– Entonces ya está. -Sonrió Rob con satisfacción-. Teniendo en cuenta las conexiones bíblicas, la historia y las leyendas, además de la topografía de la región, las pruebas de las primeras domesticaciones y, por supuesto, los datos del mismo yacimiento, tenemos la solución. ¿Correcto? Al menos, tenemos la solución de Franz… -Rob levantó las manos, como un mago a punto de hacer un truco-. ¡Gobekli Tepe es el Jardín del Edén!
Christine sonrió.
– Metafóricamente.
– Metafóricamente. Pero, aun así, es convincente. Aquí es donde tuvo lugar la caída del hombre. Desde la libertad de la caza al trabajo duro de la agricultura. Y ésa es la historia que se recoge en el Génesis.
Se quedaron en silencio un momento.
– Aunque un mejor modo de decirlo sería que Gobekli Tepe es… -dijo Christine- un templo en un paisaje edénico, más que el verdadero Jardín del Edén.
– Claro. -Se rió abiertamente Rob-. No te preocupes, Christine. La verdad es que no creo que Adán y Eva deambularan por Gobekli comiendo melocotones. Pero sí que creo que Franz pensaba que lo había encontrado. Alegóricamente.
Miró a los resplandecientes estanques sintiéndose mucho más contento. Hablar de ello le servía de ayuda. Y también estaba muy emocionado por las posibilidades periodísticas. Aunque fuera una historia extraña, resultaba sorprendente y, sin lugar a dudas, digna de ser leída. Un científico que creía estar excavando el Edén, aunque fuese de forma metafórica o alegórica, podría ocupar un titular a doble página. Fácilmente.
Christine no parecía estar tan contenta por el éxito de su hipótesis. Sus ojos se empañaron por un segundo, un momento de emoción que rápidamente se le pasó.
– Sí… Digamos que tienes razón. Probablemente la tengas. Es cierto que explica lo de los números. Y su comportamiento misterioso al final, excavando por la noche. Llevándose cosas. Debía de estar muy nervioso justo antes de… justo antes de que ocurriera.
Su estado de ánimo conmovió a Rob; se reprendió a sí mismo. Allí estaba él, pensando en su trabajo y, sin embargo, había un asesinato aún sin resolver.
Christine frunció el ceño.
– Todavía quedan muchas preguntas.
– ¿Por qué lo mataron?
– Exacto.
Rob pensó en voz alta.
– ¡Caray! Quizá… quizá unos evangelistas americanos descubrieron lo que estaba haciendo. Me refiero a excavar el Edén.
Christine se rió.
– ¿Y contrataron a un asesino a sueldo? Seguro. Esos metodistas pueden ser muy susceptibles. -Su taza de té estaba vacía. La agarró y la volvió a soltar. Luego dijo-: Pero hay otro problema, ¿por qué los cazadores enterraron Gobekli? Eso no se explica en la teoría del Edén. Debieron de tardar décadas en sepultar todo un templo. ¿Por qué hacerlo?
Rob levantó la mirada en busca de inspiración en el cielo de Urfa.
– ¿Porque fue el lugar de la caída del hombre? Quizá simbolizara incluso en aquella época primitiva el error de la humanidad. Caer en la agricultura. El comienzo de la esclavitud. Así que lo ocultaron por vergüenza, rabia, resentimiento o…
Christine hizo un gesto, demostrando no estar impresionada.
– De acuerdo. -Rob sonrió-. Es una teoría estúpida. Pero ¿por qué lo hicieron?
Ella se encogió de hombros.
– C'est un mystère.
Otro silencio se cernió sobre la pequeña mesa. Unos cuantos metros más allá, entre los arbustos de rosas, unos niños apuntaban excitados hacia los peces del estanque. Rob miró a una niña. Tendría unos once años y el cabello rizado, dorado y brillante. Pero su madre estaba envuelta en velos y túnicas negras. Un chador completo. Él se sintió triste. Pronto, esa niña sería ocultada como su madre. Encerrada para siempre en color negro.
Un destello de verdadera culpabilidad atravesó su mente. Un destello de culpabilidad por su hija. Por una parte, estaba disfrutando con este misterio. Sin embargo, en su interior, seguía queriendo volver a casa. Anhelaba irse a casa. Ver a Lizzie.
Christine abrió el cuaderno de Breitner y lo dejó sobre la mesa junto a sus propias notas. Las sombras de la luz del sol tachonadas por los limeros del salón de té parpadeaban encima de la mesa.
– Una cosa más. Hay algo que no te he contado. ¿Recuerdas la úl tima línea del cuaderno? -Señaló una línea escrita a mano girando el cuaderno para que Rob pudiera verlo. Se trataba de la línea de la ca lavera. Decía: «Calaveras de Cayonu, cf. Orra Keller»-. No te lo mencioné antes porque era muy ambiguo. No parecía importante. Pero ahora… En fin, echa un vistazo. Tengo una idea…
Él se acercó para leer, pero aquella línea le seguía pareciendo Incomprensible.
– Pero ¿quién es Orra Keller?
– ¡No es un nombre! -dijo Christine-. Supusimos que lo era porque está en mayúsculas. Pero creo que Franz simplemente estaba mezclando idiomas.
– Sigo sin entenderlo.
– Mezcla el inglés con el alemán. Y…
Rob miró de repente por encima del hombro de Christine.
– Dios mío.
Christine se puso tensa.
– ¿Qué?
– No mires. Es el oficial Kirbali. Nos ha visto y viene hacia aquí.
23
Parecía que Kiribali estaba solo, aunque Rob podía ver todavía el coche de policía aparcado, en silencio y esperando, junto a los jardines Golbasi.
El detective turco vestía otro traje elegante, esta vez de lino color crema. Llevaba una corbata de estilo inglés, con rayas verdes y azules. A medida que cruzaba el pequeño puente y se acercaba a la mesa, su sonrisa se iba haciendo más amplia y siniestra.
– Buenos días. Mis agentes me han dicho que estaban aquí. -Se inclinó para besar la mano de Christine y acercó una silla. Después se dirigió a un camarero que pasaba y cambió su comportamiento, de servil a dominante-: ¡Lokoum! -El camarero se estremeció asustado y asintió. Kiribali sonrió hacia la mesa-. He pedido delicias turcas. Deben probarlas aquí en Golbasi. Las mejores de Sanliurfa. Verdaderas delicias turcas. Por supuesto, ya conocerán la historia de su invención.
Rob contestó que no. Eso pareció gustar a Kiribali, que acercó su silla presionando el mantel con sus manos bien arregladas.
– La historia es que un jeque otomano estaba cansado de discutir con sus esposas. Su harén era un caos. Así que le pidió al confitero de la corte que le hiciera unos dulces tan deliciosos que hicieran callar a sus mujeres. -Kiribali se reclinó en su asiento cuando el camarero colocó sobre la mesa el plato de dulces espolvoreados con azúcar-. Aquello funcionó. Las mujeres se apaciguaron con las delicias turcas y la tranquilidad volvió al harén. Sin embargo, las concubinas se pusieron tan gordas por culpa de estas delicias con tantas calorías que el jeque se volvió impotente en su compañía. Así que… el jeque hizo que lastraran al confitero. -Kiribali se rió a carcajadas de su propia historia, cogió el plato y se lo ofreció a Christine.
Rob sintió, y no era la primera vez, un extraño sentimiento ambivalente hacia Kiribali. El policía era encantador, pero también había algo amenazador en él. Su camisa estaba demasiado limpia, su corbata era demasiado inglesa y su elocuencia demasiado estudiada y hábil. Resultaba evidente que era muy inteligente. Rob se preguntó si Kiribali se encontraba cerca de alguna solución al asesinato de Breitner.
Las delicias turcas estaban exquisitas. Kiribali volvió a ofrecérselas.
– ¿Han leído los libros de Narnia?
Christine asintió y Kiribali continuó hablando.
– Seguramente sea la referencia literaria más famosa de las delicias turcas. Cuando la reina de las Nieves ofrece los dulces…
– ¿El león, la bruja y el armario?
– ¡Exacto! -Kiribali se rió con satisfacción y después dio un sorbo a su pequeña taza de té-. A menudo me preguntó por qué los británicos son tan aficionados a la literatura infantil. Es un don especial de la raza de la isla.