—Calla y escucha la historia —dijo Truecacuentos.
Alvin estaba acostumbrado a oírle decir eso. A Alvin se lo decía con más frecuencia que a ningún otro, sobrinitos incluidos.
—No estoy hablando del bien y el mal —dijo Truecacuentos—. Hasta el mismo diablo no puede permitirse eso de andar deshaciéndolo todo, pues en ese caso él también dejaría de existir, como todo lo demás. Las criaturas más perversas no desean la destrucción de todo, sino sólo explotarlo en provecho propio.
Alvin nunca antes había oído la palabra «explotarlo», pero le pareció horrible.
—Por ello, en la gran guerra entre el Deshacedor y todo lo demás, Dios y el diablo deberían estar en el mismo bando. Pero el diablo no lo sabe, y por ello demasiado a menudo acaba sirviendo al Deshacedor.
—¿Quieres decir que el diablo va a acabar por derrotarse a sí mismo?
—Mi historia no se refiere al diablo —repuso Truecacuentos. Cuando se le ocurría contar una historia, era más tenaz que la lluvia—. En la gran guerra contra el Deshacedor de tu visión, todos los hombres y mujeres del mundo deberían ser aliados. Pero el gran enemigo se mantiene invisible, de modo que nadie advierte estar sirviéndole involuntariamente. Nadie comprende que la guerra es el aliado del Deshacedor, puesto que destruye todo lo que toca. Nadie comprende que el fuego, el crimen, la muerte, la concupiscencia y la codicia destruyen los frágiles lazos que convierten a los seres humanos en naciones, ciudades, familias, amigos y almas.
— Oye, debes de ser un profeta — dijo Alvin —, porque no entiendo nada de lo que dices.
— Profeta… — murmuró Truecacuentos —, pero fueron tus ojos los que lo vieron. Ahora conozco la agonía de Aarón: hablar con verdad, mas nunca ver la visión con los propios ojos.
— Estás exagerando con mis pesadillas. Truecacuentos permaneció en silencio, sentado en el suelo, con los codos sobre las rodillas y el mentón aplastado contra las palmas de las manos. Alvin trató de imaginar a qué se refería el hombre. Sin duda alguna, lo que él veía en sus sueños no era una cosa, eso seguro, por tanto, hablar del Deshacedor como si fuera una persona debía de ser una licencia poética. Pero tal vez fuese verdad y el Deshacedor no fuera una mera imaginación de su mente, sino algo real, y Al fuese el único capaz de verlo. Tal vez el mundo entero estuviera en un terrible peligro y la misión de Alvin fuera combatirlo, mantener a raya a ese ser, forzarlo a replegarse. Cuando el sueño lo acosaba, así era por cierto: Alvin no podía tolerarlo, quería alejarlo. Pero nunca lograba adivinar cómo.
— Supongamos que te creo — concedió Al. Supongamos que existiera ese Deshacedor.
Yo no puedo hacer nada de nada. Una sonrisa asomó lentamente al rostro de Truecacuentos. Se inclinó un poco de lado para liberar su mano, y con ella fue hasta el suelo sin premura y recogió la cestilla de hierba que yacía sobre el suelo.
—¿Esto te parece nada de nada?
—No es más que un puñado de hierba.
—Era un puñado de hierba —dijo Truecacuentos—. Y si tú lo destruyeras volvería a serlo. Pero ahora, en este mismo instante, es algo más que eso.
—Es una cestilla para bichos.
—Es algo hecho por ti.
—Bueno, sí. Es verdad que la hierba no crece con esta forma…
—Y cuando lo hiciste, derrotaste al Deshacedor.
—No por mucho.
—No —negó Truecacuentos—. Por haber hecho una canastilla para bichos. Por haber hecho tan poco lo derrotaste.
Y entonces la mente de Alvin vio con claridad lo que Truecacuentos trataba de decirle. Alvin conocía toda clase de opuestos en el mundo: el bien y el mal, la luz y la oscuridad, los libres y los esclavos, el amor y el odio… Pero por debajo de todos esos opuestos estaban el hacer y el deshacer. Tan profundamente que casi nadie advertía que era el oponente más formidable de todos. Pero él lo sabía, y eso hacía del Deshacedor su enemigo. Por eso el Deshacedor venía tras él en sueños. Después de todo, Alvin tenía sus dones. Tenía el don de poner las cosas en orden, de dar a las cosas la forma que debían tener.
—Creo que mi visión verdadera tenía que ver con eso mismo —comentó Alvin.
—No tienes que hablarme del Hombre Refulgente —lo detuvo Truecacuentos—. Nunca es mi intención fisgonear.
—¿Qué quieres decir? ¿Que fisgoneas por accidente?
Ésa era la clase de observaciones que en casa le valían un buen sopapo, pero Truecacuentos se contentó con echarse a reír.
—Hice algo malo sin saberlo siquiera —dijo Alvin—. Apareció el Hombre Refulgente y se detuvo a los pies de mi cama, y primero me mostró una visión de lo que había hecho, y así supe que había sido algo malo. Te digo que hasta lloré al saber que yo era tan pero tan malo. Pero luego me mostró para qué servía mi don, y ahora veo que es lo mismo de lo que tú hablas. Vi una piedra, la extraje de una montaña y era redonda como una bola, y al mirar de cerca vi que era el mundo entero, con bosques y animales, océanos y peces. Todo eso estaba allí. Y para eso sirve mi don: para intentar poner en orden las cosas.
Los ojos de Truecacuentos centelleaban.
—El Hombre Refulgente te mostró una visión… como la que yo daría la vida por poder ver.
—Todo porque había usado mi don para dañar a los demás por propio placer —explicó Alvin—. Entonces hice una promesa, mi juramento más solemne: que jamás usaría mi don en beneficio propio. Sólo para los demás.
—Una buena promesa —afirmó Truecacuentos—. Ojalá que todos los hombres y mujeres del mundo hicieran un juramento así y lo mantuvieran.
—De todas formas, por eso sé que el… Deshacedor no es una visión. El Hombre Refulgente tampoco era una visión. Sí lo fue lo que él me mostró, pero él, allí de pie… era bien real.
—¿Y el Deshacedor?
—También es real. No sólo lo veo en mi mente. Está allí.
Truecacuentos asintió, sin apartar la mirada del rostro de Alvin.
—Tengo cosas que hacer. Más rápido de lo que él las deshace.
—Nadie puede hacer cosas tan rápido —aseguró Truecacuentos—. Si todos los hombres del mundo convirtieran el planeta en millones de millones de millones de millones de ladrillos y construyeran un muro durante todos los días de su vida, el muro se desmoronaría más rápido de lo que tardarían en construirlo. Partes del muro incluso caerían antes de que llegaran a levantarlas.
—Oye, eso es una estupidez —manifestó Alvin—. Una pared no puede derrumbarse antes de que uno la construya.
—Si tardan el tiempo necesario, los ladrillos se convertirán en polvo cuando los alcen, y sus propias manos se pudrirán y se les caerán a pedazos hasta llegar a los huesos, hasta que carne, ladrillo y hueso se mezclen en un mismo polvo indiscernible. Y entonces el Deshacedor estornudará, y el polvo se dispersará infinitamente de tal forma que nunca más volverá a unirse. El universo será frío, inmóvil, silencioso, oscuro, y por fin el Deshacedor hallará la paz.
Alvin trató de encontrar sentido a las palabras de Truecacuentos. Era como cuando Thrower hablaba de religión en la escuela, de modo que Alvin pensó que estaba haciendo algo peligroso. Pero no podía contenerse, no podía dejar de hacer preguntas, aun cuando eso enloqueciera a la gente que lo rodeaba.
—Si las cosas se deshacen más de prisa que lo que tardan en hacerse, ¿cómo es que todavía queda algo? ¿Cómo es que el Deshacedor no ha ganado? ¿Qué estamos haciendo aquí?
Pero Truecacuentos no era el reverendo Thrower. Las preguntas de Alvin no lo irritaban. Sólo frunció las cejas y sacudió la cabeza.
—No lo sé. Tienes razón. No podemos estar aquí. Nuestra existencia es imposible…
—Bueno, por si aún no te has dado cuenta, estamos aquí —dijo Alvin—. Es un cuento bastante estúpido, yo diría: nos basta con mirarnos para saber que no es cierto…