Hayden hizo una pausa, dando tiempo para que los detalles truculentos tomaran poso. Después hizo un llamamiento para que se presentaran los testigos. Terminó su presentación y miró hacia la sala.
– ¿Alguna pregunta?
Varias manos se elevaron de golpe.
– ¿La joven de atrás?
– Ángela Darvill, CNN. Señor, ¿cree que hay alguna relación entre este asesinato y el caso reciente de Covent Garden?
Aquello no se lo esperaba. Hayden se estremeció visiblemente y después dirigió la mirada a Forrester, el cual se encogió de hombros. El oficial de Scotland Yard no sabía qué aconsejarle. Si los medios de comunicación tenían ya noticia de la conexión, no había nada que se pudiera hacer al respecto. Tendrían que pedirle a los medios que lo mantuvieran en secreto para que los asesinos no supieran que la policía había relacionado los casos; pero no podía negar lo que resultaba evidente que alguien había dicho.
El subcomisario respondió con una señal al gesto de hombros de Forrester y después devolvió la mirada a la periodista americana.
– Señorita Darvill, existen ciertos detalles que comparten los dos. Pero aventurar algo más es mera especulación por ahora. No quisiera hacer más comentarios al respecto. Agradeceríamos su discreción en este asunto, que estoy seguro sabrán entender.
Dicho eso, miró por toda la sala buscando a un nuevo interrogador. Pero Ángela Darvill volvió a levantar la mano.
– ¿Cree que existe algún componente religioso?
– ¿Perdón?
– La estrella de David. La señal grabada en el pecho. En ambos casos.
Los periodistas locales se giraron para mirar a Ángela Darvill. La pregunta les había confundido; desconcertó a toda la sala. Hayden no había mencionado el «diseño» de los cortes.
La sala quedó en silencio cuando Hayden respondió.
– Señorita Darvill, tenemos un crimen brutal y muy serio que investigar. El reloj va avanzando. Así pues, creo que debería contestar preguntas de… otros. ¿Sí?
– Brian Delhi, The Douglas Star. -El reportero local especuló sobre posibles móviles y Hayden dijo que, por el momento, no tenían ninguno. Los dos hombres cambiaron algunas preguntas y respuestas más entre ellos. Entonces, un periodista de un diario de tirada nacional se levantó y preguntó sobre la víctima. Hayden les dijo que era un hombre de allí, muy apreciado, con esposa e hijos que vivían en la ciudad. Era un buen marinero. El subcomisario miró con atención por toda la sala, fijándose en cada una de las caras.
– Puede que incluso alguno de ustedes conociera su barca, El Manatí. Solía salir a navegar con su hijo Jonny. -Sonrió con tristeza-. El chico tiene tan sólo diez años.
Durante unos segundos, nadie dijo nada.
Forrester pensó que el policía de Man estaba haciendo un buen trabajo. El descarado giro emocional había sido muy hábil. Así es como se consigue que los testigos acudan: apelando al corazón, no a la cabeza. Y realmente necesitaban testigos. Porque no tenían pruebas, ni ADN ni huellas. Nada.
Hayden se dirigió a un hombre con entradas vestido con un anorak.
– ¿El del rincón? ¿Señor…?
– Harnaby. Alisdair. Radio Triskel.
– ¿Sí?
– ¿Cree que el crimen está relacionado con la extraña historia de este edificio?
Hayden tamborileó con sus dedos en la mesa.
– No sé nada de una historia extraña.
– Me refiero al modo en que se construyó el castillo. ¿Es probable que sea importante? Ya sabe, todas esas leyendas…
El policía dejó de dar golpes con los dedos.
– Por el momento, señor Harnaby, estamos siguiendo todas las líneas posible de investigación. Pero espero que no estemos persiguiendo leyendas. Y eso es todo lo que puedo decirles. Por ahora. -Se puso de pie-. Tenemos trabajo por hacer, así que si nos disculpan, creo que hay café en la tienda de la entrada.
Forrester miró a su alrededor. Había sido una buena y profesional rueda de prensa, pero seguía desconcertado. Algo le preocupaba. Miró a Harnaby. ¿A qué se refería aquel tipo? ¿La historia «extraña» del edificio? Coincidía con los pensamientos de Forrester. Allí había algo raro. La arquitectura: el efecto pastiche del edificio. Había algo extraño.
Alisdair Harnaby estaba sacando de debajo de su asiento una bolsa azul.
– ¿Señor Harnaby?
El hombre se giró y sus gafas de montura fina brillaron con el reflejo de las luces.
– Soy el inspector Forrester, de la Policía Metropolitana. -Harnaby pareció desconcertado. Forrester siguió hablando-: Scotland Yard. ¿Tiene un minuto?
El hombre dejó en el suelo su bolsa de plástico y Forrester se sentó a su lado.
– Estoy interesado en lo que ha dicho sobre la extraña historia del edificio. ¿Puede explicármelo?
Harnaby asintió y sus ojos centellearon. Echó un vistazo al vestíbulo vacío.
– Lo que se ve hoy es una copia bastante burda del edificio anterior.
– De acuerdo, y…
– El fuerte original, el fuerte de Santa Ana, fue demolido en 1979. También era conocido como el Disparate de Whaley.
– ¿Y quién lo construyó?
– Jerusalem Whaley. Un calavera.
– ¿Un qué?
– Un cabrón. Un vividor. Un matón de clase alta. Ya sabe a qué me refiero.
– ¿Una especie de playboy?
– Sí y no -sonrió Harnaby-. Le estoy hablando de verdadero sadismo, a lo largo de varias generaciones.
– ¿Por ejemplo?
– El padre de Whaley fue Richard Chappell Whaley. Pero los irlandeses lo llamaban «Burnchapel» Whaley.
– ¿Y eso?
– Fue miembro de la aristocracia angloirlandesa. Protestante. Y solía quemar iglesias católicas irlandesas. Con los fieles dentro.
– Ha sido una pregunta tonta.
– Pues sí. -Harnaby se rió-. ¡Es muy desagradable! Y Burnchapel Whaley fue también miembro del club irlandés del Fuego del Infierno. Se trataba de una horrible caterva de vándalos, incluso para lo que se prodigaba en aquella época.
– Muy bien. ¿Y qué me cuenta de Jerusalem Whaley, su hijo?
Harnaby frunció el ceño. Había ahora tanto silencio en la sala que Forrester podía oír el golpeteo de la llovizna en los alargados marcos de las ventanas.
– ¿Tom Whaley? Ese fue otro cabrón georgiano. Tan bruto y cruel como su padre. Pero luego ocurrió algo. Volvió a Irlanda tras un largo viaje por Oriente hasta Jerusalén. De ahí su apodo: Jerusalem Whaley. Cuando regresó, parecía que el viaje le había cambiado. Lo destrozó.
Forrester hizo un gesto de sorpresa.
– ¿Cómo?
– Lo único que sabemos es que Jerusalem Whaley volvió siendo un hombre muy distinto. Construyó este extraño castillo, el fuerte de Santa Ana. Escribió sus memorias. Un sorprendente libro lleno de arrepentimiento. Y después murió, dejando atrás el castillo y un montón de deudas. ¡Pero una vida fascinante! -Harnaby hizo una pausa-. Perdone, señor Forrester, ¿estoy hablando demasiado? A veces me dejo llevar. Es un poco de pasión por mi parte, folclore de la zona. Tengo un programa de radio sobre historia local, ¿sabe?
– No se disculpe. Esto es muy interesante. La verdad es que sólo tengo una pregunta más. ¿Ha quedado algo del antiguo edificio?
– Pues no. No, no, no. Fue derruido por completo -suspiró Harnaby-. ¡Así eran los años setenta! De haber podido, habrían derribado la catedral de San Pablo. La verdad es que es una pena. Pocos años después el edificio habría sido conservado.
– Entonces, ¿no dejaron nada?
– No. Aunque… -El rostro de Harnaby se nubló-. Hay algo…
– ¿Qué?
– A veces me he preguntado… Hay otra leyenda. Muy rara, la ver dad.Harnaby agarró su bolsa de plástico-. ¡Se lo enseñaré!
El hombre caminó balanceándose hacia la puerta y Forrester le si guió hasta el jardín delantero. En mitad de la brisa, el frío y la 11o vizna miró a su izquierda. Pudo ver a Boijer junto a la carpa Policial. La chica de la CNN pasaba con su equipo. Forrester articuló los labios hacia Boijer señalándole a Ángela Darvilclass="underline" «Habla con ella, descubre qué sabe». Su subalterno asintió.