– No -replicó Hawk.
– Quizá más tarde -dije.
Hawk sacó una navaja del bolsillo derecho y la liberó. Tuvo que dar la vuelta para cortar las cuerdas que sujetaban las manos de Kathie y le aplicó una palmada en el trasero, ligera y amistosa, como las que se propinan los futbolistas. Kathie se incorporó bruscamente.
– Negro -dijo-. Negro, no vuelvas a tocarme.
Hawk me miró con el rostro encendido y preguntó:
– ¿Negro?
– Creo que significa luto en inglés.
– Sé perfectamente qué significa -replicó Hawk.
– ¿Qué ha pasado con el tomadme, destrozadme? -pregunté.
– Tan pronto como pueda os mataré -aseguró Kathie.
– Tendrás que esperar tu turno, encanto -dijo Hawk-. Será mejor que te pongas en la fila.
Estaba sentada en el borde de la cama. Su vestido de hilo blanco se había arrugado a causa del forcejeo contra las cuerdas.
– Quiero ir al lavabo -pidió.
– Tú misma -respondí-. Tómate todo el tiempo que quieras.
Caminó rígidamente, hasta el cuarto de baño y cerró la puerta. Oímos que echaba el pestillo y que abría el grifo del lavabo. Hawk se acercó a uno de los sillones de vinilo rojo, pasando primorosamente por encima de los dos cadáveres.
– ¿Qué haremos con el corpus delicti? -preguntó Hawk.
– Oh -murmuré-, ¿tú tampoco lo sabes?
Capítulo 19
Mientras Kathie permanecía en el cuarto de baño, Hawk y yo arrastramos los cadáveres y los acomodamos bajo las camas gemelas.
El grifo del lavabo seguía abierto, encubriendo cualquier otro sonido.
– ¿Qué estará haciendo? -preguntó Hawk.
– Supongo que nada. Probablemente intenta decidir qué hará cuando salga.
– Tal vez se está emperifollando por si quisiéramos violarla.
– ¡Vaya mentalidad! -exclamé-. Sospecho que está pensando en que lo bueno sería ser golpeada por Benito Mussolini con un ejemplar de Mein Kampf.
– O ser violada por nosotros -insistió Hawk.
– Sobre todo por ti, amigo. Ya sabes las voces que corren sobre los negros.
– Y deprisa -añadió Hawk-, muy rápida y rítmicamente.
– Eso he oído decir…
Cogí un bote de quitamanchas del estante superior del armario y rocié los restos de sangre de la alfombra.
– ¿Sirve para algo?
– En mis trajes da resultado -respondí-. Cuando se seca, lo quito con el cepillo.
– Chico, algún día serás una buena ama de casa. Y por si esto fuera poco, cocinas bien.
– Es verdad, pero siempre he soñado con tener mi propia carrera.
Kathie cerró el grifo y salió del cuarto de baño. Se había peinado y estirado el vestido tanto como pudo.
Yo estaba a gatas, frotando las manchas de sangre.
– Siéntate -le dije-. ¿Quieres comer o beber algo?
– Tengo hambre -reconoció.
– Hawk, pide algo al servicio de habitaciones.
– En este hotel ofrecen un especial de última hora -intervino Hawk-. Paté de la casa, queso, pan y vino. ¿Te apetece?
Kathie asintió con la cabeza.
– Parece muy interesante -le dije a Hawk-. ¿Por qué no comemos todos juntos?
– Ése es el problema de la comida indonesia -opinó Hawk-. Pasada una hora vuelves a tener hambre.
Kathie se sentó en una de las sillas de respaldo recto próximas a la ventana, con las manos sobre el regazo y las rodillas juntas. Bajó la cabeza para mirarse los pulgares cruzados. Hawk llamó por teléfono y encargó el especial de última hora. Quité el polvillo del quitamanchas y apliqué agua fría a lo que quedaba de las manchas de sangre.
Apareció el camarero del servicio de habitaciones con el especial de última hora, Hawk lo recibió en la puerta, y entró la mesa redonda con el paté, el queso, el pan francés y el vino tinto.
– Adelante, chica -animó Hawk a Kathie-. Acércate y comamos.
Kathie caminó hasta la mesa y se sentó sin decir palabra. Hawk le sirvió vino. Ella bebió un trago, pero le temblaba tanto la mano que derramó unas gotas sobre su barbilla. Se limpió con una servilleta. Hawk cortó un trozo de paté, partió un trozo de pan y me preguntó:
– ¿Qué haremos con Kathie?
– No lo sé -respondí. Bebí un poco de vino. Tenía un sabor exquisito que llenaba la boca. Tal vez la gente que no enfriaba el vino tinto sabía de qué iba la cosa.
– ¿Qué puedes decir de lo que estamos haciendo aquí? Quiero decir, ¿haremos caso de lo que decía la nota? ¿Hemos acabado el trabajo para el que te contrataron?
– No lo sé -repetí-. Este paté es insuperable.
– Es verdad -reconoció Hawk-. ¿Has probado los pequeños pistachos?
– Sí -repuse-. ¿Tú quieres volver a casa?
– ¿Yo? Hombre, no tengo casa a la que volver. Eres tú el que está en la luna con respecto a Susan y todo lo demás.
– Claro.
– Además, Paul me cae gordo -añadió Hawk.
– A mí también.
– No me gusta cómo pensaba matarnos, no me gusta lo que dijo que nos haría si lo seguíamos ni me gusta el modo en que abandonó a su amiga cuando le pisamos los talones.
– No, a mí tampoco me gusta. No me agradaría perderlo de vista.
– Además, me llamó Schwartze -el rostro de Hawk se abrió en una sonrisa brillante y carente de humor.
– Es un cerdo cabrón -declaré.
– Propongo que le digamos que no aceptamos el trato.
Kathie comía y bebía en silencio.
– Kathie, ¿sabes dónde está Paul?
La chica negó con la cabeza. Aparentemente, su furia se había agotado.
– Seguro que lo sabes -afirmó Hawk-. Seguramente tenéis un sitio en el que establecer contacto cuando hay problemas.
Kathie volvió a negar con la cabeza. Las lágrimas rodaban por sus mejillas.
Hawk bebió un sorbo de vino, dejó la copa y le dio una bofetada. La chica balanceó la cabeza de un lado a otro y pareció caer sobre sí misma, encogiéndose en la silla. Las lágrimas se convirtieron en sollozos y estremecieron su cuerpo. Se tapó las orejas con las manos, hundió el rostro entre los brazos y lloró. Hawk siguió bebiendo vino y la contempló casi sin interés.
– Está frenética -dijo Hawk.
– Está asustada -aclaré-. Todo el mundo se asustaría. Está a solas con dos hombres a los que ha intentado matar y el tío al que ama la ha abandonado. Se encuentra sola y no lo soporta.
– Le resultará mucho más insoportable si no nos dice lo que queremos saber -apuntó Hawk.
– Hawk, pegar a una mujer no va contigo.
– Chico, es la liberación de la mujer. Tiene tanto derecho a que yo la reviente como cualquier hombre.
– No me gusta.
– En ese caso, vete a dar un paseo. Cuando regreses, habremos averiguado lo que queremos saber.
Me puse en pie. Yo sabía que estábamos jugando al poli bueno y al malo pero, ¿lo sabía Hawk?
– Dios mío -exclamó Kathie-. No te vayas.
Hawk también se incorporó. Se quitó la chaqueta, la funda de la escopeta y la camisa. Hawk siempre se había caracterizado por su tono muscular. Su torso era tenso y elegante. Los músculos de su pecho y de sus brazos se hincharon ligeramente cuando hizo un ligero gesto de relajar los hombros. Empecé a caminar hacia la puerta.
– Dios mío, no me dejes con él -Kathie cayó de la silla al suelo y se arrastró detrás de mí-. No se lo permitas, no permitas que me degrade. Te suplico que no lo hagas.
Hawk se interpuso entre Kathie y yo. Ella lo sujetó de una pierna.
– No lo hagas, no lo hagas -la saliva volvía a burbujear en la comisura de sus labios, respiraba entrecortadamente y se le caían los mocos.
– No estoy tan desesperado por averiguarlo -dije a Hawk.
– Hombre, tu mayor problema es la ingenuidad.