—¿La llamó bruja y se casó con usted?
—Verá, entre medias tuvimos algunas conversaciones…
—No seguirá creyendo en esas cosas, ¿verdad?
Soldado de Dios frunció las cejas.
—No es cuestión de creer, reverendo, sino de hacer. No lo hace más. No aquí, ni en ningún otro sitio. Y cuando usted casi la acusó de eso, bueno, se ofendió. Porque me lo prometió, sabe usted…
—Pero una vez que me disculpé, ¿por qué se…?
—Pues bien, ahí lo tiene. Usted tendrá su forma de pensar, pero no puede decirle que esos conjuros, hierbas y encantamientos no tengan poder, pues ella misma ha visto cosas que incluso para usted serían inexplicables.
—Sin duda, un hombre como usted, versado en las escrituras y conocedor del mundo, podrá convencer a su esposa de que abandone las supersticiones de su infancia.
Soldado de Dios posó su mano suavemente sobre la muñeca del reverendo Thrower.
—Reverendo, debo decirle algo que jamás pensé debería decir a un hombre adulto. Un buen cristiano se niega a permitir que en su vida intervengan esas cosas porque la única forma correcta de que en la vida de uno surjan poderes ocultos es por medio de la oración y la gracia de Nuestro Señor Jesucristo. Pero no porque tales cosas no den resultado.
—Pero no dan resultado —insistió Thrower—. Los poderes del cielo son reales, y también lo son las visiones y apariciones de los ángeles, al igual que todos los milagros de los cuales dan fe las escrituras. Pero los poderes del cielo nada tienen que ver con que las parejitas se enamoren, ni con curarse de garrotillo, ni con hacer que las gallinas pongan huevos, ni con todas esas tonterías que hace la gente ignorante con sus llamados poderes ocultos. No hay nada que hagan esos conjuros, o dones, o como quiera que se llamen, que no pueda ser explicado por medio de la sencilla investigación científica.
Soldado de Dios permaneció en silencio un buen rato. El silencio incomodó un tanto a Thrower, y no obstante no halló qué decir. No se le había ocurrido pensar que Soldado de Dios pudiese llegar a creer en tales cosas. Era una perspectiva sorprendente. Una cosa era inhibirse de la brujería por tratarse de una insensatez y otra muy distinta creer en ella y abstenerse por ser algo incorrecto. A Thrower se le ocurrió que la última posición era tanto más enaltecedora: para el reverendo, desdeñar la brujería era cuestión de sentido común, mientras que para Soldado de Dios y Eleanor era algo así como un sacrificio.
Antes de que pudiera dar forma a sus pensamientos, Soldado de Dios se reclinó en su silla y cambió enteramente de tema.
—Tengo entendido que su iglesia casi está terminada…
El reverendo Thrower aceptó seguir por terreno más seguro.
—Ayer se terminó el techo y hoy pudieron fijar todas las tablas sobre las paredes. Mañana ya podrá resistir las lluvias, cuando pongamos celosías en las ventanas. Cuando estén las puertas y los vidrios, será sólida como un tambor.
—He hecho que traigan el vidrio en bote —dijo Soldado de Dios. Luego guiñó un ojo—. Resolví el problema de embarcar en Lago Erie.
—¿Cómo lo hizo? Los franceses están hundiendo uno de cada tres botes, hasta los que vienen de Irrakwa.
—Muy sencillo. Encargué el vidrio a Montreal…
— ¿Vidrio francés en las ventanas de una iglesia inglesa?
—De una iglesia americana… —corrigió Soldado de Dios—. Y Montreal también es una ciudad americana. De todas formas, los franceses quizás estén tratando de deshacerse de nosotros, pero hasta que lo consigan somos mercado para sus productos manufacturados, así que el gobernador, el marqués de La Fayette, no pone reparos a que su pueblo obtenga algún provecho de nuestras compras en tanto estemos aquí. Lo embarcarán de un momento a otro por el lago Michigan y luego lo harán viajar por lanchón, por el St. Joseph y el Tippy-Canoe.
—¿Lo harán antes de que venga el mal tiempo?
—Supongo que sí —-comentó Soldado de Dios—. De otro modo, no se les pagará…
—Es usted un hombre sorprendente —dijo Thrower—. Pero me extraña que guarde tan poca lealtad al Protectorado Británico.
—Pues bien, verá… Así es, en efecto. Usted creció bajo el Protectorado y sigue pensando como un inglés.
—Soy escocés, señor…
—Como británico, en cualquier caso. En su país, todo aquel que practica las artes ocultas, aunque sólo se sepa por rumores, es exiliado sin más, e incluso sin que primero se molesten en juzgarlo, ¿no es así?
—Tratamos de ser justos… pero las cortes eclesiásticas son rápidas y no hay apelación.
—Pues bien, piense en esto: si todo aquel que tenía el más mínimo don para las artes ocultas fue embarcado rumbo a las colonias americanas, ¿cómo podría haber visto el menor asomo de hechicería cuando era pequeño?
—No puedo haber visto algo que no existe… —En Gran Bretaña tal vez no exista. Pero es la maldición de los buenos cristianos de América, que estamos hasta la coronilla de teas, hidrománticos, conjuradores y dotados, y un niño no llega al metro de altura aquí sin toparse con alguien que lanza una maldición o sin cruzarse con los hechizos de algún bromista que le hacen decir lo primero que le viene a la cabeza y ofende a todo el mundo a diez kilómetros a la redonda.
—¡Las maldiciones de un bromista! Vea, hermano Soldado de Dios, convendrá usted conmigo en que una buena botella de vino produce el mismo efecto.
—… No en un niño de doce años que jamás ha tomado una gota de alcohol en toda su vida.
Era evidente que Soldado de Dios hablaba por propia experiencia, pero eso no cambiaba las cosas. —Siempre hay otra explicación. —Hay un sinfín de razones con que explicar lo que sucede —dijo Soldado de Dios—. Pero le diré esto. Puede usted predicar contra conjuros y seguirá teniendo una congregación. Pero si sigue diciendo que los conjuros no sirven de nada, bien… supongo que casi todos se preguntarán por qué han de recorrer semejante camino para acudir a una iglesia a escuchar la prédica de un tonto de remate.
—Debo decir la verdad tal como la veo —se defendió Thrower.
—Usted puede ver que un hombre es deshonesto en sus negocios, pero no por eso dirá su nombre desde el pulpito, ¿verdad? No, señor, pero sí dará un sermón sobre la honestidad y esperará que surta su efecto.
—Usted sugiere que adopte un enfoque distinto…
—Está usted construyendo una hermosa iglesia, reverendo Thrower, y no sería ni la mitad de bella si no fuese porque la alimenta su sueño de cómo debe llegar a ser. Pero los pobladores de esta región consideran que la iglesia es de ellos. Ellos cortaron la madera, ellos la construyeron y se encuentra erigida sobre tierras comunales. Y sería toda una lástima que su obstinación acabase por cansarlos y obligarlos a ofrecer el pulpito a otro predicador…
El reverendo Thrower contempló los restos de la cena durante un buen rato. Pensó en la iglesia, no en la estructura de madera sin pintar que hoy era, sino en el edificio terminado, con los bancos en su sitio, el pulpito en lo alto y el recinto inundado por la clara luz del sol que penetraba por las ventanas prolijamente vidriadas. No es sólo el lugar, se dijo, sino lo que puedo lograr desde aquí. Estaría cumpliendo mal mis deberes de cristiano si permitiera que este sitio cayera bajo control de necios supersticiosos como Alvin Miller y, aparentemente, toda su familia. Si mi misión es destruir el mal y la superstición, debo habitar entre ignorantes y supersticiosos. Con el tiempo sembraré en ellos el conocimiento de la verdad. Y si no logro convencer a los padres, con más tiempo aún podré convertir a sus hijos. Mi ministerio es el trabajo de toda una vida. ¿Por qué entonces arriesgarlo con tal de decir la verdad unos pocos instantes?