Harnaby caminó lenta y pesadamente por la empapada hierba de la fachada, delante del edificio almenado. Cuando el césped dio paso a setos y muros, el hombre se arrodilló como si fuera a arreglar las plantas.
– ¿Ve?
Forrester se agachó a su lado y miró la tierra oscura y húmeda.
Harnaby sonrió.
– ¡Mire! ¿Lo ve? La tierra es más oscura aquí que aquí.
Era cierto. La tierra parecía cambiar un poco de color. El suelo del césped del castillo tenía claramente más turba y era más oscuro que el que estaba más apartado de la casa.
– No lo entiendo. ¿Qué es?
Harnaby negó con la cabeza.
– Es irlandesa.
– ¿Cómo?
– La tierra. No es de aquí. Puede que sea de Irlanda.
Forrester entrecerró los ojos. Estaba lloviendo de nuevo, y esta vez, con más fuerza. Pero no se dio cuenta. La relojería de aquel caso daba vueltas en su cabeza. Daba vueltas con bastante rapidez.
– Por favor, explíquese.
– El cabrón de Whaley era un hombre impulsivo. Una vez apostó con alguien a que podía saltar desde la ventana de un segundo piso sobre un caballo y sobrevivir. Lo hizo, ¡pero el caballo murió! -Harnaby se rió-. En cualquier caso, la historia es que se enamoró de una chica irlandesa, justo antes de mudarse aquí. A Man. Pero esto le planteaba un problema.
– ¿Cuál?
– Su contrato de matrimonio decía que ella sólo podría vivir en suelo irlandés. Pero aquello fue en 1786 y Whaley acababa de comprar esta casa. Estaba decidido a traer a su mujer aquí, a pesar de lo que dijera el contrato. -A Harnaby le brillaban los ojos.
Forrester pensó en ello.
– ¿Quiere decir que trajo toneladas de tierra irlandesa para vivir en ella, de forma que su mujer estuviera en suelo irlandés?
– En pocas palabras, sí. Transportó una gran cantidad de tierra hasta la isla de Man y, de ese modo, cumplió sus votos. O eso dicen…
Forrester apoyó la mano sobre la tierra húmeda y oscura que ahora se llenaba de manchas negras por la lluvia.
– Entonces, ¿todo el edificio está construido sobre esa misma tierra irlandesa? ¿Esta tierra de aquí?
– Es muy posible.
Forrester se puso de pie. Se preguntó si los asesinos conocían esa extraña historia. Tenía la fuerte sensación de que así era. Porque no habían prestado atención al edificio y, en su lugar, habían ido directamente a por el último vestigio auténtico posible del Disparate de Whaley. La tierra sobre la que fue construido.
Forrester tenía otra pregunta más.
– De acuerdo, señor Harnaby, ¿de dónde pudo proceder la tierra?
– Nadie lo sabe con certeza. Sin embargo… -El periodista se quitó las gafas para limpiar la lluvia de los cristales-. Sin embargo, tuve hace tiempo una teoría. Que procedía de Montpelier House.
– ¿Qué es?
Harnaby parpadeó.
– El cuartel general del club irlandés del Fuego del Infierno.
17
Rob y Christine volvieron a su barrio. Aparcaron, con una sacudida, en la esquina de la calle de ella. Mientras bajaba del Land Rover, miró a izquierda y derecha. Al fondo de la calle había una mezquita, con esbeltos y majestuosos minaretes, bañada con una espeluznante iluminación verde. Dos hombres con bigote y traje discutían entre las sombras justo al lado de un BMW grande y negro. Los hombres miraron por un momento a Rob y a Christine y después volvieron a su encendida discusión.
Christine condujo a Rob hasta la entrada de un edificio moderno. El ascensor estaba ocupado o estropeado, así que subieron los tres tramos de escaleras. El apartamento era grande, espacioso y luminoso, y casi desprovisto de muebles. Pilas ordenadas de libros se amontonaban sobre el suelo de madera pulida o estaban agrupados en las estanterías de una pared. En un extremo del salón había un escritorio grande de acero y un sofá de piel. En la otra esquina reposaba una silla de mimbre.
– No me gustan los espacios atestados. Una casa es una máquina para vivir en ella.
– Le Corbusier.
Ella sonrió y asintió. Rob también sonrió. Le gustaba ese piso. Era muy… de Christine. Sencillo, intelectual, elegante. Se fijó en un cuadro que había en la pared: se trataba de una fotografía grande e inquietante de una torre muy extraña. Una torre de ladrillos dorados y naranjas rodeada de algunas ruinas, con vastas extensiones de desierto por detrás.
Los dos se sentaron juntos en el sofá de piel y Christine sacó de nuevo el cuaderno. Mientras hojeaba una vez más las páginas garabateadas de Breitner, Rob tuvo que hacerle una pregunta.
– Y bien, ¿trigo einkorn?
Pero Christine no le escuchaba. Sujetaba el cuaderno muy cerca de la cara.
– ¿Este plano? -se dijo a sí misma-. Estos números… y estos de aquí… Esa mujer, Orra Keller… Quizá…
Rob hizo una pausa antes de responder. No hubo respuesta. Sintió la brisa en la habitación. Las ventanas estaban abiertas a la calle. Rob podía oír voces en el exterior. Se acercó a la ventana y miró hacia abajo.
Los hombres seguían allí, pero ahora se encontraban justo debajo del edificio de apartamentos de Christine. Otro hombre, vestido con un anorak oscuro y acolchado merodeaba por la puerta de la tienda de enfrente: un enorme concesionario de motocicletas Honda. Los dos hombres con bigote levantaron la vista cuando Rob se asomaba por la ventana. Lo miraron sin decir nada. Simplemente lo miraron. El hombre del anorak también alzó los ojos hacia él. Tres hombres lo miraban fijamente. ¿Era aquello amenazador? El periodista pensó que se estaba volviendo paranoico. No podía ser que todo Sanliurfa estuviera siguiéndolos; aquellos hombres no eran más que… hombres. Se trataba tan sólo de una coincidencia. Se apartó de la ventana y miró la habitación.
Puede que alguno de los muchos libros que había en las estanterías le sirviera. Pasó el dedo por algunos títulos. El epipaleolítico sirio, Microanálisis moderno del electrón, Antropofagia precolombina… No eran exactamente éxitos de ventas. Vio un libro más general. Enciclopedia de arqueología. Lo bajó de la estantería, pasó directamente al índice y lo encontró de inmediato. «Trigo einkorn, página noventa y siete».
Con la brisa nocturna de Sanliurfa llenando la habitación y Christine examinando en silencio el cuaderno, Rob echó un vistazo, tratando de asimilar toda la información.
Resultaba que el trigo einkorn era una especie de hierba silvestre. Según el libro, crecía de forma natural en el sureste de Anatolia. Miró un pequeño mapa en la página siguiente de la enciclopedia que mostraba que el einkorn era natural de la zona que rodeaba a Sanliurfa. De hecho, crecía en muy pocas regiones más. Rob continuó leyendo.
El einkorn era, al parecer, una especie de la parte baja de las montañas y de las faldas de las colinas. Fue determinante para la primera agricultura, el paso de la caza-recolección al cultivo. Junto al trigo emmer, se trata probablemente de la «primera forma de vida domesticada por el hombre». Y esa primera domesticación había tenido lugar en el sureste de Anatolia y sus alrededores. Cerca de Sanliurfa.
La página que estaba leyendo le remitía a otro artículo sobre los orígenes de la agricultura. A juzgar por lo leído sobre el einkorn, este asunto era importante en todo el misterio de Gobekli, así que Rob se concentró también en el siguiente artículo. Leyó rápidamente las páginas. Cerdos y pollos. Perros y ganado. Emmer y einkorn. Pero los últimos párrafos le llamaron la atención: «El gran misterio de los comienzos de la agricultura está en el porqué, no en el cómo. Existen abundantes pruebas de que la transición a la agricultura primitiva supuso una gran penuria para los primeros agricultores, sobre todo si se compara con el estilo de vida relativamente libre y generoso de los cazadores-recolectores. Los restos de los esqueletos muestran que estos primitivos agricultores estuvieron sometidos a más enfermedades que sus antepasados cazadores y que contaron con vidas más cortas y duras. Los animales domesticados de la primera etapa de la agricultura tienen asimismo físicos más escuálidos que sus ancestros salvajes…».