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Alvin habría respondido, pero justo en ese momento llegaron al porche de la casa, y antes de que llegaran a la puerta, ésta se abrió de par en par y ante sus ojos apareció Mamá. La expresión de su rostro indicó a Alvin que se hallaba en problemas, y sabía por qué.

—¡Pensaba ir a la iglesia, Mamá…!

—Mucha gente muerta piensa ir al cielo —respondió ella—, pero nunca llegan tampoco.

—Ha sido culpa mía, señora Fe —intervino Truecacuentos.

—No, seguro que no, Truecacuentos —afirmó Mamá.

—Nos pusimos a conversar, mi buena Fe, y temo que distraje al niño…

—El niño nació distraído —manifestó Mamá, sin apartar los ojos de Alvin—. Va por el mismo camino de su padre. Si uno no lo embrida, lo pone en la montura y lo arrastra a la iglesia, jamás logra que ponga un pie en ella, y una vez dentro hay que clavarle los pies al suelo para que no esté en la puerta antes de un minuto. Un niño de diez años que odia al Señor, basta para que su madre desee que nunca hubiese nacido.

Las palabras resonaron profundamente en el corazón del pequeño.

—Es terrible desear algo así… —comentó Truecacuentos. Su voz era muy serena.

Finalmente, Mamá levantó la vista y miró el rostro del anciano.

—No lo deseo realmente —dijo por fin.

—Lo siento, Mamá—se disculpó Alvin Júnior.

—Entrad —ordenó Mamá—. Me fui de la iglesia para salir a buscarte, y ya no hay tiempo para regresar antes de que concluya el sermón.

—Estuvimos hablando de muchísimas cosas, Mamá —explicó Alvin—. De mis sueños, de Ben Franklin y de…

—La única historia que deseo escuchar de ti —dijo Mamá— es la letra de los salmos. Ya que no has ido a la iglesia, te sentarás conmigo en la cocina y cantarás salmos mientras preparo la comida.

Y fue así como Alvin no pudo ver la frase del viejo Ben en el libro de Truecacuentos durante varias horas.

Mamá lo tuvo cantando hasta la hora de comer, y después de la comida, Papá, los chicos mayores y Truecacuentos se sentaron a planear la expedición del día siguiente para traer una rueda de molino desde la montaña de granito.

—Lo hago por usté —señaló Papá a Truecacuentos—, conque más vale que también venga.

—Jamás le pedí que trajera una piedra de molino…

—Desde que ha llegado aquí no ha pasado día sin que hiciera algún comentario sobre qué lástima que un molino tan bello sólo se use como cobertizo para el heno, cuando la gente del lugar necesita harina. —Si mal no recuerdo, sólo lo he dicho una vez. —Bueno, será —admitió Papá—. Pero cada vez que lo veo pienso en la rueda del molino.

—Ah, pero eso es porque sigue deseando que la rueda hubiese estado allí cuando me arrojó al suelo. —¡No puede desear eso —intervino Cally—, porque entonces usted estaría muerto!

Truecacuentos se limitó a sonreír, y Papá le devolvió la sonrisa. Y siguieron hablando de esto y de lo otro.

Entonces las cuñadas trajeron a los sobrinos y nietos para la cena del domingo y pidieron a Truecacuentos que les cantara la canción de la risa tantas veces que Alvin se dijo que gritaría si volvía a escuchar una vez más otro estribillo de «Ja, ja, jíii». Sólo después de la cena, una vez que los sobrinos y nietos se hubieron marchado, Truecacuentos apareció con su libro.

—Me preguntaba si alguna vez abriría ese libro —dijo Papá.

—Sólo aguardaba el momento oportuno. —Truecacuentos procedió a explicar cómo era que la gente escribía allí sus hechos más importantes.

—No pretenderá que yo escriba ahí —dijo Papá.

—¡Oh, eso es algo que no permitiría! No aún. Todavía no me ha contado su hecho más importante. —La voz de Truecacuentos se hizo más tenue—. Tal vez todavía no haya hecho su acción más importante…

Entonces Papá se enfadó un poco, o tal vez era un poco de miedo. Sea lo que fuere, se puso de pie y se acercó.

—Muéstreme qué hay en ese libro que los demás creen tan condenadamente importante.

—Mm—dijo Truecacuentos—. ¿Sabe leer?

—Pues sepa usté que recibí una educación yanqui en Massachussets antes de casarme y asentarme como molinero en West Hampshire, mucho antes de llegar aquí. Tal vez no pueda compararse con una educación londinense como la de usté, Truecacuentos, pero no sabrá escribir la palabra que yo no pueda leer, a menos que sea en latín…

Truecacuentos no respondió. Simplemente abrió el libro. Papá leyó la primera oración. «La única cosa que hice realmente en toda mi vida fue americanos.» Papá miró a Truecacuentos.

—¿Quién escribió eso?

—El viejo Ben Franklin.

—Según contaron, el único americano que lizo fue ilegítimo.

—Tal vez Al Júnior se lo explique más tarde —dijo Truecacuentos.

Y mientras conversaban, Alvin se abrió paso entre ellos para poder contemplar la escritura del viejo Ben. No era diferente de la del resto de los hombres. Alvin se sintió algo decepcionado, aunque no supo decir qué había esperado. ¿Acaso letras de oro? Desde luego que no. No había razón por la cual las palabras de un gran hombre debieran, sobre la página, ser distintas de las de un tonto.

Pero no podía librarse de la decepción sufrida al ver que las palabras eran tan simples. Extendió la mano y volvió la página, y volvió muchas páginas, tocándolas con el dedo. Todas eran iguales. Grises sobre papel amarillento.

Del libro saltó un destello de luz que lo cegó por un instante.

—No juegues así con las hojas —le reconvino Papá—. Las romperás.

Alvin dio la vuelta para contemplar a Truecacuentos.

— ¿Qué es esa página con luz? —preguntó—. ¿Qué dice allí?

—¿Con luz?

Entonces Alvin supo que sólo él la había visto.

—Encuentra la página y muéstramela —pidió Truecacuentos.

—La romperá —advirtió Papá.

—Sabrá tener cuidado.

Pero la voz de Papá parecía enfadada.

—Te digo que te apartes de ese libro, Alvin Júnior.

Alvin comenzó a obedecer, pero en ese momento sintió sobre su hombro la mano del Truecacuentos, escuchó su voz serena y sintió que los dedos del anciano se movían para hacer un conjuro de resguardo.

—El niño vio algo en el libro —dijo Truecacuentos—y quiero que vuelva a encontrarlo para mí.

Y, para sorpresa de Alvin, Papá cedió.

—Si no le importa que su libro quede hecho jirones en manos de ese mocoso atolondrado… —murmuró, y luego guardó silencio.

Alvin volvió al libro y fue pasando las páginas una a una. Finalmente se detuvo en una, y de ella brotaba una luz que al principio lo cegó y luego fue atenuándose paulatinamente hasta rodear una única frase, escrita con letras de fuego.

—¿No ve cómo arden? —preguntó Alvin.

—No —dijo Truecacuentos—, pero huelo el humo. Toca las palabras que ves arder…

Alvin tendió la mano y cautelosamente tocó el comienzo de la oración.

La llama, para su asombro, no lo quemó, si bien le resultó cálida. El calor le llegó hasta el hueso. Y mientras el último frío del otoño se alejaba de su cuerpo, se estremeció. Y sonrió, tal era el brillo que sentía en su interior. Pero apenas posó su dedo sobre ella, la llama se extinguió, se enfrió, se acabó.

—¿Qué dice? —preguntó Mamá. Se había acercado hasta plantarse al otro lado de la mesa. No leía demasiado bien, y las palabras quedaban patas arriba para ella.

Truecacuentos leyó.

—Nace un Hacedor.

—No ha habido otro Hacedor —dijo Mamá— desde aquel que convirtió el agua en vino.