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– Está bien, Rob. Si haces esto por mí te llevaremos en un avión de vuelta a casa justo a continuación. En business, ¿de acuerdo?

– Gracias.

– En The Times nos gusta cuidar de nuestros colaboradores. Pero necesitaré algo de tu parte mientras tanto.

– ¿Como qué?

– Pásame la historia básica de las piedras. Necesito una copia para el jueves. Pero meteré en ella un pequeño avance, una pista de que hay más. Podemos hacer una serie. De nuestro hombre de la Edad de Piedra. Con los demonios del desierto.

Rob se rió sin pretenderlo. Steve siempre tenía la virtud de ponerle de buen humor con su cinismo de periodista británico y su humor despiadado.

– Hasta luego, Steve.

Volvió a meterse el teléfono en el bolsillo sintiéndose mucho mejor. Tenía un trabajo que hacer, una historia que escribir, una pista que investigar. Y después podría ir a ver a su hija.

Dejando la tranquilidad del parque, Rob se introdujo en las calles kurdas, donde los taxistas se gritaban unos a otros y un hombre tiraba de un burro que, a su vez, tiraba de un carro lleno de sandías hasta arriba. Había tanto ajetreo y ruido que Rob apenas pudo oír su teléfono. Pero sintió la vibración.

– ¿Sí?

– ¿Robert?

Christine. Se detuvo en mitad de la polvorienta acera. Pobre Chris tine. Había tenido que llevar a Franz al hospital. No dejó que nadie más lo hiciera. Rob había visto la sangre por todo el coche, la sangre del amigo de Christine. Espantosa y escalofriante.

– ¿Estás bien? ¿Christine?

– Sí, sí, gracias. Estoy bien…

No parecía estarlo. Rob trató de entablar una agradable conversación; no sabía qué podía hacer. Christine no mostró interés. Su forma de hablar era entrecortada, como si estuviera reprimiendo la emoción.

– ¿Sigue en pie tu vuelo de esta noche?

– No -dijo Rob-. Tengo que escribir más cosas. Seguiré aquí, por lo menos, una semana o dos más.

– Bien. ¿Podemos vernos? ¿En el caravasar?

Rob estaba perplejo.

– De acuerdo, pero…

– ¿Ahora?

Aún confuso, Rob aceptó. La comunicación se cortó. Girando a la izquierda, volvió a subir la cuesta a grandes zancadas, justo al interior del bullicioso mercado cubierto.

El zoco era un mercado clásico árabe, de los que desaparecieron rápidamente de Oriente Medio. Lleno de lúgubres callejones, herreros mugrientos, vendedores de alfombras que le hacían señas para que se acercara y entradas a diminutas mezquitas. La brillante luz del sol se filtraba a través de los agujeros del techo ondulado. En los rincones oscuros y antiguos, los afiladores de cuchillos lanzaban chispas doradas al aire inundado de olor a especias. Y allí, en mitad de todo aquello, había un antiguo caravasar de verdad, un patio fresco y espacioso con mesas de café y preciosas arcadas de piedras. Un lugar para el comercio y el cotilleo, un lugar en el que los comerciantes regateaban por la seda y los hombres habían desposado a sus hijos durante mil años.

Entró en la animada plaza al aire libre y examinó las diferentes mesas y grupos de personas. No fue difícil localizar a Christine. Era la única mujer.

Su rostro estaba demacrado. Se sentó frente a ella, que le miraba fijamente a los ojos, como si buscara algo. Rob no tenía ni idea de qué era. Permanecía callada; la situación le resultó embarazosa.

– Escucha, Christine, yo… siento mucho lo de Franz. Sé que erais muy amigos y…

– Por favor. No. -Christine miraba hacia abajo conteniendo las lágrimas, el enfado o lo que fuera-. Ya basta. Eres muy amable. Pero ya es suficiente. -Volvió a levantar la mirada y Rob fue incómodamente consciente del color marrón topacio de sus ojos. Profundos y lánguidos. Hermosos y llenos de lágrimas. Ella tosió para aclararse la garganta. Entonces dijo-: Creo que Franz fue asesinado.

– ¿Cómo?

– Yo estaba allí, Rob. Lo vi. Hubo una discusión.

El palmoteo producido por las palomas cuando echaron a volar invadió el caravasar. Los hombres daban sorbos a sus cafés sentados sobre alfombrillas de color bermellón. Rob volvió a mirar a Christine.

– Discutir no quiere decir asesinar.

– Lo vi, Rob. Lo empujaron.

– Dios mío.

– Exacto. Y no fue un accidente. Lo empujaron deliberadamente hacia ese poste.

Rob frunció el ceño.

– ¿Has ido a la policía?

Christine movió la mano rechazando la idea, como si fuera una mosca que la molestara.

– Sí. No quieren saber nada.

– ¿Estás segura?

– Prácticamente me echaron de la comisaría. Una simple mujer.

– Gilipollas.

– Puede ser. -Christine forzó una sonrisa-. Pero para ellos también resulta difícil. Los trabajadores son kurdos, la policía es turca. La política está imposible. Y ayer hubo un atentado en Dyarbakir.

– Lo vi en las noticias.

– Así que -continuó Christine-, ir a arrestar a un grupo de kurdos por asesinato… no es una cuestión sencilla ahora mismo. Dios mío…-Inclinó la cabeza sobre sus brazos cruzados.

Rob se preguntó si iba a llorar. Detrás de ella se elevaba un minarete por encima de la galería del caravasar. Tenía grandes altavoces negros en la parte superior pero, por ahora, guardaban silencio.

Christine se recuperó y volvió a incorporarse.

– Quiero saber, quiero… investigar.

– ¿A qué te refieres?

– Quiero saberlo todo. ¿Por qué excavaba por las noches, por qué querían matarlo. Franz era mi amigo. Así que quiero saber por qué murió. ¿Vienes conmigo? Quiero ir a Gobekli y ver las notas de Franz, su material, los trabajos…

– Pero seguro que se han llevado todo eso. La policía turca.

– Mantenía muchas cosas en secreto -dijo Christine-. Pero yo sé dónde las guardaba. En un pequeño armario dentro de su cabina del yacimiento. -Ella se inclinó hacia delante, como si confesara algo-: Rob, tenemos que entrar allí y robarlas.

13

El vuelo a la isla de Man a través del mar de Irlanda fue movido pero corto. En el aeropuerto de Ronaldsway, Forrester y Boijer fueron recibidos en la sala de llegadas por el subcomisario de la policía y un sargento uniformado. Forrester sonrió y les estrechó la mano. Los cuatro agentes hicieron las presentaciones. El subcomisario se llamaba Hayden.

Salieron al aparcamiento. Forrester y Boijer se miraron y compartieron una breve y cómplice mirada ante la visión del extraño casco blanco del sargento de Man. Muy diferente a los de la isla principal.

Forrester ya conocía el estatus especial de la isla de Man. Como colonia de la corona, con su propio parlamento, su propia bandera, un legado de antiguas tradiciones vikingas y su propio cuerpo de policía, Man no formaba parte oficialmente del Reino Unido. Habían abolido el castigo de los azotes tan sólo unos años antes. El agente especial de inteligencia de Forrester le había informado al detalle en Londres sobre los protocolos poco usuales que implicaba la visita a la isla.

Hacía frío en el aparcamiento y el ambiente estaba algo lluvioso; los cuatro hombres caminaron con determinación hasta el gran coche de Hayden. En silencio, pasaron a toda velocidad por las tierras de cultivo de las afueras de la capital, Douglas, en la costa occidental. Forrester bajó su ventanilla y miró hacia fuera tratando de obtener una primera impresión del lugar: una sensación del entorno donde se encontraba.

Las verdes y exuberantes tierras de cultivo, los lluviosos bosques de roble y las diminutas capillas grises tenían una apariencia muy británica y celta. Del mismo modo, a medida que se acercaban a Douglas, las casas apiñadas a lo largo de la costa y los más ostentosos edificios de oficinas le recordaron a Forrester a las Hébridas escocesas. El único indicio de que no estaban en el mismo Reino Unido era la bandera de Man; el símbolo de un hombre de tres piernas sobre un fondo rojo brillante que ondeaba entre el húmedo viento sobre varios edificios.