—Reverendo Thrower —dijo Fe—, no podemos culparlo por una fatalidá. Lo único que nos queda es intentarlo.
—Lo cierto es que si no hacemos algo morirá —intervino Mesura—. Dice que tenemos que cortar ahora mismo, antes de que el mal se extienda.
—Tal vez uno de sus hijos mayores… —sugirió Thrower.
—No hay tiempo para ir a buscarlos —exclamó Fe—. Ay, Alvin, tú has escogido que este niño llevara tu nombre. ¿Lo dejarás morir por no permitir que el predicador esté aquí?
Miller sacudió la cabeza con pesar.
—Hágalo, pues.
—Él prefiere que seas tú, Papá —dijo Mesura.
—¡No! —rehusó Miller con vehemencia—. Cualquiera será mejor que yo. Incluso él será mejor que yo.
Thrower vio desencanto y hasta desprecio en el rostro de Mesura. Se puso de pie y fue hasta donde estaba Mesura, que sostenía entre sus manos una sierra y un cuchillo…
—Joven —le dijo— no juzgues nunca a un hombre como un cobarde. No puedes saber qué razones alberga en su corazón.
Thrower se volvió a Miller y reconoció en su rostro una mirada de sorpresa y gratitud.
—Dadle las herramientas —ordenó Miller.
Mesura le tendió el cuchillo y la sierra. Thrower sacó un pañuelo y puso sobre él los instrumentos que Mesura le alcanzaba.
Qué fácil había sido todo… En unos instantes todos estaban pidiéndole que aceptara el cuchillo y lo absolvían por anticipado de cualquier accidente que pudiese ocurrir. Hasta había ganado el primer asomo de amistad por parte de Alvin Miller. Ah, los he engañado a todos, se dijo triunfal. Estoy a la altura de vuestro amo, el demonio. He burlado al gran burlador, y antes de una hora habré enviado de regreso al infierno a su corrupta progenie.
—¿Quién sostendrá al niño? —preguntó Thrower—. Aunque le deis vino, el dolor lo hará saltar a menos que alguien lo sujete.
—Yo lo haré —se ofreció Mesura. —Pero no tomará vino —informó Fe—. Dise que tiene que estar despierto.
—Es un niño de diez años —advirtió Thrower—. Si vosotros insistís en que lo beba, no tendrá más remedio que obedeceros. Fe sacudió la cabeza.
—Él sabe lo que le conviene. Sabe soportar muy bien el dolor. Es de lo más sufrido. Lo nunca I visto.
Me lo imagino, dijo Thrower para sus adentros. El diablo que habita dentro del niño se regodea sin duda en el dolor y no desea que el vino atenúe su orgía.
—Muy bien, entonces —dijo—. No hay razón para demorarnos más. —Fue hasta la habitación delante de los demás y apartó resueltamente las frazadas del cuerpo de Alvin. El niño comenzó de inmediato a temblar de frío, aun cuando seguía sudando de fiebre.
—¿Habéis dicho que ha marcado el lugar dónde cortar?
—Al —anunció Mesura—. El reverendo Thrower está aquí para cortarte…
—Papá —dijo Alvin.
—No sirve de nada que se lo pidamos —confesó Mesura—. No lo hará.
—¿Estás seguro de que no quieres beber algo de vino? —propuso Fe.
Alvin comenzó a llorar.
—No —insistió—. Estaré bien si Papá me sostiene.
—Eso es —dijo Fe—. Que no haga el corte, pero estará aquí con el niño o lo incrustaré en la chimenea. O lo uno o lo otro. —Salió en tromba de la habitación.
—Dijo usted que el niño marcaría el lugar… —recordó Thrower.
—Oye, Al. Déjame sentarte un poco. Tengo un poco de carbón. Marca la pierna en el sitio esacto donde quieres que levanten la capa de piel…
Alvin gimió mientras Mesura lo incorporaba, pero al marcar un gran rectángulo de su pantorrilla, el pulso no le tembló.
—Corte desde abajo, y deje pegada la parte de arriba —dijo. Tenía la voz pastosa y opaca, y cada palabra le representaba un gran esfuerzo—. Mesura, tú sostendrás la capa de piel apartada mientras él corta.
—Eso tendrá que hacerlo Ma —dijo Mesura—. Yo he de aguantarte para que no saltes de dolor.
—No saltaré —aseguró Alvin— si Papá me sostiene.
Miller se introdujo lentamente en la habitación, escoltado por su esposa.
—Yo te sostendré —anunció. Tomó el lugar de Mesura, y se sentó detrás del niño con los brazos a su alrededor—. Te estoy abrazando —dijo.
—Muy bien, entonces —intervino Thrower. Y esperó el paso siguiente.
Esperó un buen rato…
—¿No olvida usté algo, reverendo? —preguntó Mesura.
—¿Qué cosa? —dijo Thrower.
—El cuchillo y la sierra —respondió.
Thrower miró su pañuelo, que yacía en su mano izquierda. Vacío.
—Pero si estaban aquí…
—Los dejó sobre la mesa cuando veníamos comentó Mesura.
—Iré a buscarlos —dijo la buena de Fe. Y salió e la habitación a toda prisa.
Aguardaron y aguardaron y aguardaron. Finalmente, Mesura se puso de pie.
—No puedo entender por qué no regresa.
Thrower fue tras él. Hallaron a Fe en la sala principal, remendando una colcha con las niñas.
—Mamá —dijo Mesura—. ¿Y el cuchillo y la sierra?
—Santo Cielo —exclamó Fe—. No sé qué me ha pasado. Ya no me acordaba para qué había venido hasta aquí. —Tomó el cuchillo y la sierra y regresó a la habitación de Alvin. Mesura se encogió de hombros ante Thrower y ambos la siguieron. Ahora, pensó Thrower. Ahora haré todo lo que el Señor espera de mí. El Visitante verá que soy un fiel amigo de mi Salvador, y mi sitio en el paraíso estará asegurado. No como este pobre, miserable pecador, que vivirá atrapado en la hoguera del infierno.
—Reverendo… —dijo Mesura—. ¿Qué hace?
—Este dibujo… —comentó Thrower.
—¿Qué le pasa?
Thrower examinó de cerca el grabado que había sobre la chimenea. No era un alma en el infierno. Era una representación del hijo mayor de la familia, Vigor, ahogándose. Había oído la historia al menos una docena de veces. ¿Pero por qué estaba allí, mirándolo, cuando tenía una misión tan grandiosa e importante que cumplir en la otra habitación?
—¿Se encuentra bien?
—Perfectamente —respondió Thrower—. Sólo necesitaba un instante de oración silenciosa y un poco de meditación antes de emprender esta tarea…
Avanzó resueltamente hasta la habitación y se sentó en la silla, al lado del lecho donde yacía trémulo el hijo de Satán, a la espera del cuchillo. Thrower buscó los instrumentos del crimen sagrado. No estaban por ninguna parte.
—¿Y el cuchillo?—preguntó.
Fe miró a Mesura.
—¿No trajiste las cosas contigo? —le dijo.
—Eras tú quien las traía —le recordó Mesura.
—Pero cuando saliste a buscar al predicador, ¿no las cogiste?
—¿Yo hice eso? —Mesura parecía confundido—. Debo de haberlas dejado allí abajo… —Se puso de pie y abandonó la habitación.
Thrower comenzó a notar que allí estaba sucediendo algo extraño, aunque no podía determinar qué. Fue hasta la puerta a esperar el regreso de Mesura.
Allí estaba Cally de pie, sosteniendo su pizarra y mirando al ministro.
—¿Va a matar a mi hermano? —le preguntó.
—Ni siquiera pienses en algo semejante —le reconvino Thrower.
Mesura le entregó los instrumentos con aire amoscado.
—No puedo creer que haya dejado las herramientas sobre la solera de esa manera… —Y luego el joven hizo a un lado a Thrower y entró en el dormitorio…
Instantes después, Thrower lo siguió y ocupó su lugar al lado de la pierna expuesta, donde se veía el rectángulo tiznado de negro.
—Bueno, ¿dónde están? —preguntó Fe.
Thrower advirtió que no tenía el cuchillo ni la sierra. Estaba totalmente confundido. Mesura se los había entregado al otro lado de la puerta. ¿Cómo podía ser que los hubiese perdido?