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—El hombre que construyó este altar está confundido, pero en su alma hay muerte, y si se le provoca lo suficiente, ésta aparecerá. Y el niño que hizo las cruces… es tan notable como supones. Pero aún no se ha consagrado al bien ni al mal. Ambos caminos yacen delante de él, y está abierto a una y otra influencia. ¿Me comprendes?

—¿Es ésa mi labor? —preguntó Thrower—. ¿Debo olvidar todo lo otro y dedicarme a guiar a esta criatura por el camino recto?

—Si muestras demasiado celo, sus padres te rechazarán. Debes llevar a cabo tu ministerio tal como lo habías planeado. Pero interiormente lo orientarás todo hacia este niño notable, con el afán de ganarlo para mi causa. Puesto que si no ha llegado a servirme a los catorce años, lo destruiré.

La mera imagen de Alvin Júnior herido o muerto resultó intolerable para Thrower. Le causó tal sensación de pérdida que no creyó que un padre o una madre pudieran sentirse peor que él.

—Haré cuanto esté en manos de un hombre débil para salvar a este niño —exclamó, y su voz fue casi un grito de angustia.

El Visitante asintió, lo obsequió con aquella espléndida y amorosa sonrisa y extendió su mano hacia Thrower.

—Confío en ti —dijo con dulzura. Sus palabras fueron como un bálsamo fresco sobre una herida ardiente—. Sé que lo harás bien. Y en lo que respecta al diablo, no debes sentir temor de él.

Thrower tomó la mano que se le ofrecía para cubrirla de besos, pero en lugar de tocar la carne, sus manos se cerraron sobre el aire. El Visitante había desaparecido.

Capítulo 9

TRUECACUENTOS

En otra época, recordaba Truecacuentos, podía trepar a un árbol por estos lares y pasear la vista sobre kilómetros y kilómetros de bosque ininterrumpido. En una época, los robles vivían cien años o más y sus troncos, cada vez más gruesos, formaban montañas de madera. En esa época, las hojas crecían tan frondosas sobre la tierra que había sitios desnudos a fuerza de no recibir la luz del sol.

Ahora, ese mundo de eterno crepúsculo se desvanecía. Todavía quedaban tramos de bosque primitivo donde los pieles rojas merodeaban silenciosos como ciervos y donde Truecacuentos se sentía como en la catedral del Dios más y mejor venerado. Pero esos sitios eran ya tan infrecuentes que, en su último año de viaje errante, Truecacuentos no había andado un solo día en que pudiese trepar a un árbol y ver la techumbre imperturbada del bosque. Entre el Hio y el Wobbish, todo el territorio estaba siendo poblado, en forma dispersa pero pareja, e incluso en ese momento, encaramado sobre un sauce en la cresta de un morón, Truecacuentos veía más de treinta chimeneas que arrojaban columnas de humo al aire frío del otoño. Y, en todas direcciones,; se habían despejado grandes retazos del bosque, donde la tierra se veía arada, sembrada, atendida, cosechada… Allí donde otrora los inmensos árboles ocultaban la tierra del ojo del cielo, hoy el suelo lleno de rastrojos se exponía desnudo, a la espera de que el invierno cubriera su desvergüenza.

Truecacuentos recordó su visión de Noé borracho. La había grabado para una edición del Génesis para escuelas dominicales de rito escocés. Noé, desnudo, con la boca abierta y un jarro medio vacío pendiente de sus dedos cerrados; no lejos, Cam, riendo con desdén; y Jafet y Sem, caminando; hacia su padre para echar sobre él un manto con que cubrirlo de modo que no viesen lo que su padre había expuesto en su embriaguez.

Con excitación eléctrica, Truecacuentos comprendió que en esa visión profética estaba el germen de ese preciso instante: él, Truecacuentos, encaramado sobre un árbol, observaba con estupor la tierra desnuda, aguardando el púdico manto del invierno. Era una profecía hecha realidad. Algo que cabía desear mas no esperar durante la existencia de uno.

Pero tal vez la historia de Noé borracho no fuese la imagen de ese momento en absoluto. ¿Por qué no a la inversa? ¿Y si la tierra pelada fuese una imagen de Noé borracho?

Al llegar al suelo, Truecacuentos estaba de mal humor. Pensaba y pensaba, trata de abrir su mente para ver visiones, para ser un buen profeta. Pero cada vez que creía tener algo firme y seguro se le escurría y cambiaba. Un pensamiento se convertía en muchos, y toda la trama se deshacía, tan incierta como antes.

Al pie del árbol abrió su petate. Tomó el libro de cuentos que había iniciado para el viejo Ben allá por el 85. Con cuidado desató la parte sellada, cerró los ojos y pasó las páginas.

Abrió los ojos y vio que sus dedos descansaban sobre los Proverbios del Infierno. Desde luego, así tenía que ser en un momento semejante. Sus dedos tocaban dos proverbios, ambos escritos de su puño y letra. Uno no significaba nada, pero el otro parecía apropiado: «El tonto no ve el mismo árbol que el sabio.»

Pero cuanto más trataba de desentrañar el significado de ese proverbio en ese momento, menos relación hallaba, salvo que hacía mención de los árboles. Conque prefirió dedicarse al primer proverbio: «El necio que persiste en su necedad acaba por ser sabio.»

Ah. Después de todo, eso iba para él. Era la voz de la profecía registrada cuando vivía en Filadelfia, antes aun de que iniciara su travesía, una noche en que el Libro de los Proverbios cobró vida para él y vio como en letras de fuego las palabras que deberían haber sido incluidas. Esa noche había permanecido en vela hasta que la luz del amanecer acabó con las llamaradas de la página. Cuando el viejo Ben subió las escaleras estruendosamente en busca de su desayuno, se detuvo a olisquear el aire.

—Humo —dijo—. ¿No habrás estado tratando de incendiar la casa, verdad, Bill?

—No, señor —respondió Truecacuentos—. Pero ví en una visión lo que Dios quiso que dijera el Libro de los Proverbios, y lo anoté todo.

—Las visiones te obsesionan —aseguró el viejo Ben—. La única visión verdadera no es la que proviene de Dios, sino de lo más recóndito de la mente humana. Escríbelo como proverbio, si eso deseas. Es demasiado agnóstico para que yo lo emplee en el Almanaque del Pobre Richard. —Mire —dijo Truecacuentos. El viejo Ben miró, y vio morir las últimas llamas. —Que me aspen, es el truco más ingenioso que he visto hacer con letras. Y dijiste que no eras brujo…

—No lo soy. Ha sido un obsequio divino. —¿Divino o diabólico? Cuando te rodee la luz, Bill, ¿cómo sabrás si es la gloria de Dios o las llamas del infierno?

—No lo sé —repuso Truecacuentos, cada vez más confundido. Era joven, entonces. No llegaba a los treinta años, y era fácil que se sintiera confundido en presencia del gran hombre.

—O tal vez tú mismo te hiciste el obsequio, ya que deseas la verdad con tal ardor… —El viejo Ben inclinó la cabeza para examinar las páginas de los Proverbios a través de la porción inferior de sus lentes bifocales—. Las letras han sido quemadas. Qué curioso, ¿verdad?, que me llamen mago a mí, que no lo soy, y que tú que lo eres te niegues a admitirlo.

—Soy un profeta… aspiro a serlo. —Si alguna de tus profecías se torna realidad, Bill Blake, te creeré, pero no antes de que eso ocurra.

En los años siguientes, Truecacuentos había ansiado el cumplimiento de una sola profecía siquiera. Pero cada vez que creía estar ante ese cumplimiento escuchaba la voz del viejo Ben en su mente, ofreciendo otra explicación válida, burlándose de él por creer que pudiera haber alguna otra relación entre la profecía y la realidad.

—No es verdadera—solía decir el viejo Ben—. Útil, sí. Eso ya es algo. Tu mente ha establecido una relación útil. Pero verdadera ya es otro cantar. Verdadera sería si tu relación existiera independientemente de que tú te percatases de ella, si existiera ya fuese que la descubrieses o no. Y debo decir que en toda mi vida no he hallado tal relación. A veces sospecho que no puede haberla. Que todos los lazos, conexiones, vínculos y semejanzas son criaturas de nuestro pensamiento y carecen de sustancia.