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Truecacuentos no estaba tan seguro. Nunca hacía más de tres visitas en un mismo lugar. Si al tercer intento no era acogido en ninguna casa, lo mejor era irse a otra parte. Esta vez, su primera posta había sido infrecuentemente aciaga, y la segunda, peor aún.

Pero su inquietud no provenía de la posibilidad de que le fuese mal. Aunque en este último sitio le besaran los pies, Truecacuentos era reacio a permanecer allí. Estaba en un pueblo tan cristiano que su principal poblador no estaba dispuesto a permitir la presencia de poderes ocultos en su casa. Y sin embargo, el mismo altar de la iglesia tenía las huellas del demonio. Lo peor era el engaño. Los poderes ocultos se usaban en las propias narices de Soldado de Dios, y quien lo hacía era la persona que más amaba y en la que más confiaba. Mientras que en la iglesia, el predicador estaba convencido de que el altar había sido consagrado por Dios y no por el diablo. ¿Que podía esperar Truecacuentos de esta región montañosa sino más locura, más engaños? La gente aviesa se mezcla con los de su clase. Truecacuentos lo sabía bien por propia experiencia.

La mujer tenía razón: los arroyos estaban franqueados por puentes. Pero ni siquiera esto era un buen augurio. Levantar puentes sobre los ríos era una necesidad; hacerlo en un arroyo ancho, una gentileza para con los viajeros. Pero, ¿para qué habrían levantado puentes tan elaborados sobre vados tan poco profundos que hasta un anciano como Truecacuentos podía saltar sin mojarse un pie? Eran puentes sólidos, que terminaban bien en tierra firme, y ambos tenían techos de factura cuidadosa. La gente paga dinero por alojarse en hosterías menos firmes y secas que estos puentes, pensó Truecacuentos.

Sin duda, esto significaba que la gente que vivía al otro lado de la senda era al menos tan extraña como los que hasta ahora había conocido. Sería mejor que diera la vuelta. La prudencia le exigía regresar.

Pero la prudencia no era precisamente el punto fuerte de Truecacuentos. Eso le había dicho el viejo Ben, años atrás.

—Un buen día entrarás en la misma boca del infierno, Bill, sólo para descubrir si el diablo tiene caries en los dientes.

Los puentes debían tener alguna razón, y Truecacuentos pensó que la historia podía valer la pena, una vez recogida en su libro.

Después de todo, era menos de un kilómetro. Cuando parecía que el sendero estaba a punto de perderse en la espesura impenetrable, giró abruptamente hacia el norte y desembocó en el rincón más bonito que Truecacuentos recordaba haber visitado. Ni siquiera había visto un sitio así en los plácidos poblados de Nueva Orange y Pensilvania. La casa era grande y hermosa, con troncos torneados para demostrar que su intención era que perdurase. Y había graneros, corrales, gallineros y cobertizos, lo cual hacía del paraje casi una aldea en sí mismo. A media milla se elevaba una columna de humo, lo que le indicaba que sus suposiciones eran acertadas. Había otra vivienda cerca, sobre el mismo sendero, muy probablemente la de algún familiar. Hijos casados, casi seguro, que cultivaban la tierra con el resto de la familia para provecho de todos. Eso era buena cosa, estimó Truecacuentos. Si los hermanos sabían crecer en armonía y tenerse afecto —suficiente para arar los campos del otro, era buena cosa.

Truecacuentos se encaminó resueltamente hacia la casa. Era mejor anunciarse de una buena vez en lugar de andarse merodeando y exponerse a que lo tomaran a uno por ladrón. Pero en esa ocasión, en cuanto pensó en dirigirse a la casa se sintió extraviado de inmediato, incapaz de recordar su propósito. Era un embrujo tan poderoso que sólo advirtió su influencia cuando ya estaba a mitad de la colina, avanzando en dirección a un edificio de piedra que se alzaba junto al vado. Se detuvo bruscamente, despavorido. Nadie tenía poder suficiente para hacerle dar media vuelta sin que pudiera advertir lo que sucedía. Era un sitio tan extraño como los otros dos y no quería tener nada que ver con él.

Pero cuando trató de regresar por el mismo camino que había seguido volvió a sucederle la misma cosa. Se encontró yendo por la colina hacia la construcción de piedra.

Nuevamente hizo un alto, y esta vez murmuró:

—Quienquiera que seas, sea cual fuere tu deseo, iré por mi propia voluntad o no iré.

Y de inmediato una brisa lo empujó por detrás hacia el edificio. Pero sabía que si quería podría volver atrás. Contra la brisa, sí, pero podía hacerlo. Aquello lo serenó considerablemente. El embrujo que estaba actuando sobre él no pretendía esclavizarlo. Y eso, como bien sabía, era una de las señales de un buen hechizo. No las cadenas ocultas de un torturador.

El camino giraba un tanto hacia la izquierda, a lo largo del arroyo. Ya podía darse cuenta de que la construcción era un molino, puesto que tenía un saetín y cerca del flujo del agua se veía el marco de una inmensa rueda. Pero en el saetín no caía agua ese día, y supo por qué al acercarse más y mirar a través de la gigantesca puerta, más propia de un granero. No era que lo hubieran clausurado durante el invierno. Nunca lo habían usado como molino. Los engranajes estaban en su sitio, pero faltaba la inmensa piedra redonda de molino. Toda la estructura de palancas y cantos rodados aguardaba intacta.

Y debía aguardar desde hacía largo tiempo. La construcción al menos databa de unos cinco años atrás, a juzgar por las enredaderas y el musgo que cubrían las paredes. Habría llevado no poca labor construir semejante molino, y sin embargo lo usaban como depósito de heno.

Al otro lado de la gran puerta, una carreta se mecía a un lado y a otro mientras dos niños forcejeaban sobre el cargamento de heno. Era una riña amistosa. Obviamente, se trataba de dos hermanos, uno de unos doce años, y el otro acaso de nueve, y la única razón por la cual el menor no era lanzado fuera de la carreta era porque el mayor no podía contener la risa. Desde luego, no reparó en Truecacuentos.

Tampoco advirtieron al hombre que estaba de pie en el borde del altillo, horquilla en mano, mirándolos. Al principio Truecacuentos pensó que era una mirada de orgullo, propia de un padre. Pero luego se fijó en la forma en que tomaba la horquilla. Era como una jabalina, lista para ser lanzada. Durante un fugaz instante, Truecacuentos vio lo que sucedería: la horquilla arrojada, hundiéndose en la carne de uno de los niños, para matarlo sin duda, si no de inmediato, al cabo de poco tiempo, de gangrena o bien desangrado. Lo que Truecacuentos vio fue un asesinato.

—¡No!—gritó.

Corrió desde la puerta hacia la carreta, mirando al hombre que estaba en lo alto.

El hombre hundió la horquilla en el heno, a su lado, y lanzó el forraje por los aires a la carreta. Los niños casi quedaron sepultados bajo el heno.

—Os traje aquí para que trabajarais, cachorros, no para que os enzarzarais de ese modo. —El hombre sonreía y bromeaba. Hizo un guiño a Truecacuentos. Como si un segundo atrás la muerte no hubiera asomado a sus ojos.

—¿Cómo anda, joven amigo? —preguntó el hombre.

—No tan joven —repuso Truecacuentos. Se quitó el sombrero para dejar ver su cabeza rala.

Los niños asomaron por entre la paja.

—¿Por qué nos gritaba, señor? —preguntó el menor.

—Tuve miedo de que alguien saliera lastimado —respondió.

—Ah, pero si siempre estamos peleando así —dijo el mayor—. Venga esa mano, amigo. Me llamo Alvin, como Papá. —La sonrisa del pequeño era contagiosa. Había sido un día de mucho susto y muchas sombras y Truecacuentos no halló otra opción que devolver la sonrisa y tomar la mano que se le ofrecía. Alvin Júnior daba la mano como un adulto. Era un joven muy fuerte. Truecacuentos lo comentó.