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Al parecer, sabían mucho.

Forrester volvió a levantar el cuello hacia la fría llovizna.

14

Estaba oscureciendo cuando subieron al Land Rover de Christine. Hora punta. Unos cuantos cientos de metros después el coche se había detenido por completo. Atrapado en aquel tráfico colapsado.

Christine se recostó en su asiento y suspiró. Encendió la radio y después la apagó. Miró a Rob.

– Cuéntame más cosas de Robert Luttrell.

– ¿Como qué?

– Trabajo. Vida. Ya sabes…

– No es muy interesante.

– Ponme a prueba.

Le hizo un breve resumen de la última década. La forma en que él y Sally se apresuraron a casarse y a ser padres; el descubrimiento de que ella estaba teniendo una aventura; el consiguiente e inevitable divorcio.

Christine escuchaba, atenta.

– ¿Sigues enfadado por ello?

– No. También fue culpa mía, es decir, en parte. Siempre estaba fuera. Y ella se sintió sola… Y todavía la admiro, o algo así.

– ¿Perdón?

– A Sally -dijo-. Está estudiando para ser abogada. Eso requiere agallas. Y cerebro. Cambiar de carrera profesional a los treinta. Resulta admirable. Así que no es que la odie ni nada de eso… -Se encogió de hombros-. Simplemente no nos entendimos. Y nos casamos demasiado jóvenes.

Christine asintió y después le preguntó por su familia estadounidense. Él hizo un bosquejo de su procedencia escocesa e irlandesa, la emigración a Utah en la década de 1880 y los mormones.

El Land Rover empezó por fin a avanzar.

– ¿Y tú?

El tráfico empezaba a despejarse. Ella pisó el acelerador.

– Judeo-francesa.

Rob se lo había imaginado por su apellido. Meyer.

– La mitad de mi familia murió en el Holocausto. Pero la otra mitad no. Los judíos franceses salieron bien de la guerra, en comparación con los otros.

– ¿Y tus padres?

Christine le explicó que su madre era académica en París y su padre, afinador de pianos. Él había muerto hacía quince años.

– De hecho -añadió-, no estoy segura de que afinara muchos pianos cuando estaba vivo. Se limitaba a estar sentado en el apartamento de París, discutiendo.

– Me recuerda a mi padre. Excepto que él era, además, un cabrón.

Christine lo miró. El cielo detrás de ella, enmarcado en la ventanilla del coche, era de color púrpura y zafiro. Un espectacular crepúsculo en el desierto. Ya habían salido de Sanliurfa.

– ¿Has dicho que tu padre era mormón?

– Lo es.

– Yo fui una vez a Salt Lake City.

– ¿Sí?

– Cuando estuve en México, trabajando en Teotihuacán, me fui de vacaciones a Estados Unidos.

Rob se rió.

– ¿A Salt Lake City?

– A Utah -contestó sonriendo-. Ya sabes, Canyonlands, Arches Park…

– Ah -asintió-. Eso tiene más sentido.

– Un paisaje maravilloso. En fin, que teníamos que volar pasando por Salt Lake City.

– La gran ciudad más aburrida de Estados Unidos.

Un camión del ejército adelantó al Land Rover, transportando soldados que iban sentados de cualquier manera en la parte de atrás, oscurecida por el atardecer. Uno de ellos saludó con la mano y sonrió abiertamente cuando vio a Christine, pero ella no le hizo caso.

– No era Nueva York, pero me gustó bastante.

Rob pensó en Utah y en Salt Lake City. Sus únicos recuerdos de la ciudad eran los aburridos domingos, yendo a la gran catedral mor mona. El Tabernáculo.

– Es curioso -añadió Christine-. La gente se ríe de los mormones. Pero ¿sabes qué?

– ¿Qué?

– Salt Lake City es la única gran ciudad de Estados Unidos donde me he sentido completamente segura. Puedes caminar por las calles a las cinco de la mañana y nadie va a atracarte. Eso me gusta.

– Pero tienen una comida horrible… y visten con pantalones de poliéster.

– Sí, sí. Y en algunas ciudades de Utah ni siquiera puedes comprar café. La bebida del diablo. -Christine le ofreció una sonrisa tranquila. El aire del desierto entraba caliente a través de la ventanilla del Land Rover-. Pero lo digo en serio. Los mormones son agradables. Simpáticos. Su religión los hace ser así. ¿Por qué se burlan los ateos de la gente que tiene fe, cuando la fe te hace ser más simpático?

– Tú eres creyente, ¿verdad?

– Sí.

– Yo no.

– Lo imaginaba.

Se rieron.

Rob se echó hacia atrás escudriñando el horizonte. Estaban pasando por una casucha de cemento que él ya había visto antes, cubierta con carteles de políticos turcos.

– ¿No estamos ya cerca del desvío?

– Sí. Sólo un poco más adelante.

El coche aminoró la marcha mientras se acercaban al cruce. Rob pensaba en las creencias de Christine: «Catolicismo romano», había dicho. Seguía confundido por muchas cosas con respecto a Christine Meyer, sobre todo por su adoración hacia Sanliurfa, a pesar de la actitud tan patriarcal de la gente del lugar hacia las mujeres.

El Land Rover giró bruscamente dejando el asfalto. Ahora iban traqueteando a lo largo del camino de escombros, en plena oscuridad. Los faros enfocaban arbustos dispersos y rocas desnudas, y alguna gacela que se dejaba ver en la penumbra. A lo lejos se veía una pequeña aldea iluminada por unas cuantas luces desordenadas que centelleaban junto a una colina. La luna acababa de salir.

Rob le preguntó directamente a Christine por su opinión sobre el islam. Ella le explicó que le gustaban ciertos aspectos. Especialmente los almuecines.

– ¿De verdad? -contestó Rob-. ¿Todas esas lamentaciones? Yo hay veces que lo encuentro molesto, es decir, no es que lo odie pero… a veces…

– Yo creo que es conmovedor. El grito del alma que implora a Dios. ¡Deberías escuchar más atentamente!

Tomaron el segundo desvío tras pasar por una última y silenciosa aldea kurda. Unos cuantos kilómetros más y verían las pequeñas colinas de Gobekli perfiladas por la luz de la luna. El Land Rover hizo un ruido sordo cuando Christine tomó la última curva. Rob no sabía qué esperaba ver en la excavación después del «accidente». ¿Coches de policía? ¿Vallas? ¿Nada?

En realidad, sí que había una nueva barrera que atravesaba la carretera. Tenía la palabra «Policía» y «No pasar». En turco y en inglés. Rob salió del coche y empujó a un lado la valla. Christine avanzó y aparcó.

El yacimiento estaba desierto. Rob sintió un verdadero alivio. La única indicación de que la excavación era ahora la escena de una muerte sospechosa era una lona nueva levantada sobre la zanja a la que habían empujado a Franz. Eso y una sensación de vacío en la zona de la carpa. Habían desaparecido montones de cosas. Habían movido o se habían llevado la gran mesa. La excavación de esta campaña había terminado definitivamente.

Rob echó una ojeada a las piedras. Se había preguntado antes cómo sería estar entre ellas por la noche. Ahora, de una forma bastante inesperada, allí estaba. A oscuras, en medio de sus cercas de madera. La luna había salido del todo e irradiaba una blanca oscuridad por todo el lugar. Tuvo un extraño deseo de bajar al recinto vallado. Tocar los megalitos. Colocar su mejilla contra el frío de las antiguas piedras. Pasar los dedos entre los relieves. De hecho, había deseado hacerlo la primera vez que los vio.

Christine se le acercó por detrás.

– ¿Está todo en orden?

– ¡Sí!

– Entonces, vamos. Rápido. Este lugar… me da bastante miedo por la noche.

Rob se dio cuenta de que ella apartaba la vista de la zanja. Aquella en la que habían matado a Franz. Aquella visita tenía que resultarle muy difícil.

Subieron con rapidez hasta la cima. A la izquierda había una cabina de plástico azuclass="underline" la oficina personal de Franz. La puerta acababa de ser cerrada con candado.

Christine suspiró.