartos ahora —ordenó fríamente, pero lo único frío en ella era su voz.

Verin suspiró mientras la otra Aes Sedai urdía Aire y Fuego con Ilusión. La sala se llenó de exclamaciones ahogadas y los ojos desorbitados parecieron a punto de salirse de las órbitas. No había necesidad real de hacer algo así, pero por costumbre no se veía con buenos ojos la injerencia en la actuación de otra Aes Sedai; además, a decir verdad, el brusco cese de los sollozos de Elle fue un gran alivio para Verin. Tampoco ella tenía los nervios muy bien. Al carecer de entrenamiento, las jóvenes no podían ver los flujos, por supuesto; para ellas era como si Alanna estuviese volviéndose más y más alta con cada palabra, y su voz crecía a la par, sin cambiar el tono pero haciéndose más intenso para estar en consonancia con su aparente tamaño.

—Vais a ser novicias, y la primera lección que una novicia debe aprender es obedecer a las Aes Sedai. De inmediato. Sin protestas ni evasivas. —Alanna se encontraba en medio de la sala (sin cambiar a los ojos de Verin, al menos), pero merced a la Ilusión su cabeza tocaba las vigas del techo—. ¡Y ahora, moveos! La que no esté en su cuarto cuando haya contado cinco va a lamentarlo hasta el día que muera. Uno, dos…

Antes de que hubiese llegado a contar tres se produjo una precipitada desbandada hacia la escalera que había en la parte posterior de la sala; fue un milagro que ninguna de las chicas acabara pisoteada por sus compañeras.

Alanna no se molestó en pasar del cuatro. Mientras la última chica de Dos Ríos desaparecía en el piso superior, soltó el saidar, la Ilusión se desvaneció y la Aes Sedai hizo un breve y seco cabeceo de satisfacción. Verin supuso que habría que engatusar a las jóvenes para lograr que asomaran la nariz fuera de sus cuartos ahora. Quizás era mejor así. Tal y como estaban las cosas, no quería que a ninguna se le ocurriera escabullirse para ir a ver Caemlyn, y tener que ir a rescatarla.

Claro que la exhibición de Alanna también había tenido efectos en otros. Fue necesario convencer con buenas palabras a las camareras para que salieran de debajo de las mesas, donde se habían escondido, y a la que sufrió un vahído mientras intentaba llegar gateando a la cocina hubo que ayudarla a ponerse de pie. No hacían ningún ruido; sólo temblaban como hojas en un vendaval. Verin tuvo que darles a todas un empujoncito para que se pusieran en movimiento y repetir las órdenes sobre el té y el brandy tres veces antes de que Azril dejara de mirarla de hito en hito como si esperara que le creciera otra cabeza en cualquier momento. El posadero estaba completamente boquiabierto y sus ojos parecían a punto de salirse de las órbitas. Verin miró a Tomás y le hizo un gesto señalando al tambaleante tipo.

El Guardián puso mala cara —siempre lo hacía cuando le pedía ocuparse de asuntos triviales, pero rara vez discutía sus órdenes—; después rodeó los hombros del posadero con su brazo y le sugirió en tono jovial que compartieran unas copas del mejor vino de la posada. Un buen tipo, Tomás, y muy hábil en situaciones inesperadas. Ihvon se había sentado en un banco, con la espalda recostada en la pared y los pies plantados en una mesa, ingeniándoselas para no perder de vista la puerta principal ni a Alanna. Se había mostrado muy solícito con ella desde que Owein, el otro Guardián, había muerto en Dos Ríos; y, denotando una gran prudencia, se había vuelto más cauteloso hacia el temperamento de la Aes Sedai, aunque por lo general la mujer controlaba mejor el genio de lo que había hecho ese día. La propia Alanna no mostró ningún interés en arreglar el alboroto que había ocasionado. Se quedó plantada en medio de la sala, mirando al vacío, cruzada de brazos. Para cualquiera que no fuese Aes Sedai probablemente habría parecido la personificación de la serenidad; pero, a los ojos de Verin, Alanna era una mujer a punto de estallar.

—Tenemos que hablar —le dijo.

Alanna la miró con ojos inescrutables y después, sin decir palabra, se encaminó al comedor privado. A su espalda, Verin oyó decir a maese Dilham con voz temblorosa:

—¿Creéis que podría decir que el Dragón Renacido es parroquiano de mi posada? Al fin y al cabo, entró en ella.

Verin esbozó una breve sonrisa; al menos el hombre se estaba recuperando. El gesto se desvaneció en su rostro cuando cerró la puerta, dejando aisladas a Alanna y a ella dentro del comedor.

Alanna se había puesto a pasear de un lado a otro de la pequeña habitación, y la seda de la falda pantalón emitía sonidos siseantes, como espadas saliendo de la vaina. No había serenidad alguna en su rostro ahora.

—¡Ese insolente! ¡Ese desfachatado! ¡Reteniéndonos! ¡Restringiendo dónde podemos ir!

Verin la observó unos segundos antes de hablar. Le había costado diez años superar la muerte de Balinor y vincular a Ihvon. Alanna había tenido los sentimientos en carne viva desde que Owein había muerto y los había contenido demasiado tiempo sin darles rienda suelta. Los esporádicos ataques de llanto que se había permitido desde que habían salido de Dos Ríos no eran desahogo suficiente.

—Supongo que puede impedirnos entrar en la Ciudad Interior con guardias en las puertas, pero realmente no puede retenernos en Caemlyn.

Aquello la hizo ganarse la mirada furibunda que el comentario merecía. Podían marcharse sin apenas dificultad —por mucho que Rand hubiese aprendido, no era muy probable que se las hubiese ingeniado para descubrir cómo levantar salvaguardas— pero eso significaría renunciar a las muchachas de Dos Ríos. Ninguna Aes Sedai había encontrado un tesoro oculto así desde… Verin no sabía desde hacía cuánto tiempo. Quizá desde la Guerra de los Trollocs. Aunque a las jóvenes de dieciocho años —el límite de edad que habían establecido— a menudo les resultaba duro aceptar las normas estrictas y las críticas que conllevaba el noviciado, con que sólo hubiesen ampliado el límite en cinco años, Alanna y ella habrían conseguido el doble de candidatas, si no más. Cinco de estas chicas —¡cinco!— tenía el don innato, incluidas la hermana de Mat, Elle y la joven Janacy; acabarían encauzando tanto si alguien las instruía como si no, y serían muy fuertes. Y se habían dejado a otras dos para recogerlas al cabo de un año más o menos, cuando fueran lo bastante mayores para abandonar sus casas. Ese plazo era suficientemente seguro; una chica con la habilidad innata rara vez la manifestaba antes de los quince años sin entrenamiento. Las demás mostraban una prometedora capacidad de aprender; todas ellas. Dos Ríos era un filón de oro puro.