Y como no pudo soportarlo, no sucedió. Las mitades de la rueda volvieron a unirse como una aguja se adhiere a un imán, y la roca cayó intacta.
La sombra de la piedra había exagerado su huella sobre el suelo. No aplastó ambas piernas del niño. Su pierna izquierda, en realidad, quedó fuera de la rueda, pero la derecha estaba tendida de tal forma que el borde de la piedra le mordió la pantorrilla unos centímetros en la parte más ancha. Como Alvin estaba apartando las piernas, el impulso dirigió la rueda aún más en la dirección que llevaba. Y la rueda de piedra desgarró la piel y el músculo, hasta el hueso, pero la pierna no quedó aplastada bajo el peso de la roca. Ni siquiera se habría roto, de no ser porque la escoba yacía atravesada debajo de ella. La rueda empujó la pierna de Alvin hacia abajo contra el mango de la escoba, con fuerza suficiente para partir por la mitad ambos huesos de la extremidad inferior. Las puntas rotas de los huesos perforaron la piel y quedaron a ambos lados del mango de la escoba, sujetándolo firmemente como una prensa de tornillo. Pero la pierna no había quedado bajo la piedra, y los huesos se habían partido en un corte limpio, sin que la roca los redujera a polvo.
El aire estaba atravesado por el estruendo de la roca sobre la roca, por los gritos roncos de los hombres azorados por el dolor, y sobre todo por la agonía hiriente de un niño que nunca como entonces había sido tan pequeño y vulnerable.
Cuando todos estuvieron allí, Truecacuentos ya había visto que ambas piernas de Alvin habían quedado libres. Alvin trató de sentarse para observar su herida. Tal vez la visión fuese demasiado para él, o acaso fuera el dolor. Lo cierto es que se desmayó. Entonces, su padre lo alzó. No había sido el más próximo, pero se había acercado más rápido que los hermanos de Alvin. Truecacuentos trató de tranquilizarlo, pues la pierna no parecía rota, ya que ambos huesos estaban aferrados al mango de la escoba. Miller levantó a su hijo, pero la pierna no cedió y, aun en la inconsciencia, el dolor arrancó un cruel quejido al pequeño. Fue Mesura quien tuvo agallas para tirar de la pierna y liberarla del mango de la escoba.
Antorcha en mano, David iba delante de su padre, alumbrando el camino mientras éste llevaba en sus brazos al niño. Mesura y Calma los habrían seguido, pero Truecacuentos los detuvo.
—Allí ya están las mujeres, David y vuestro padre —les señaló—. Alguien tiene que ocuparse de esto.
—Tiene razón —concedió Calma—. Padre no querrá acercarse por aquí durante un tiempo.
Los jóvenes emplearon palancas para levantar la rueda de forma que Truecacuentos pudiera retirar el mango de la escoba y las cuerdas que seguían atadas a los caballos. Los tres retiraron las herramientas del molino y luego encerraron los animales en el establo y guardaron todos los instrumentos. Sólo entonces regresó Truecacuentos a la casa. Alvin dormía en la cama del anciano.
—Esperó que no se moleste —dijo Ana con ansiedad.
—Pues claro que no —repuso Truecacuentos.
Las demás niñas y Cally estaban recogiendo los platos de la cena. En la habitación que fuera de Truecacuentos, Fe y Miller estaban sentados sobre la cama, mudos y con el rostro del color de la ceniza. Alvin yacía con la pierna entablillada y vendada.
David estaba de pie, cerca de la puerta.
—Ha sido una fractura limpia —murmuró a Truecacuentos—. Pero las heridas… tememos que haya infección. Ha perdido toda la piel de delante de la pantorrilla. No sé si podrá curar así el hueso desnudo…
—¿Volvieron a ponerle la piel en su lugar? —preguntó Truecacuentos.
—Toda la que quedó la prensamos contra el lugar, y Mamá la cosió en su sitio.
—Bien hecho.
Fe levantó el rostro.
—¿Sabe algo de medicina, Truecacuentos?
—Uno aprende, después de años de intentar hacer lo que esté en sus manos para ayudar a quienes saben tan poco como uno…
—¿Cómo puede ser que esto haya ocurrido? —preguntó Miller—. ¿Por qué esta vez, cuando tantas otras nada le sucedió? —Miró de frente a Truecacuentos—. Había llegado a pensar que el niño tenía un protector…
—Lo tiene…
—Entonces el protector fracasó.
—No —lo corrigió Truecacuentos—. Durante un momento mientras la rueda caía, vi que se partía en dos y que entre ambas mitades quedaba el espacio suficiente para no tocarlo.
—Como la viga… —recordó Fe.
—Yo también creí verlo, Padre —intervino David—. Pero cuando cayó entera, pensé que había visto una esperanza, y no la realidad.
—Pero ahora no hay ninguna grieta… —manifestó Miller.
—Así es —convino Truecacuentos—. Alvin se negó a dejar que se partiera.
—¿Está disiendo que la volvió a unir? ¿Para que cayera sobre él y le aplastara la pierna?
—Estoy diciendo que no pensó siquiera en su pierna. Sólo en la rueda.
—Ay, mi niño. Mi buen niño… —murmuraba su madre, acariciando tiernamente el brazo que se extendía hacia ella instintivamente. Mientras ella movía los dedos del niño, éstos cedían laxos para luego volver a caer.
—¿Es posible? —se preguntó David—. ¿Es posible que la rueda se haya partido y vuelto a unir con tanta rapidez?
—Debe de serlo —concluyó Truecacuentos—, pues así sucedió.
Fe volvió a mover los dedos de su hijo, pero esta vez no cayeron flácidos. Se extendieron aún más, luego se cerraron y finalmente volvieron a extenderse.
—Está despierto —dijo su padre.
—Iré a buscar algo de ron para el niño —indicó David—. Para calmarle el dolor. Soldado de Dios ha de tener algo en su tienda.
—No —musitó Alvin.
—El niño dice que no —repitió Truecacuentos.
—¿Qué sabe él, en medio de tanto dolor?
—Tanto como pueda, debe mantenerse consciente—explicó Truecacuentos. Se acuclilló al lado de la cama a la derecha de Fe, para estar bien cerca del rostro del pequeño—. Alvin… ¿me oyes?
Alvin gruñó, como diciendo que sí.
—Entonces escúchame. Tu pierna está gravemente herida. Los huesos están rotos, pero han sido puestos en su lugar. Se curarán. Pero la piel ha sido desgarrada, y a pesar de que tu madre la ha cosido, hay posibilidades de que el tejido muera y se gangrene. Y de que eso acabe con tu vida. Cualquier cirujano te cortaría la pierna para salvarte la vida.
Alvin echó atrás la cabeza, intentando gritar. Dejó escapar un gemido:
—¡No, no! ¡No!
—Está empeorando las cosas —dijo Fe con ofuscación.
Truecacuentos miró al padre. Buscaba permiso para poder proseguir.
—No atormente al niño —lo previno Miller.
—Un proverbio dice —sentenció Truecacuentos—: «El manzano nunca pregunta al haya cómo ha de crecer, ni el león al caballo cómo ha de cazar su presa.»
—¿Y eso qué significa? —preguntó Fe.
—Significa que no me incumbe tratar de enseñarle a él a usar poderes que apenas comienzo a comprender. Pero ya que no sabe cómo hacerlo por sí solo, debo intentarlo, ¿verdad?
Miller lo pensó un momento.
—Adelante, Truecacuentos. Es mejor que sepa lo mal que está, ya sea que pueda curarse o no.
Truecacuentos tomó suavemente la mano del niño entre las suyas.
—Alvin, ¿quieres conservar tu pierna, verdad? Entonces tienes que pensar en tu pierna tal como pensaste en la roca. Tienes que pensar que la piel de tu pierna vuelve a crecer y se adhiere al hueso como debiera. Tienes que pensar en ello. Dispones de tiempo de sobra, aquí en la cama. No pienses en el dolor. Piensa en la pierna como debe ser. Otra vez entera y fuerte.
Alvin yacía con los ojos cerrados contra el dolor.
—¿Lo estás haciendo, Alvin? ¿Puedes intentarlo?
—No —repuso Alvin.
—Debes luchar contra el dolor, para poder emplear tu don y hacer lo correcto.