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—¿Quién es? —preguntó Thrower—. ¿Quién es usted?

—Soy yo.

—Soldado de Dios.

—Estoy lavando las paredes. Esto es una iglesia, no un matadero.

Desde luego. Debía de haber sangre por todas partes.

—Lo siento —dijo Thrower.

—No me molesta estar limpiando —aclaró Soldado—. Creo que le quité todos los vidrios del brazo…

—Está desnudo…

—Mi camisa está precisamente en su brazo —repuso.

—Debe de tener frío.

—Tal vez haya sido así, pero he cubierto el agujero del cristal y la estufa ya ha caldeado el lugar. Es usted quien tiene el rostro tan blanco que parece haber estado muerto una semana entera.

Thrower intentó sentarse, pero le fue imposible. Estaba demasiado débil. El brazo le dolía demasiado.

Soldado lo obligó a recostarse.

—Ahora quédese tendido, reverendo Thrower. Así, tumbado. Ha vivido toda una conmoción.

—Sí…

—Espero que no se moleste, pero cuando usted entró, yo ya estaba en la iglesia. Me había quedado dormido al lado de la estufa… Mi esposa me echó de casa. Hoy me han echado dos veces en un mismo día… —Se rió, pero sin alegría—. De modo que lo vi.

—¿Qué vio?

—Estaba teniendo una visión, ¿verdad?

—¿Lo vio a él?

—No fue mucho lo que pude ver. En realidad lo vi a usted, pero tuve algunas imágenes de algo, si sabe a qué me refiero… corriendo por las paredes.

—Lo vio… —dijo Thrower—. Oh, Soldado, fue terrible, y fue hermoso.

—¿Vio a Dios?

—¿Si vi a Dios? No, Soldado, Dios no tiene cuerpo que uno pueda ver. Vi un ángel, un ángel del castigo. Sin duda, es esto lo que debió de ver el Faraón: el ángel de la muerte que atravesó las ciudades de Egipto para llevarse a su primogénito.

—Oh… —dijo Soldado, algo intrigado—. ¿Entonces debía dejarlo morir?

—Si estaba destinado a morir, no podría haberme salvado — arguyó Thrower—. El hecho de que usted me salvara, y de que estuviera aquí en el momento de mi desesperación, es señal segura de que no debía morir. Fui castigado, pero no destruido, Soldado de Dios. Tengo otra oportunidad…

Soldado asintió, pero Thrower sintió que algo lo preocupaba.

—¿Qué le sucede? —preguntó Thrower—. ¿Qué quiere preguntarme?

Los ojos de Soldado se abrieron desorbitados.

—¿Puede leer mis pensamientos?

—Si pudiera, no se lo estaría preguntando…

Soldado sonrió.

—Me figuro que no.

—Si puedo, le diré lo que desea saber.

—Le oí rezar… —comenzó Soldado de Dios. Aguardó, como si aquello fuera la pregunta.

Como Thrower no sabía cuál era el interrogante, no estaba seguro de lo que debía responder.

—Estaba desesperado porque defraudé al Señor. Me fue dada una misión que cumplir, pero en el momento crucial mi corazón se dejó vencer por la duda. —Con su mano sana aferró a Soldado. Lo único que pudo tocar fue la tela de los pantalones del hombre, que estaba de rodillas a su lado—. Soldado de Dios —le dijo—: jamás permita que la duda se apodere de su corazón. Jamás cuestione lo que sabe que es verdad. Es el portal para que Satán tome posesión de usted.

Pero ésa no era la respuesta que Soldado esperaba.

—Diga lo que deseaba preguntar y le diré la verdad, si puedo.

—Usted hablaba de matar… —le indicó Soldado.

Thrower había pensado no decir a nadie la carga que el Señor había depositado sobre sus hombros.

No habría permitido que lo supiese el hombre que estaba en la iglesia.

—Creo —dijo Thrower— que fue el Señor quien lo envió. Soy débil, Soldado, y no pude cumplir lo que Dios esperaba de mí. Pero ahora veo que usted, un hombre de fe, ha llegado hasta mí como amigo y persona de ayuda.

—¿Qué le pidió el Señor? —quiso saber Soldado.

—No que asesinara, hermano mío. El Señor jamás me pidió que matara a un hombre. Sí me encomendó que acabara con un diablo. Un diablo vestido de hombre. Que vive en esa casa.

Soldado de Dios frunció los labios, inmerso en sus pensamientos.

—¿Lo que intenta decirme es que el niño no está poseído? ¿No es algo que usted pueda arrojar de su cuerpo?

—Lo intenté, pero se rió de las Sagradas Escrituras y se mofó de mis palabras de exorcismo. No está poseído, Soldado de Dios. Es hijo del Diablo.

Soldado sacudió la cabeza.

—Mi esposa no es ningún diablo, y es su propia hermana.

—Ha renunciado a la herejía, y por ello ha ganado la pureza —sentenció Thrower.

Soldado de Dios lanzó una risa amarga.

—Eso creía…

Ahora Thrower comprendía por qué el hombre se había refugiado en la iglesia, en la morada del Señor: su propia casa era un sitio de corrupción.

—Soldado de Dios, ¿me ayudará a purgar este país, este pueblo, esa casa, esa familia, de la influencia maligna que la ha corrompido?

—¿Eso salvará a mi esposa? —preguntó Soldado—. ¿Eso acabará con su amor por la brujería?

—Tal vez —repuso Thrower—. Acaso el Señor nos haya unido para que ambos podamos purificar nuestros hogares.

—Sea cual fuere el precio —dijo Soldado de Dios—, estoy con usted contra el demonio.

Capítulo 15

PROMESAS

El herrero escuchó a Truecacuentos hasta que terminó de leer la carta.

—¿Recuerda usted a la familia?

—Sí —dijo Pacífico Smith—. El cementerio casi se diría que comenzó con su hijo mayor. Con mis propias manos retiré de las aguas su cadáver.

—Pues bien… ¿lo tomará como aprendiz?

Un joven, acaso de unos dieciséis años, entró en la forja llevando un cubo de nieve. Miró al visitante, bajó la cabeza y caminó hacia el barril que había cerca de la solera.

—Ya ve que ya tengo un aprendiz —dijo el herrero.

—Parece ya mayorcito… —comentó Truecacuentos.

—Va bien —concedió el herrero—. ¿No es cierto, Bosey? ¿Ya estás listo para instalarte por tu cuenta?

Bosey intentó una sonrisa, se irguió y asintió.

—Sí, señor—respondió.

—No soy un maestro nada fácil… —le previno el hombre.

—Alvin es un joven de buen corazón. Trabajará duramente para usted.

—¿Pero me obedecerá? Me gusta que me obedezcan.

Truecacuentos volvió a mirar a Bosey. Se afanaba por llenar a paladas el barril de nieve.

—He dicho que es un joven de buen corazón. Le obedecerá si es justo con él…

El herrero enfrentó su mirada.

—Siempre soy honesto. No golpeo a los mozos que me envían. ¿Alguna vez te he puesto la mano encima, Bosey?

—Jamás, señor…

—Ya ve, Truecacuentos, un aprendiz puede obedecer por miedo o por hambre. Pero si soy un buen maestro me obedecerá porque sabe que así ha de aprender.

Truecacuentos le sonrió.

—No hay paga —dijo—. El niño la cobrará por mí. E irá a la escuela…

—Según tengo entendido, un herrero no necesita saber leer y escribir.

—No pasará mucho tiempo antes de que el Hio sea parte de los Estados Unidos —profetizó Truecacuentos—. A mi entender, el niño debe votar, y leer los periódicos. El hombre que no sabe leer sólo sabe lo que los demás le dicen.

Pacífico Smith miró a Truecacuentos con una sonrisa algo velada en el rostro.

—¿Ah, sí? Pues está usted diciéndomelo. ¿No lo sé únicamente porque otros, principalmente usted, me lo están diciendo?

Truecacuentos se echó a reír y asintió. El herrero había dado en el clavo con su aguda observación.

—Me gano la vida contando cuentos —reconoció Truecacuentos—, de modo que sé que puede aprenderse mucho con el sonido de una voz. El niño sabe leer más de lo que se espera a su edad, conque no le hará daño perderse un tiempo de escuela. Pero su madre se ha empeñado en que sepa leer y hacer cuentas como un estudioso. Prométame que no se interpondrá entre el niño y sus estudios, si él lo desea, y lo dejamos así.