—Así —prosiguió Truecacuentos—, con semejante tráfico, no sólo habrá una tienda, una iglesia y un molino. Sobre el Wobbish hay buena arcilla blanca. Seguramente algún alfarero se instalará y fabricará vasijas para todo el territorio.
—Ojalá se dieran prisa con eso —dijo Calma—. Mi esposa me tiene enfermo con todo lo que le fastidia tener que servir la comida en platos de latón.
—Así es como crece un pueblo —sentenció Truecacuentos—. Una buena tienda, una iglesia, luego un molino y entonces una alfarería. Y también ladrillos, para el caso. Y cuando esto sea un pueblo…
—David podrá ser alcalde —concluyó Mesura.
—Yo no —dijo David—. Para mí es demasiado todo ese asunto de la política. Ésas son las aspiraciones de Soldado de Dios…
—La aspiración de Soldado es ser rey —comentó Calma.
—No seas descortés —repuso David.
—Es la verdá —insistió Calma—. Si pensara que el puesto está vacante, también trataría de ser Dios.
Mesura se explicó a Truecacuentos:
—Calma y Soldado de Dios no hacen buenas migas.
—No es buen marido quien llama bruja a su mujer —dijo Calma con acritud.
—¿Y por qué habría de hacer semejante cosa? —preguntó Truecacuentos.
—Bueno, sin duda ya no lo hace —intervino Mesura—. Ella le prometió no hacerlo más. Utiliza sus dones en la cocina. Es una vergüenza obligar a una mujer a que lleve adelante su hogar con sólo sus dos manos.
—Es suficiente —dijo David. Truecacuentos alcanzó a ver su mirada alerta por el rabillo del ojo.
Obviamente, no confiaban aún en Truecacuentos para dejarle saber la verdad. De modo que el anciano confesó estar en posesión del secreto.
—A mí me parece que ella emplea más que lo que Soldado sospecha… —dijo Truecacuentos—. En el porche de su casa hay un ingenioso conjuro hecho de cestas. Y ante mis propios ojos hizo un conjuro de tranquilidad el día que llegué al pueblo.
Entonces el trabajo se interrumpió un instante. Nadie lo miró, pero durante un segundo tampoco se hizo nada. Sólo pensaron en que Truecacuentos sabía el secreto de Eleanor y que no lo había contado a ningún extraño. Ni a Soldado de Dios Weaver. Pero una cosa era que él lo supiera y otra que ellos se lo confirmaran. De modo que no dijeron una sola palabra y regresaron a las muescas y a los troncos.
Truecacuentos rompió el silencio retornando al asunto principal.
—No pasará mucho tiempo antes de que estas tierras occidentales tengan población suficiente para llamarse estados, y de que soliciten unirse al Pacto Americano. Cuando eso suceda, hará falta gente honesta que ocupe los cargos.
—Aquí en las tierras inhóspitas no encontrará ningún Hamilton, ni Adams ni Jefferson… —comentó David.
—Tal vez no —dijo Truecacuentos—, pero si vosotros, los jóvenes del lugar, no establecéis vuestro propio gobierno, podéis apostar a que habrá un sinfín de hombres de la ciudad deseosos de hacerlo por vosotros. Así fue como Aaron Burr llegó a ser gobernador de Suskwahenny antes de que Daniel Boone lo matara de un disparo en el noventa y nueve…
—Tal como lo dice usté —juzgó Mesura—, parece un asesinato. Pero fue un duelo justo.
—Tal como yo lo veo —repuso Truecacuentos—, un duelo no es más que dos asesinos que convienen en turnarse para tratar de asesinar al otro.
—No cuando uno de ellos es un justo hombre de tierra adentro y el otro es un embustero advenedizo de la ciudá—dijo Mesura.
—No quiero que ningún Aaron Burr trate de ser gobernador del territorio de Wobbish —dijo David—. Y si hay alguien como él, es ese Bill Harrison, allá en Ciudad Cartago. Antes que votarle a él votaría a Soldado de Dios.
—Y antes que votar a Soldado de Dios yo te votaría a ti —aseguró Truecacuentos.
David gruñó. Siguió pasando cuerdas por entre las muescas de los troncos del trineo para ajustarlos entre sí. Truecacuentos hacía lo mismo del otro lado. Cuando llegó al sitio donde debía hacer los nudos, Truecacuentos se dispuso a atar ambos extremos de la cuerda.
—Aguarde —lo interrumpió Mesura—. Iré a buscar a Al Júnior. —Mesura subió al trote la ladera de la colina.
Truecacuentos dejó caer los extremos de la cuerda.
—¿Alvin ata los nudos? Habría pensado que unos hombres como vosotros podríais hacerlo mejor…
David sonrió.
—Tiene un don…
—¿Y vosotros no tenéis ningún don?
—Algunos.
—David tiene cierto don con las damas… —dijo Calma.
—Calma tiene pies de bailarín en los rodeos. Y nadie toca el violín como él, tampoco —dijo David—. No siempre afina, pero hay que ver cómo le da al arco…
—Mesura, donde pone el ojo pone la bala —opinó Calma—. Ve las cosas a mucha más distancia que cualquiera de nosotros.
—Todos tenemos lo nuestro —agregó David—. Los mellizos tienen el don de saber dónde van a surgir los problemas y el de estar allí justo a tiempo.
—Y Papá sabe unir cosas. Cuando hay que hacer muebles, le pedimos a él que se ocupe de las junturas de madera.
—Y las mujeres tienen dones de mujer…
—Pero, con todo —concluyó Calma—, no hay otro como Alvin Júnior.
David asintió gravemente.
—La verdá, Truecacuentos, es que parece no darse cuenta de ello. Lo que quiero decir es que siempre que algo le sale bien se muestra sorprendido. Cuando le encargamos alguna labor, no sabe cómo ocultar su agrado. Jamás le he visto avasallar a nadie por tener más dones que él.
—Es un buen niño —afirmó Calma.
—Algo torpe… —agregó David.
—No es torpe —le corrigió Calma—. Las más de las veces no es culpa suya…
—Digamos que a su alrededor suceden accidentes con más frecuencia de lo normal.
—Yo no diría que le hayan echado un mal de ojo, ni nada de eso… —se apresuró a añadir Calma.
—No, yo tampoco diría eso del mal de ojo…
Truecacuentos advirtió que ambos lo habían dicho efectivamente, pero no comentó su indiscreción. Después de todo, era la tercera voz la que hacía que la mala suerte se hiciera realidad. Su silencio sería la mejor cura para la indiscreción. Y los demás no tardaron en notarlo. Nadie habló.
Al cabo de un rato, Mesura apareció junto a Alvin Júnior. Truecacuentos no se atrevió a ser la tercera voz, ya que él había intervenido en la conversación anterior. Y peor sería que a continuación hablase Alvin, ya que él había sido relacionado con el mal de ojo. Conque Truecacuentos miró a Mesura y enarcó las cejas para indicarle que él debía hablar.
Mesura respondió aquello que creyó le preguntaba Truecacuentos.
—Ah, Papá se quedará al lado de la roca. Para vigilarla.
Truecacuentos oyó cómo David y Calma suspiraban de alivio. La tercera voz no pensaba en la mala suerte, de modo que Alvin Júnior estaba a salvo.
Ahora Truecacuentos era libre de preguntar por qué razón Miller había creído conveniente quedarse vigilando en la cantera.
—¿Qué podría sucederle a una roca? Jamás he oído decir que los pieles rojas robaran rocas…
Mesura guiñó un ojo.
—A veces ocurren sucesos extraños y poderosos. Especialmente cuando se trata de ruedas de molino…
Alvin bromeaba con Calma y Mesura, mientras anudaba los cabos. Se esforzaba por atarlos con todas sus fuerzas, aunque Truecacuentos vio que su don no se revelaba en el nudo en sí.
Cuando Alvin tiraba de las cuerdas, éstas parecían retorcerse y morder la madera en cada muesca y hacer que todo el trineo quedara firmemente unido. Era algo sutil, y si Truecacuentos no hubiese estado mirando no lo habría notado. Pero era real. Lo que Al Júnior ataba quedaba firmemente unido.
—Está tan firme que podría ser una balsa —dijo Alvin con orgullo, retrocediendo para admirar su obra.