—Sé un par de cosas, mujer —le respondió.
—Lo enviarán a otro lugar —contó Eleanor—. Cuando llegue la primavera, lo mandarán de aprendiz. No está muy contento, puedo asegurarlo, pero no se ha opuesto. Sólo está tendido en la cama, hablando en voz muy baja, pero mirándome a mí y a todos como si estuviese despidiéndose sin parar.
—¿Por qué quieren enviarlo a otro sitio?
—Ya te lo he dicho. Para que haga de aprendiz.
—Por la forma en que consienten a ese niño, apenas puedo creer que lo pierdan de vista…
—No hablan de nada cercano. Al otro lado del territorio del Hio, cerca de Fort Dekane, bien al este. A mitad de camino rumbo al océano…
—Sabes… si uno lo piensa, tiene sentido…
—¿Eso crees?
—Ahora que surgen problemas con los pieles rojas, quieren que desaparezca. Los demás pueden exponerse a recibir un flechazo en pleno rostro, pero nunca Alvin Júnior…
Ella lo miró con desprecio.
—A veces eres tan suspicaz que me dan ganas de vomitar, Soldado de Dios.
—Decir las cosas tal como son no es ser suspicaz.
—Tú no sabes distinguir una cosa real de una rutabaga…
—¿Vas a limpiar esta manzana con que me has embadurnado el pelo o tendré que hacer que me la laves con la lengua?
—Supongo que algo tendré que hacer con ella, o me ensuciarás todas las sábanas limpias.
Truecacuentos se sentía casi como un ladrón por llevarse tantas cosas consigo al partir. Dos pares de calcetines gruesos. Una manta nueva. Un abrigo de piel. Queso y cecina. Una buena piedra de afilar.
Y otras cosas que ellos ni siquiera imaginaban haberle dado. Un cuerpo descansado, libre de dolores y magulladuras. Un paso vivaz. El recuerdo de unos rostros sanos. Y relatos. Relatos atesorados en la parte sellada de su libro, que él mismo escribió. E historias verídicas penosamente escritas con sus propias manos.
Pero él los retribuyó con justicia. O se esforzó por hacerlo. Tejados reparados para el invierno y otros trabajos aquí y allá. Y más importante aún: habían visto un libro con la escritura del propio Ben Franklin, con frases de Tom Jefferson, Ben Arnold, Pat Henry, John Adams, Alex Hamilton. Hasta de Aaron Burr, de antes del duelo, y de Daniel Boone, de después. Antes de que llegara Truecacuentos, eran parte de su familia y parte del territorio del Wobbish y nada más. Ahora pertenecían a historias mucho más amplias. La guerra de la independencia de los Apalaches. El Pacto Americano. Vieron su propio periplo a través de la espesura como una huella entre muchas, y sintieron el vigor de la trama que formaban tantas hebras entretejidas. No era un tapiz, sino una alfombra. Una buena alfombra, sólida, gruesa, sobre la cual podrían transitar generaciones enteras de americanos que vendrían tras ellos. Allí había un poema; alguna vez se ocuparía de dar forma a ese poema.
Les dejó algunas cosas más. Un hijo amado que él mismo había apartado de una rueda de molino que caía. Un padre que ahora tenía fuerzas para alejar a su hijo antes de acabar con él. Un nombre para la pesadilla de un joven, para que pudiera comprender que su enemigo era real. Un aliento hecho susurro para que un niño herido se curara.
Y un único dibujo, grabado a fuego en una fina placa de roble con la punta de un cuchillo al rojo. Tendría que haber trabajado con cera y ácido sobre metal, pero en ese lugar no disponía de nada semejante. De modo que grabó las líneas sobre la madera e hizo lo que pudo. Era la imagen de un joven sorprendido en mitad del río durante una tormenta, atrapado entre las raíces de un árbol a la deriva, luchando por respirar, mirando la muerte de frente y sin temor. En la Academia de Artes de Lord Protector no habría ganado más que burlas, tal era su sencillez. Pero al verlo, la buena de Fe se echó a llorar y lo estrechó entre sus brazos, y sobre él derramó sus lágrimas como las últimas gotas que caen de los aleros después de la llovizna. Y Alvin padre al verlo, asintió y dijo:
—Ésta es su visión, Truecacuentos. Jamás lo ha visto, y sin embargo la expresión de su rostro fue esactamente ésta. Es Vigor. Es mi hijo… —Y luego también rompió a llorar.
Lo pusieron sobre la chimenea. Tal vez no fuera una obra de arte, pensó Truecacuentos, pero era verdad, y para estas gentes significaba más de lo que cualquier retrato representaría para un viejo lord o un parlamentario barrigudo de Londres, Camelot, París o Viena.
—La mañana está ya avanzada —dijo la buena de Fe—. Debe marcharse bastante antes de que oscurezca.
—No podéis culparme por no querer irme. Pero estoy feliz de que me hayáis confiado esta misión, y no os defraudaré. Se palmeó el bolsillo, donde llevaba la carta destinada al herrero del río Hatrack.
—No puede irse sin despedirse del niño —aseveró Miller.
Lo había postergado todo lo que le fue posible. Asintió una vez y luego se levantó de la cómoda silla que lo retenía junto al calor del hogar, para ir hacia la habitación donde había dormido los mejores sueños de su vida. Era bueno ver los ojos de Alvin Júnior bien abiertos y el rostro tan vivaz. Ya no tenía la expresión alicaída y desencajada de dolor que antes le viera. Pero el dolor seguía allí. Truecacuentos lo sabía.
—¿Te marchas? —le preguntó el pequeño.
—Ya me he ido. Sólo me faltaba decirte adiós.
Alvin parecía algo enfadado.
—¿Conque no piensas dejarme escribir en tu libro?
—Sabes bien que no todos lo hacen…
—Papá lo hizo. Y también Mamá.
—Y Cally.
—Apuesto a que debe ser gracioso —dijo Alvin—. Escribe como un… como un…
—Como un niño de siete años. —Era una reprimenda, pero Alvin no tenía intención de mostrarse rebelde con el hombre.
—¿Y entonces? ¿Por qué yo no? ¿Por qué sí Cally y yo no?
—Porque sólo dejo que los demás escriban lo más importante que han hecho o visto con sus propios ojos. ¿Qué habrías escrito tú?
—No lo sé. Tal vez habría contado lo de la piedra de molino.
Truecacuentos hizo un gesto elocuente.
—Entonces quizá contaría mi visión. Eso es importante. Tú mismo lo dijiste.
—Y eso ya está escrito en otra parte del libro…
—Quiero escribir en el libro —dijo—. Quiero que allí esté mi frase, junto con la de Ben el Hacedor…
—Todavía no —rehusó Truecacuentos.
—¿Cuándo?
—-Cuando hayas derrotado a ese Deshacedor, niño. Entonces te dejaré escribir en mi libro.
—¿Y si nunca lo derroto?
—Ah… En ese caso no creo que este libro sirva de mucho…
Los ojos de Alvin se llenaron de lágrimas.
—¿Y si muero?
Truecacuentos sintió un escalofrío de miedo.
—¿Cómo va tu pierna?
El niño se encogió de hombros. Parpadeó y las lágrimas desaparecieron.
—Eso no es una respuesta, niño.
—No dejará de doler.
—Así será hasta que el hueso termine de soldar.
Alvin sonrió lánguidamente.
—El hueso ya está soldado.
—¿Y entonces por qué no caminas?
—Me duele, Truecacuentos. El dolor jamás se va. En el hueso ha quedado un sitio malo, y no he podido descubrir cómo curarlo.
—Encontrarás la forma.
—Todavía no la he encontrado.
—Un viejo cazador de pieles me dijo una vez: «No importa si uno empieza por el esternón o por el trasero; cualquier forma de desollar a una pantera está bien.»
—¿Es un proverbio?
—Casi. Encontrarás una forma, aun cuando no sea la que esperas.
—Nada es lo que espero —dijo el niño—. Nada resulta como lo imaginé.