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Pero casi no notaba el peso de la pierna, ni la sensación de mareo. El dolor era su enemigo. Le lanzaba puñaladas y pinchazos que le impedían abocar la mente a la tarea que le había encomendado Truecacuentos: curarse.

Pero el dolor también era su amigo. Construía un muro a su alrededor, de modo que apenas advertía que estaba en una casa, en una habitación, en un lecho.

El mundo exterior podía arder y reducirse a cenizas, que él no lo notaría. Lo que ahora exploraba era su mundo interior.

Truecacuentos no tenía idea de lo que se decía No era cuestión de formarse imágenes en la mente Su pierna no se compondría con sólo simular que estaba curada. Pero aun así, Truecacuentos estaba en el camino correcto.

Si Alvin podía descubrir senderos dentro de la roca, si podía detectar los sitios fuertes y débiles y enseñarles dónde romperse y dónde resistir, ¿por qué no habría de hacer lo mismo con su piel y sus huesos?

Pero había un problema: piel y huesos se confundían en una masa informe. La roca era siempre más o menos igual en todos lados, pero la piel cambiaba en cada capa y no era fácil imaginarse adonde iba cada cosa. Allí estaba, tendido, con los ojos cerrados, escrutando por primera vez su propia carne.

Al principio trató de seguir el dolor, pero eso no lo condujo a ninguna parte: sólo a donde todo se confundía aplastado y sajado, y no lograba distinguir lo de arriba de lo de abajo. Al cabo de un largo tiempo intentó una táctica distinta. Escuchó los latidos de su corazón. Al principio, el dolor siguió obstruyendo su labor, pero no tardó en concentrarse en el sonido. Si en el mundo exterior había ruidos, él no lo sabía, el dolor le impedía notarlo. Y el ritmo de los latidos de su corazón dejaba afuera el dolor, o al menos casi era así.

Siguió la senda de su propia sangre, la corriente inmensa y poderosa, y las más pequeñas. A veces se perdía. A veces irrumpía una punzada de dolor procedente de su pierna que exigía ser escuchada.

Pero, paso a paso, halló la ruta hasta la piel sana y el hueso entero de la otra pierna. Allí la sangre no era ni la mitad de impetuosa, pero lo condujo adonde deseaba ir. Descubrió todas las capas, como si la pierna fuera una cebolla. Aprendió el orden en que se disponían, vio cómo se unían los músculos, cómo se bifurcaban las pequeñas venas, cómo la piel e extendía tensa y firme.

Sólo entonces se encaminó hacia la pierna enferma. El retal de piel que Mamá le había cosido estaba casi muerto y comenzaba a pudrirse. Alvin supo lo que necesitaría para que cada parte pudiera sobrevivir. Encontró los extremos de las arterias alrededor de la herida y comenzó a inducirlos a que crecieran, así como hacía que las grietas viajaran a través de la piedra. Comparada con eso, la roca era asunto sencillo. Había que hacer una fisura, dejarla correr, y eso era todo. Con la carne viva era demasiado lento para su impaciencia, y no tardó en dejar de lado toda otra cosa que no fuera la arteria principal.

Comenzó a ver que se valía de fragmentos y pedazos de aquí y de allá para poder construir. Mucho de lo que sucedía era tan rápido, diminuto y complejo que excedía la capacidad de comprensión de Alvin. Pero pudo hacer que su cuerpo liberara lo que necesitaba la arteria para crecer. Podía enviarlo donde hacía falta, y al cabo de un rato logró enlazar la arteria con el tejido descompuesto. Le llevó su trabajo, pero finalmente dio con el extremo de una arteria cercenada y unió ambas partes para que la sangre fluyera al parche cosido.

Demasiado pronto, demasiado deprisa. Sintió calor en la pierna: la sangre se abalanzaba sobre lacarne muerta, se derramaba por una docena de sitios. No podía contener tanta sangre como le enviaba Más despacio, con calma… Siguió nuevamente el curso de la sangre y, esta vez, en lugar de dejarla manar a chorros, lo hizo gota a gota, y nuevamente se dedicó a ligar venas y arterias, tratando de que se parecieran al máximo a lo que había visto en la otra pierna.

Finalmente lo logró, más o menos. Ya podía contener el flujo normal de la sangre. Muchas partes del parche de piel revivieron a medida que la sangre comenzó a recorrerlo. Otras permanecieron inertes. Alvin siguió yendo y viniendo con la sangre, apartando las partes putrefactas y deshaciéndolas en fragmentos tan pequeños que casi no pudo reconocerlos. Pero sí reconocía las partes sanas, las ponía en funcionamiento y las hacía actuar. Por donde Alvin exploraba, la carne crecía.

Hasta que su mente se cansó de tanto pensar y trabajar y cayó dormido, muy a su pesar.

—No quiero despertarlo.

—No hay forma de cambiarle el vendaje sin tocarlo, Fe.

—Pues así sea. Ay, ten cuidado, Alvin. No, déjame a mí…

—He hecho esto antes…

—En terneros, Alvin, no en niños…

Al sintió que algo hacía presión sobre su pierna. Algo tironeaba allí de la piel. El dolor no era tan intenso como el día anterior. Pero era tal su cansancio que ni siquiera podía abrir los ojos. O hacer el menor ruido que permitiera saber a los otros que estaba despierto y que podía escucharlos.

—Santo cielo, Fe, debe de haber sangrado muchísimo durante la noche…

—Mamá, Mary dice que tengo que…

—-¡A callar y a volar de aquí, Cally! ¿No ves que tu madre está preocupada con…?

—No hase falta gritarle al pequeño, Alvin. Sólo tiene siete años.

—Siete años son suficientes para que mantenga cerrada la boca y deje en paz a los mayores cuando tienen cosas que… oh, mira eso…

—No puedo creerlo.

—Pensé que veríamos salir el pus como crema de la ubre…

—Más limpia imposible…

—¿Y quieres ver esto? La piel está comenzando a crecer. Tu costura debe haber prendido.

—Ni siquiera me atrevía a pensar que esa piel pudiese sobrevivir.

—Casi no se le ve el hueso por debajo.

—El señor nos está bendisiendo. Recé toda la noche, Alvin, y mira lo que ha hecho Dios.

—Bueno, tendrías que haber orado más fuerte y haber hecho que se curase de una vez. Necesito al niño para unas cuantas tareas.

—No empieses a blasfemar conmigo, Alvin Miller.

—Si hay algo que me saca de quicio es la forma que tiene Dios de andar siempre metiéndose en todo para llevarse los honores. Quizá Alvin sea un buen sanador. ¿No se te había ocurrido?

—Mira. Tus necedades están despertando al niño.

—Ve si quiere un vaso de agua.

—Pues se la pienso dar la quiera o no.

Alvin deseaba agua con todo su ser. Su cuerpo estaba seco, no sólo su boca. Necesitaba reponer lo que había perdido en sangre. Tragó toda la que pudo, de un jarro de latón que le acercaron a los labios. Buena parte del agua le corrió por el cuello y el rostro, pero ni siquiera lo notó. Lo que importaba era el agua que entraba en su vientre. Se recostó y trató de descubrir desde su interior cómo se encontraba la herida. Pero regresar allí era algo demasiado arduo, le era muy difícil concentrarse. Desistió a mitad de camino.

Volvió a despertar y pensó que debía de ser de noche, o que habían corrido las cortinas. No podía saberlo porque le era imposible abrir los ojos, y el dolor había regresado. Otra vez lo atenazaba igual que antes, o incluso más. La herida le picaba y casi no podía contener las ganas de rascarse. Pero al cabo de un tiempo pudo descubrir la herida y ayudar nuevamente a que las capas crecieran. Para cuando cayó dormido, había logrado formar una capa delgada y completa de piel sobre la herida. Por debajo, el cuerpo seguía trabajando para renovar los músculos desgarrados y soldar los huesos quebrados. Pero no habría más hemorragias ni heridas abiertas que pudieran infectarse.