—Entonces, ¿por qué la tierra no se disuelve bajo nuestros pies? —preguntaba Truecacuentos. —Porque hemos conseguido convencerla de que no deje pasar nuestros cuerpos. Tal vez fue sir Isaac Newton. Era un tipo tan persuasivo… Los seres humanos acaso duden de él, pero la tierra le cree, y por eso resiste. —El viejo Ben se echaba a reír. Para él todo era motivo de broma. Ni siquiera podía llegar a tomar en serio su propio escepticismo.
Ahora, sentado al pie del árbol, con los ojos cerrados, Truecacuentos volvió a establecer relaciones: el relato de Noé con el viejo Ben. El viejo Ben era Cam, quien veía la verdad desnuda, vergonzosa y sin dobleces, y se reía de ella, mientras los hijos leales de la Iglesia y la Universidad regresaban a cubrirla para que la tonta verdad no pudiese ser vista. Así, el mundo seguía pensando que la verdad era firme y orgullosa, sin haberla visto realmente siquiera un instante fugaz.
Esta relación es verdadera, pensó Truecacuentos. Ése es el significado de la historia. El cumplimiento de la profecía. La verdad es ridícula cuando se la ve, y si alguien quiere venerarla jamás debe permitirse verla.
En ese momento de revelación, Truecacuentos se puso en pie de un salto. Debía encontrar a alguien de inmediato. Alguien a quien contar su gran descubrimiento mientras todavía creyese en él. Como decía su propio proverbio: «La cisterna contiene, la fuente desborda.» Si no contaba su cuento, éste se volvería hediondo y putrefacto, se consumiría en su interior, mientras que al explicarlo haría que permaneciera fresco y virtuoso.
¿Hacia dónde? El camino del bosque, a tres pasos de él, conducía hacia una gran iglesia blanca con un campanario alto como un roble. La había visto desde la copa del árbol, a un kilómetro de distancia. Era el edificio más elevado que Truecacuentos veía desde la última vez que había estado en Filadelfia. Un recinto de semejantes dimensiones donde la gente pudiera reunirse significaba que los pobladores de esta región creían tener lugar de sobra para los recién llegados. Buena señal para un narrador de cuentos itinerante, ya que él vivía de la confianza ajena, de la fe de quien lo acogiera y lo alimentara cuando no tenía nada con qué pagar salvo su libro, sus recuerdos, dos brazos fuertes y un par de piernas firmes que lo habían aguantado durante diez mil kilómetros y aún servirían al menos para cinco mil más.
El camino se veía surcado por huellas de carretas, lo cual era indicio de que se usaba a menudo, y en los sitios bajos estaba reforzado con rieles que formaban un buen camino de rollizos para que las carretas no se hundieran en el suelo empapado por las lluvias. De modo que esto pensaba convertirse en un pueblo… La inmensa iglesia tal vez no hablara de un espíritu abierto, sino más bien de ambición. Ése era el peligro de juzgar las cosas, pensó Truecacuentos. Cada efecto tiene cientos de causas posibles, y cada causa, cientos de efectos posibles. Se le ocurrió anotar ese pensamiento, pero se decidió por lo contrario. No había más huellas en él que las de su propia alma. No había trazas del cielo ni del infierno. Y esto le permitió saber que no había sido un regalo. Era un pensamiento forzado por sí mismo. De modo que no podía tratarse de una profecía, ni tampoco ser cierto.
El camino terminaba en un ejido cercano a un río. Truecacuentos lo supo por el olor a agua presurosa. Tenía buen olfato. Alrededor del ejido había varias construcciones dispersas, la más grande de las cuales era un edificio encalado de dos pisos, con tinglado y un pequeño letrero que decía «Weaver's».
Ahora bien, cuando una casa tenía un cartel sobre su fachada, Truecacuentos lo sabía, por lo general era que su dueño deseaba que las gentes reconocieran el lugar aun cuando nadie les hubiera señalado el camino, lo cual es lo mismo que decir que la casa estaba abierta a los extraños. Truecacuentos se acercó sin vacilar y golpeó la puerta.
—¡Un minuto! —se escuchó un grito desde adentro.
Truecacuentos aguardó en el patio delantero. En un extremo había varias cestas colgantes, de las cuales pendían las largas hojas de diversas hierbas. Truecacuentos reconoció muchas de ellas: se empleaban en variadas artes, tales como la curación, el recuerdo, el hallazgo de cosas perdidas o para sellar recipientes. Y vio que las cestas estaban dispuestas de tal modo que, vistas desde un punto cercano a la base de la puerta, formaban un conjuro perfecto. En realidad, el efecto era tan pronunciado que Truecacuentos se puso en cuclillas y finalmente se tendió sobre el patio para apreciarlo debidamente. Los colores pintarrajeados en las cestas, exactamente en los puntos apropiados, revelaban que no se trataba de una disposición accidental. Era un exquisito conjuro para la protección, orientado hacia la salida principal.
Truecacuentos trató de pensar por qué razón alguien pondría un conjuro tan poderoso y a la vez buscaría ocultarlo. Pues Truecacuentos era probablemente la única persona capaz de sentir la oleada de poder que emitía algo tan pasivo como un conjuro y así detectarlo.
Todavía estaba echado en el suelo, pensando en este enigma, cuando la puerta se abrió y asomó un hombre.
—Veo que está muy cansado, desconocido…
Truecacuentos se puso de pie de un salto.
—Admiraba la disposición de sus hierbas. Es un verdadero jardín aéreo, señor.
—Es de mi esposa —dijo el hombre—. Siempre anda ocupada con sus plantas. Tienen que estar de ese modo…
¿Se encontraba ante un mentiroso? No, decidió Truecacuentos. No trataba de ocultar el hecho de que las cestas formaban un conjuro y que las hojas colgantes se entrelazaban de determinada manera. Sencillamente lo ignoraba. Alguien… probablemente su esposa, si éste era su jardín, había erigido una protección para ese hogar, y el esposo ni siquiera lo sospechaba.
—Me parece muy bonito —comentó Truecacuentos.
—Me preguntaba cómo podía ser que alguien hubiese llegado hasta aquí sin que escuchara la carreta ni los caballos. Pero por lo que veo, ha venido a pie.
—Así es, señor —repuso Truecacuentos.
—Y en su petate no parece haber gran cosa para vender…
—No vendo cosas, señor.
—¿Qué entonces? ¿Qué puede venderse que no sea una cosa?
—Trabajo, por ejemplo —respondió Truecacuentos—. Trabajo a cambio de comida y albergue.
—Ya es usted mayorcito para andar vagabundeando.
—Nací en el cincuenta y siete, conque todavía me quedan diecisiete años hasta que se me acabe la cuerda. Además, tengo un par de dones…
De inmediato el hombre pareció alejarse. No físicamente, sino con la mirada. Dijo:
—Mi esposa y yo nos las arreglamos bien con nuestro propio trabajo aquí, dado que nuestros hijos son pequeños aún. No necesitamos ayuda.
Ahora, detrás de él había una mujer, una joven todavía fresca y de cutis terso, aunque a la vez grave. Tenía un pequeño en sus brazos. Le habló al marido:
—Soldado de Dios, tenemos suficiente para dar de comer a uno más esta noche…
Al oír eso, el rostro del hombre se obstinó.
—Mi esposa es más generosa que yo, desconocido. Se lo diré sin rodeos. Usted habló de tener ciertos dones y, según mi experiencia, eso significa que cree ejercer poderes ocultos. Y no pienso albergar tales blasfemias en una casa cristiana.
Truecacuentos lo miró con dureza, y luego sus ojos se atemperaron al reposar sobre la mujer. Conque así eran las cosas en esa casa: la esposa haciendo todos los conjuros y hechizos que pudiera ocultar a su esposo y él rechazando de plano la menor señal de encantamientos. Truecacuentos se preguntó qué llegaría a suceder con la mujer si el marido se enteraba de la verdad. El hombre —¿Soldado de Dios? —no parecía ser de los capaces de asesinar, pero nunca podía saberse cuánta violencia podía bullir por las venas de un hombre cuando su ira se desbordaba.