Era la muerte de sus proyectos, y su esposa se parecía demasiado a los Miller. Era bonita, para ser una mujer de las fronteras, pero qué le importaba a él la belleza en ese momento. Qué le importaban las dulces noches y las serenas mañanas. Qué le importaba que trabajara a su lado en la tienda, codo con codo. Lo único que importaba era su furia y su vergüenza.
—No hagas eso.
—Debes quitarte esa camisa húmeda. ¿Cómo es que te ha llegado la nieve hasta la camisa?
—¡He dicho que me quites las manos de encima!
Ella retrocedió un paso, sorprendida.
—Sólo estaba…
—Sé muy bien lo que «sólo estabas». Pobre Soldadito de Dios, sólo tienes que consolarlo como a un niño y ya se sentirá mejor.
—Podrías morir de un resfri…
—Díselo a tu padre. Si dejo los bofes de tanto toser, puedes decirle qué significa arrojar un hombre a la nieve.
—¡Oh, no! —gritó—. ¡No puedo creer que Papá haya…!
—¿Has visto? Ni siquiera crees en tu propio esposo…
—Te creo, pero me parece imposible que Papá…
—Sí, señora. ¡Tu padre es como el mismo diablo, eso es! ¡Es lo que se respira en cada rincón de su casa! ¡El espíritu del mal! Y cuando un cristiano intenta pronunciar la palabra de Dios en ese lugar, lo arrojan a la nieve.
—¿Qué hacías tú allí?
—Trataba de salvar la vida de tu hermano. Sin duda debe de estar muerto a estás alturas…
—¿Y cómo podrías salvarlo tú?
Puede que ella no quisiera mostrarse tan despectiva. Daba igual. El sabía lo que había querido decir. Que como él no tenía ningún poder oculto, no podía hacer nada para ayudar a nadie. Después de dos años de casados, ella depositaba su fe en la brujería, igual que los suyos. No había podido cambiarla en lo más mínimo.
—Eres como ellos —le dijo—. El mal está tan arraigado en ti que no puedo erradicarlo con oraciones, no puedo erradicarlo con prédicas, con amor, ni con gritos. —Y cuando dijo «con oraciones», la sacudió un poco para subrayar la idea. Cuando dijo «con prédicas», la sacudió un poco más y la mujer dio un paso atrás. Cuando dijo «con amor», le dio tal sacudida por los hombros que el cabello, que estaba recogido en un rodete, salió volando por los aires alrededor de su cabeza. Y cuando dijo «con gritos», la empujó tanto que Eleanor fue a dar al suelo.
Al verla caer, aun antes de que se golpeara, sintió tal vergüenza que fue peor que cuando su suegro lo arrojó a la nieve.
Un hombre fuerte me hace sentir débil, de modo que vuelvo a casa y golpeo a mi esposa para sentirme poderoso. Hasta aquí he sido un cristiano que jamás puso la mano sobre ningún hombre o mujer, y ahora golpeo a mi propia esposa, carne de mi carne, hasta hacerla caer al suelo.
Eso pensaba, y estaba por caer de rodillas y balbucear como un niño y pedirle perdón. Y lo habría hecho, pero cuando ella vio la expresión de su rostro, deformado por la vergüenza y la ira, no supo que el enojo de su marido era consigo mismo. Sólo supo que la estaba lastimando, e hizo lo que era natural en toda mujer que hubiera sido criada como ella: movió los dedos para hacer un conjuro de protección y murmuró una palabra para detenerlo.
No podía caer de rodillas delante de ella. No podía dar un solo paso hacia su mujer. Ni siquiera podía pensar en acercársele. Su conjuro era tan poderoso que se tambaleó hacia atrás, se encaminó hacia la puerta, la abrió y salió corriendo en mangas de camisa. Ese día se había hecho realidad aquello que más temía. Probablemente su futuro en política estuviese destruido, pero eso no era nada comparado con aquello otro: su propia esposa hacía brujerías en su propio hogar, y además en contra de él, y lo peor era que no había podido defenderse de sus conjuros. Era una bruja. Una bruja. Y su casa había quedado mancillada.
Hacía frío. No llevaba chaqueta. Ni siquiera chaleco. La camisa ya estaba húmeda desde antes, pero ahora se le pegaba a la piel y el frío le calaba hasta los huesos. Debía refugiarse en algún lado, pero no se atrevía a llamar a las puertas de nadie.
Había un sollo lugar donde podía ir: a la iglesia, sobre la colina. Thrower debía de tener encendido el fuego, y al menos no pasaría frío. En la iglesia podría orar y tratar de comprender por qué el Señor no lo había ayudado.
—¿Acaso no te he servido bien, Señor?
El reverendo Thrower abrió la puerta de la iglesia y entró con paso lento y temeroso. No podía soportar la idea de enfrentarse con el Visitante, sabiendo que había fracasado. Había sido su propia falta. Ahora lo sabía. Satán no debería tener poder sobre él para apartarlo de la casa de ese modo. Era un ministro, había sido ordenado, actuaba como emisario del Señor, seguía instrucciones dictadas por un ángel… Satán no debería poder arrojarlo así de esa casa, antes de que tuviera tiempo de enterarse siquiera de lo que estaba sucediendo con él.
Se quitó el manto. La iglesia estaba muy caliente. El fuego debía de haber estado ardiendo mucho tiempo en la chimenea. O acaso fuera el bochorno de la vergüenza.
No podía ser que Satán fuera más poderoso que el Señor. La única explicación posible era que el mismo Thrower fuese demasiado débil. Que su propia fe hubiese vacilado.
Thrower se arrodilló ante el altar y pronunció el nombre del Señor.
—¡Perdonadme por mi falta de fe! —gritó—. Tuve el cuchillo en mis manos, pero Satán se interpuso y no tuve fuerzas. —Recitó una letanía de autoflagelación y repasó todos sus fracasos de la jornada, hasta que por fin cayó exhausto.
Sólo entonces, con los ojos hinchados por el llanto, con la voz ronca y débil, comprendió en qué momento su fe había sido socavada. Fue cuando estaba de pie en la habitación de Alvin, pidiendo al niño que confesara su fe, y el pequeño se mofó de los misterios de Dios. «¿Cómo puede sentarse encima de algo que no tiene dónde apoyarse?» Si bien Thrower había rechazado el argumento como resultado de la ignorancia y el mal, la pregunta había penetrado no obstante en su corazón hasta perforar la médula de su convicción. Certezas que había sostenido durante toda su vida eran ahora vulneradas por las preguntas de un niño ignorante.
—Me robó la fe —dijo Thrower—. Entré en esa habitación como hombre de Dios y salí presa de la duda.
—Realmente… —dijo a sus espaldas una voz. Una voz que conocía.
Una voz que ahora, en ese momento de fracaso, deseaba y temía. Oh, mi Visitante, mi amigo, consuélame y perdóname. Pero no dejes también de castigarme con la ira formidable de un Dios celoso.
—¿Castigarte? —le preguntó el Visitante—. ¿Cómo podría castigar a semejante espécimen glorioso de la humanidad?
—No soy glorioso —dijo Thrower con pesar.
—Bueno, para el caso, eres apenas humano —repuso el Visitante—. ¿A semejanza de quién fuiste hecho? Te envié a transmitir mi palabra a esa casa, y en cambio casi te han convertido. ¿Cómo he de llamarte ahora? ¿Hereje? ¿O sólo escéptico?
—¡Cristiano! —exclamó Thrower—. Perdóname y llámame cristiano una vez más.
—Tuviste el cuchillo en tus manos, pero lo apartaste.
—No quise hacerlo…
—Débil, débil, débil, débil, débil… —Cada vez que el Visitante repetía la palabra, la estiraba más y más, hasta que al fin cada repetición fue un canto en sí misma. Y mientras cantaba, empezó a caminar alrededor de la iglesia. No corría: caminaba deprisa. Con más premura de la que cualquier hombre podía ser capaz—. Débil… débil… —Se movía tan rápido que Thrower debía girar constantemente para no perderlo de vista. El Visitante ya no caminaba sobre el suelo. Se deslizaba sobre las paredes, y su movimiento era suave y veloz como el de una cucaracha. Y luego, más deprisa aún, hasta convertirse en una mancha que Thrower no llegaba a enfocar con claridad por mucho que girara. Se inclinó sobre el altar, frente a los bancos vacíos, observando la carrera del Visitante una y otra vez. Y otra vez. Y otra vez.