No estaba solo en la habitación. Lo sabía. Siempre había alguien sentado junto a él. Abría los ojos y veía a Mamá, o a Papá, o a alguna de las niñas. A veces era alguno de sus hermanos, aunque ello significara dejar a su esposa y sus quehaceres. Para Alvin era un alivio, pero también una carga. Pensaba que debía apresurarse a morir para que todos pudieran retornar a sus vidas habituales.
Esa tarde era Mesura quien lo acompañaba. Alvin le dijo qué tal cuando entró, pero no había mucho de qué hablar. ¿Qué tal? Bien, gracias, me estoy muriendo, ¿y tú? Era un poco difícil mantener una conversación.
Mesura le contaba cómo él y los mellizos habían tratado de cortar una piedra de moler. Escogieron una piedra más blanda que la otra con que Alvin solía trabajar, pero así y todo les llevó un trabajo de mil demonios.
—Por último, tuvimos que desistir —confesó—. Tendrá que esperar hasta que puedas subir a la montaña y cortar una piedra para nosotros…
Alvin no respondió, y después de eso nadie dijo una palabra.
Alvin permaneció allí tendido, sudando, sintiendo cómo crecía la descomposición de su hueso en forma lenta pero inexorable. Su hermano le tomaba la mano, sentado cerca de su lecho.
Mesura comenzó a silbar.
El sonido sorprendió a Alvin. Estaba tan inmerso dentro de sí que le pareció que provenía de una gran distancia y que debía viajar mucho para descubrir de dónde surgía esa música.
—Mesura… —gritó, pero su voz apenas fue un susurro.
El silbido cesó.
—Lo siento —se disculpó Mesura—. ¿Te molesta?
—No —dijo Alvin.
Mesura volvió a silbar. Era una melodía extraña, que Alvin no recordaba haber oído antes. En realidad, no parecía ninguna melodía. Nunca se repetía, cada vez seguía con notas distintas, como si Mesura la estuviera inventando sobre la marcha. Y mientras Alvin yacía y escuchaba, la melodía se le antojó como una especie de mapa que serpenteaba por entre la espesura. Comenzó a seguirla. No es que viera nada, como podría hacer con un mapa de verdad. Pero sí le mostraba siempre el centro de las cosas, y todo lo que pensaba, lo pensaba como si estuviera de pie en ese lugar. Casi podía ver todo lo que había pensado antes, mientras trataba de descubrir alguna forma de enmendar ese sitio descompuesto en su hueso, sólo que ahora lo hacía desde una gran distancia, tal vez desde lo alto de una montaña o un claro, desde donde podía ver mejor.
Esta vez pensó en algo que nunca antes se le había ocurrido. Cuando la pierna se quebró y la piel se le cayó, todos veían lo mal que estaba, pero nadie podía ayudarlo, estaba solo. Tuvo que arreglarlo todo desde dentro. Ahora, en cambio, nadie podía ver la herida que lo estaba matando. Y aun cuando él sí la veía, no había nada que la mejorase.
Así, quizás esta vez algún otro pudiera sanarlo, pero no por medio de ningún poder oculto. Sólo mediante la vieja y cruenta cirugía.
—Mesura —murmuró.
—Aquí estoy —le respondió su hermano.
—Sé de qué forma puede curarse la pierna —dijo.
Mesura se le acercó. No abrió los ojos, pero sintió su aliento contra la mejilla.
—Ese sitio malo que hay dentro del hueso está creciendo, pero aún no se ha extendido mucho. No puedo mejorarlo, pero calculo que si alguien corta esa parte del hueso y la extirpa de la pierna, yo podría curar el resto.
—¿Cortarla?
—Esa sierra que usa Papá para cortar la carne… Creo que con eso podría hacerse el truco que estoy pensando…
—Pero no hay un solo cirujano en cientos de kilómetros a la redonda…
—En ese caso, más vale que alguien aprenda deprisa, o si no me veréis muerto.
Ahora Mesura respiraba con ansiedad.
—¿Crees que cortándote el hueso podríamos salvarte la vida?
—Es lo mejor que se me ocurre.
—Pero podría estropearte la pierna de verdad… —sopesó el hermano.
—Qué me importará eso si me muero. Y si vivo, valdrá la pena arriesgarme a tener una pierna estropeada.
—Voy a buscar a Papá. —Mesura apartó la silla y salió de la habitación a grandes zancadas.
Thrower dejó que Soldado de Dios fuera por delante al llegar al patio de los Miller. No les sería tan fácil rechazar al esposo de la hija. Pero sus temores fueron infundados. La buena de Fe abrió la puerta, y no su esposo pagano.
—Pero reverendo Thrower, ¿cómo es que ha sido tan gentil de detenerse en nuestra casa? —le dijo.
El regocijo de su tono era ficticio, si su rostro compungido decía la verdad. Últimamente no debían de haber dormido muy bien en esa casa.
—Lo he traído conmigo, Mamá Fe —manifestó Soldado—. Sólo ha venido porque se lo pedí.
—El pastor de nuestra iglesia es bien acogido en esta casa cuando quiera que le plazca pasar por aquí —declamó la mujer.
Los condujo a la sala grande. Un grupo de niñas que hacía labores cerca de la chimenea levantó la mirada para contemplarlo. El más pequeño, Cally, hacía sus deberes sobre una pizarra, y escribía con un tizón chamuscado.
—Me alegra verte haciendo tus tareas —le dijo Thrower.
Cally se limitó a mirarlo. Había un dejo de hostilidad en sus ojos. Aparentemente, al pequeño le molestaba que su maestro juzgara sus quehaceres también en casa, sitio que supuestamente era como una especie de santuario.
—Lo estás haciendo muy bien —le animó Thrower, tratando de tranquilizar al niño. Cally no respondió. Se limitó a fijar la vista en su trabajo nuevamente y siguió garabateando palabras.
Soldado de Dios expuso el motivo de la visita sin más preámbulos.
—Mamá Fe, hemos venido por Alvin. Sabe cómo pienso con respecto a las brujerías, pero nunca he dicho una sola palabra en contra de lo que pudierais hacer dentro de vuestra propia casa. Siempre pensé que se trataba de vuestros propios asuntos, y no de los míos. Pero ese niño está pagando el precio de las malas influencias que habéis dejado actuar en esta casa. Ha embrujado su pierna y ahora hay un demonio dentro de él, matándolo, y he traído al reverendo Thrower para que expulse a ese diablo de su interior.
La buena de Fe se mostró extrañada.
—En esta casa no hay ningún demonio…
Ay, pobre mujer, pensó Thrower. Si supieras cuánto hace que el diablo mora en este lugar…
—Es posible acostumbrarse hasta tal punto a la presencia del diablo que resulta difícil reconocer que está presente…
Se abrió una puerta cerca de las escaleras y el señor Miller entró en la sala.
—No seré yo —decía—. No acercaré un cuchillo a la pierna del niño.
Cally dio un salto al escuchar la voz de su padre y salió corriendo hacia él.
—Soldado trajo a Thrower, Papá, para que matara al diablo.
El señor Miller dio la vuelta, con el rostro surcado por emociones imposibles de precisar, y miró a los visitantes como si apenas los reconociera.
—En esta casa he puesto eficaces conjuros… —dijo la buena de Fe.
—Esos conjuros son una convocatoria al demonio —repuso Soldado de Dios—. Usted cree que protegen su casa, pero en realidad alejan al Señor.
—Jamás ha entrado ningún diablo en este lugar —insistió ella.
—No por sí mismo —explicó Soldado—. Usted lo llamó con tanto conjuro de aquí y de allá. Usted obligó al Espíritu Santo a abandonar esta casa con sus hechizos y su idolatría, y al haber desterrado el bien de su hogar, naturalmente los diablos lo ocuparon. Siempre intervienen cuando ven la menor oportunidad de hacer maldades.
Thrower se preocupó un poco. Soldado de Dios hablaba demasiado de cosas de las que en realidad sabía muy poco. Habría sido mejor que simplemente pidiera permiso para que Thrower orase por el niño al lado de su lecho. Ahora Soldado de Dios estaba delimitando un campo de batalla allí donde nunca debía haberlo habido.