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—Es usted un hombre sabio, hermano Soldado de Dios.

—También usted, reverendo Thrower. A la larga, aun cuando podamos disentir aquí y allá, creo que ambos deseamos lo mismo. Queremos que todo este país sea civilizado y cristiano. Y a ninguno de los dos nos molestaría que la iglesia de Vigor se convirtiera en la ciudad de Vigor, y que la ciudad de Vigor pasara a ser la capital de todo el territorio de Wobbish. Hasta se habla en Filadelfia de invitar a Hio a unirse en calidad de estado, y sin duda no tardarán en hacer el mismo ofrecimiento a los Apalaches. ¿Por qué no Wobbish, algún día? ¿Por qué no un país que se extienda de mar a mar, de blancos y pieles rojas, donde cada uno de nosotros sea libre de votar el gobierno que desea para que haga las leyes que todos aceptaríamos obedecer de buen grado?

Era un bello sueño. Y Thrower podía verse en él. El hombre que tuviese el pulpito de la iglesia más grande, de la ciudad más grande del territorio sería el conductor espiritual de todo un pueblo. Durante unos minutos creyó en su sueño con tal intensidad que cuando gentilmente dio las gracias a Soldado de Dios por la comida y se marchó de la casa tuvo que contener la respiración al ver que el poblado de Vigor sólo consistía en la gran tienda de Weaver y sus dependencias, unas fincas cercadas con unas pocas cabezas de ganado paciendo en ellas y el armazón de blanca madera de una gran iglesia nueva.

Pero aun así, la iglesia era real. Casi estaba terminada, las paredes estaban allí y el techo estaba concluido. Thrower era un hombre racional. Debía ver algo sólido ante sus ojos para creer en su sueño, pero esa iglesia ya era suficientemente sólida, y entre él y Soldado de Dios bastaba para que el resto del sueño se tornase realidad. Atraer gente a este lugar, hacer de él el centro del territorio… Esta iglesia podía servir de local para las reuniones municipales, y no sólo para los sermones locales. ¿Y durante la semana? Estaría malgastando su educación si no abriera una escuela para los niños de la región. Les enseñaría a leer, a escribir, a calcular y, sobre todo, a pensar, a expulsar de sus mentes toda superstición y a no dejar en ellas más que el puro conocimiento y la fe en el Señor.

Y tan ensimismado iba por estos pensamientos que ni siquiera advirtió que no se dirigía a la granja de Peter McCoy, río abajo, donde lo aguardaba su lecho en la vieja cabaña de troncos. Estaba desandando el trayecto que lo llevaría a la iglesia. Sólo cuando encendió un par de velas comprendió que en realidad pensaba pasar la noche allí. Aquellas paredes desnudas de madera eran su hogar, más que ningún otro sitio del mundo. El olor a savia le exaltaba los sentidos, le daba deseos de entonar salmos que nunca antes había escuchado… Se sentó allí murmurando, recorriendo las páginas del Viejo Testamento sin notar siquiera que había palabras sobre el papel.

Sólo oyó los pasos cuando resonaron sobre el suelo de madera. Entonces levantó la vista y allí, para su sorpresa, vio a la señora Fe llevando una linterna, seguida de los mellizos de dieciocho años, Moderación y Previsión. Entre ambos cargaban una pesada caja de madera. Tardó un momento en comprender que la caja era un altar de madera. Que en realidad era un hermoso altar, de maderos tan bien armados, como los dejaría un maestro carpintero, y bellamente lustrado. Y grabadas a fuego, sobre las tablas que rodeaban la cubierta del altar, había dos hileras de cruces.

—¿Dónde quiere que lo pongamos? —preguntó Previsión.

—Papá dijo que lo trajéramos esta noche, cuando las paredes y el techo ya estuvieran terminados…

—¿Papá? —preguntó Thrower.

—Lo hizo especialmente para usté —dijo Previsión—. Y el pequeño Al grabó las cruces a fuego, al ver que ya no le permitían venir hasta aquí.

Thrower ya estaba junto a ellos, y veía que era un altar amorosamente construido. Era lo último que habría esperado de Alvin Miller. Y las cruces, perfectamente trazadas, no parecían obra de un niño de seis años.

—Aquí —dijo, señalando el sitio donde había imaginado su altar. Era lo único que había en el recinto, además del techo y las paredes, y como estaba lustrado, la madera era más oscura que la de la construcción. Era perfecto, e hizo asomar lágrimas a los ojos del reverendo Thrower—. Dígales que es hermoso.

Fe y sus hijos sonrieron a más no poder. —Ya ve que no es su enemigo… —repuso Fe, y Thrower no pudo sino estar de acuerdo.

—Tampoco yo soy su enemigo —advirtió. Y no agregó: «Me lo he de ganar con paciencia y amor, pero ganaré, y este altar es señal clara de que en su corazón secretamente desea que lo libere de la oscuridad de la ignorancia.»

No se quedaron más tiempo. Sin demora atravesaron la noche, de regreso a su hogar.

Thrower encendió el candelabro y lo posó sobre el suelo cerca del altar, pero no sobre éste, pues semejante cosa habría sido propia de un papista. Se puso de rodillas y pronunció una oración de gracias. La iglesia estaba casi terminada y ya había en ella un espléndido altar, construido por el hombre que más temía, y en él, cruces grabadas por ese extraño niño que tanto simbolizaba la superstición compulsiva de esa gente ignorante.

—Se te ve lleno de orgullo —indicó una voz a sus espaldas.

Se volvió, casi sonriendo, ya que siempre le alegraba la llegada del Visitante. Pero el Visitante no sonreía. —Lleno de orgullo…

—Perdonadme —solicitó Thrower—. Ya me he arrepentido de ello. Pero no puedo menos que regocijarme por la gran labor que ha comenzado aquí.

El Visitante tocó suavemente el altar, recorriendo las cruces con sus dedos.

—Él hizo esto, ¿verdad?

—Alvin Miller.

—¿Y el niño?

—Las cruces. Tenía tanto miedo de que fueran sirvientes del demonio…

El Visitante lo miró con aspereza.

—Y porque han construido un altar tú crees que no lo son.

Un escalofrío de terror lo recorrió de pies a cabeza. Thrower murmuro:

—No pensé que el demonio pudiera usar la señal de la cruz…

—Eres tan supersticioso como el resto —dijo el Visitante con frialdad—. Los papistas se persignan constantemente. ¿Acaso crees que es algún conjuro contra el demonio?

—Entonces, ¿cómo puedo estar seguro de nada? —se preguntó Thrower—. Si el diablo puede construir un altar y hacer la señal de la cruz…

—No, no, Thrower, mi querido hijo, no son diablos, ninguno de los dos. Sabrás reconocer al diablo cuando estés ante él. Allí donde los hombres llevan cabello sobre la cabeza, el diablo luce los cuernos de un toro. Donde los hombres tienen pies, el diablo tiene las pezuñas hendidas de una cabra. Allí donde los hombres tienen manos, el demonio muestra las grandes zarpas de un oso. Y ten esto por seguro: cuando venga, no construirá altares para ti. —El Visitante posó ambas manos sobre el altar—. Éste es mi altar ahora —dijo—. No importa quién lo haya hecho, puedo emplearlo para mi propósito.

Thrower lloró de alivio.

—Ahora está consagrado, vos habéis hecho de él algo santo. —Y extendió una mano para tocar el altar.

—¡Detente! —susurró el Visitante. Aunque su voz casi era inaudible, tenía el poder de estremecer los muros—. Primero debes escucharme —ordenó.

—Siempre os escucho —dijo Thrower—. Aunque no alcanzo a comprender cómo es que habéis elegido un gusano tan indigno como yo.

—Hasta un gusano puede ser grande cuando es tocado por el dedo de Dios —replicó el Visitante—. No, no me interpretes mal. No soy Dios. No me veneres.

Pero Thrower no pudo contenerse y lloró con devoción, de rodillas ante aquel ángel sabio y poderoso. Sí, ante aquel ángel. Thrower no tenía dudas de eso, aunque el Visitante no tenía alas y lucía un traje de los que a nadie extrañaría encontrar en el Parlamento.