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Tenía gracia. Cualquier otro día sólo debía extender la mano sin pensar y allí aparecía la prenda que necesitaba. Camisa, pantalones, calcetines, zapatos. Siempre a mano, cada vez que los necesitaba. Pero los domingos por la mañana parecía que la ropa se escabullía de entre sus dedos. Buscaba la camisa y aparecían los pantalones. Buscaba un calcetín y venía un zapato, una y otra vez. Era como si las ropas no quisieran estar sobre su cuerpo, igual que él no deseaba que estuvieran.

De modo que cuando Mamá abrió la puerta de golpe, no era totalmente culpa de Alvin si todavía no se había puesto los pantalones.

—¡Te has perdido el desayuno! ¡Todavía estás a medio vestir! Si crees que por tu culpa toda la familia habrá de presentarse tarde a la iglesia, más vale…

—…que vayas pensando otra cosa—dijo Alvin.

No era culpa suya si ella siempre decía lo mismo. Pero se enfureció con él, como si todavía tuviera que hacerse el sorprendido al escucharla decir la misma cantinela por vigésima vez desde el verano. Ay, ya estaba por darle una buena zurra o llamar a Papá para que él lo hiciera, lo cual era peor. Pero entonces Truecacuentos apareció para salvarlo.

—Mi buena Fe —intervino Truecacuentos—. Si usted quisiera seguir adelante con los demás, me sentiría muy feliz de ocuparme de que él fuera a la iglesia.

Apenas habló Truecacuentos, Mamá se dio la vuelta e intentó ocultar lo furiosa que estaba. Y Alvin no perdió la oportunidad de hacer un conjuro para calmarla. Con la mano derecha, para que no lo viese, pues si llegaba a verlo haciendo un conjuro sobre ella le partiría el brazo, y en esa amenaza Alvin creía de verdad. Los conjuros para calmar no actúan tan bien sin tocar a la persona, pero esta vez funcionó por todo el afán que ella ponía en parecer serena delante de Truecacuentos.

—No quiero causarle ninguna molestia —se excusó Mamá.

—No es molestia, mi buena Fe —aseguró Truecacuentos—. Es poco comparado con todas las gentilezas que usted tiene para conmigo.

—¡Poco! —El tono áspero ya casi había desaparecido de su voz—. Mi esposo dice que usté hace el trabajo de dos hombres. Y cuando cuenta sus cuentos a los pequeños, esta casa está más tranquila que… que nunca, si me pongo a pensarlo. —Se volvió hacia Alvin, pero esta vez con ira más fingida que auténtica—. ¿Harás lo que te diga Truecacuentos e irás a la iglesia rápido como el rayo?…

—Sí, Mamá —repuso Alvin Júnior—. Todo lo rápido que pueda.

—Muy bien entonces. Gracias, Truecacuentos. Si puede hacer que este niño le obedezca, es más de lo que nadie ha podido conseguir desde que aprendió a hablar.

—Es un verdadero bribón —afirmó Mary, desde el pasillo.

—Y tú cierra la boca, Mary —ordenó Mamá—, o te meteré el labio en la nariz y lo atascaré allí para mantenerlo bien cerrado.

Alvin suspiró aliviado. Cuando Mamá formulaba amenazas imposibles era que ya no estaba tan enojada. Mary alzó la nariz, ofendida, y desapareció del corredor, pero Alvin ni siquiera pensó en ella. Sonrió a Truecacuentos y el hombre le devolvió la sonrisa.

—Veo que te cuesta vestirse para ir a la iglesia, ¿eh, hijo?

—Preferiría untarme de manteca y caminar entre una horda de osos hambrientos —repuso Alvin Júnior.

—Son más los que sobreviven a las iglesias que a los encuentros con osos…

—No lo creo.

No tardó en vestirse. Pero pudo persuadir a Truecacuentos de que tomaran por el atajo, lo cual significaba caminar por entre el bosque, sobre la colina que asomaba detrás de la casa, en lugar de ir por el camino. Como afuera hacía frío, no había llovido en varios días y no estaba por nevar, no habría barro y probablemente Mamá nunca se enterase. Y nada que Mamá no supiera podía hacerle daño.

—He notado —comentaba Truecacuentos mientras ascendían la ladera cubierta de hojarasca— que tu padre no va a la iglesia con tu madre, Cally y tus hermanas.

—No va a esa iglesia. Dice que el reverendo Thrower lo que tiene de reverendo lo tiene de imbécil. Claro que no lo dice cuando Mamá puede oírle.

—Me lo figuro —respondió Truecacuentos.

Se detuvieron en lo alto de la colina y miraron el valle abierto hacia la iglesia. La propia colina sobre la que se erigía la iglesia impedía que se viera el pueblo de Vigor. La escarcha comenzaba a derretirse sobre la parda hierba del otoño; la iglesia parecía ser lo mas blanco en un mundo de blancura y el sol refulgía sobre ella como si fuese otro astro.

Alvin veía las carretas que llegaban al lugar y los caballos que eran atados a los postes. Si se apresuraban, acaso estarían en sus asientos antes de que el reverendo Thrower comenzara el salmo.

Pero Truecacuentos no descendió por la colina. Se sentó sobre un tocón y comenzó a recitar un poema. Alvin lo escuchó inmóvil, pues por lo general los poemas de Truecacuentos solían ser especialmente bellos.

Fueron mis pasos al Jardín de Amor y vi allí lo que jamás antes viera: en la hierba de mis juegos más tiernos, una capilla vestida de nieblas.

Y en la capilla, las puertas cerradas; sobre ellas escrita una condena. Me volví entonces al Jardín de Amor, al jardín de las dulces flores frescas.

Y vi que estaba sembrado de tumbas y lápidas donde hubo flores frescas, mientras clérigos en procesión sombría cercenaban mis gozos y quimeras.

Vaya, Truecacuentos tenía un don, a ver si no, pues cuando recitaba, el mundo mismo cambiaba ante los ojos de Alvin. Los valles y árboles parecían el grito más estruendoso de la primavera, vivida en su verde dorado y en sus diez mil capullos, y la nívea capilla en la niebla ya no brillaba, no. En su lugar, huesos viejos y polvorientos, blancos como la tiza.

—Cercenando mis gozos y quimeras… —repitió Alvin—. Veo que no haces buenas migas con la religión.

—En cada aliento respiro religión —dijo Truecacuentos—. Anhelo visiones, busco las huellas de la mano de Dios. Pero, en este mundo, antes veo huellas de otra mano. Es un hilo de baba brillante que me quema al tocarlo. Dios nos tiene medio olvidados en estos días, Al, pero al parecer Satán no teme hundirse en la ciénaga con la humanidad.

—Thrower dice que su iglesia es la casa de Dios…

Y Truecacuentos permaneció sentado, sin articular palabra durante largo rato.

Finalmente, Alvin se lo preguntó sin rodeos:

—Dime, ¿alguna vez has visto señas del diablo en esa iglesia?

En los días que Truecacuentos llevaba con ellos, Alvin había notado que el hombre nunca mentía exactamente. Pero cuando no quería dar la respuesta verdadera, recitaba un poema. Esa vez lo hizo.

Oh, Rosa, enferma estás. La invisible larva que vuela en la noche, en la vil ráfaga,

ha hallado tu lecho de dicha escarlata y su amor perverso con tu vida acaba.

Las respuestas enrevesadas impacientaban a Alvin.

—Para escuchar algo que no comprendo me basta con leer a Isaías…

—Ah, niño, que me compares con el más grande de los profetas suena a música celestial en mis oídos.

—No veo de qué sirve ser tan gran profeta si nadie entiende lo que dices…

—O tal vez lo que quiso es que todos fuéramos profetas.

—No me gustan los profetas —aseguró Alvin—. En mi opinión, acaban todos tan muertos como el que más. —Era algo que había oído decir a su padre.

—Todos acaban muriendo—dijo Truecacuentos—. Pero algunos sobreviven en sus palabras.

—Las palabras nunca son lo que deben ser —repuso el niño—. Pero cuando hago una cosa, es la cosa que he hecho. Como cuando hago una cesta: es una cesta. Cuando se rompe, es una cesta rota. Pero cuando digo palabras, pueden mezclarse y confundirse. Thrower puede tomar mis propias palabras y darles la vuelta y hacer que digan lo contrario.