—Tiene mi palabra —repuso Pacífico Smith—. Y no hace falta que lo ponga por escrito. Un hombre no necesita saber leer y escribir para cumplir su palabra. Pero el que debe asentar sus promesas por escrito merece ser vigilado día y noche. Lo sé por experiencia. En estos días ya contamos con picapleitos aquí en Hatrack…
—Es la maldición del hombre civilizado —admitió Truecacuentos—. Cuando un hombre no puede conseguir que los demás crean ya en sus mentiras, contrata a un profesional para que mienta en su lugar.
Y rieron juntos de la ocurrencia, sentados sobre dos robustos tocones que había al otro lado de la puerta.
El fuego doraba sus rescoldos en la chimenea de ladrillos que tenían detrás y, en el exterior, el sol brillaba sobre la nieve a medio derretir. Frente a la forja, un cardenal pasó volando por encima del suelo pisoteado y salpicado de hierba y excrementos. Durante un segundo cegó los ojos de Truecacuentos, tal fue su fulgor contra los tonos blancos, grises y castaños del invierno próximo a su fin.
En ese momento de azoramiento ante el vuelo del cardenal, Truecacuentos supo con toda certeza, aunque no pudo decir por qué, que pasaría bastante tiempo antes de que el Deshacedor dejara que el pequeño Alvin llegase a este lugar. Y cuando lo hiciera, sería como un cardenal fuera de temporada, que sorprendería a las gentes del lugar creyendo ser natural como un ave en vuelo y sin saber el prodigio que representaba cada minuto que el pájaro aguantaba en el aire…
Truecacuentos meneó la cabeza y en ese momento la visión desapareció.
—Hecho entonces —dijo—. Les escribiré para que envíen al niño.
—Lo estaré esperando hasta principios de abril. ¡No más tarde!
—A menos que espere que el niño sepa controlar el tiempo, tendrá que ser flexible con las fechas.
El herrero gruñó y lo despidió con un gesto. Con todo, había sido una reunión satisfactoria. Truecacuentos se marchó de buen talante. Había cumplido su tarea. Sería fácil enviar una carta en alguna carreta que se encaminara al oeste. Cada semana pasaban varias caravanas por el pueblo de Hatrack.
Había transcurrido largo tiempo desde que había pasado por ese sitio, pero seguía recordando el camino desde la forja hasta la hostería. Era un camino muy transitado y nada largo. Ahora la hostería se veía mucho más grande que antaño, y algo más allá, sobre el camino, también había otras tiendas. Un zapatero remendón, un talabartero y una tienda de ropa. La clase de servicios que podían ser de utilidad a los viajeros.
Apenas puso un pie en el patio, la puerta se abrió y asomó Peg, la vieja hostelera, con los brazos abiertos para recibirlo.
—¡Ay, Truecacuentos, cuánto hace que no nos veíamos…! ¡Pase usted!
—¡Me alegro de volver a verla, Peg…!
Horace el hostelero lo saludó desde el mostrador de la sala común, donde atendía a varios visitantes sedientos.
—Si hay algo que no necesito aquí es otro abstemio…
—En ese caso, tengo buenas noticias, Horace —repuso Truecacuentos jocosamente—. He abandonado el vicio del té.
—¿Y qué bebe, entonces? ¿Agua?
—Agua, y la sangre de viejos grasientos —dijo Truecacuentos.
Horace hizo un gesto a su mujer.
—Mantén a ese hombre lejos de mí, vieja Peg, ¿me oyes?
La vieja Peg lo ayudó a librarse de tanto abrigo.
—Mírese —indicó echándole un vistazo—. La carne que lleva a cuestas no alcanza para hacer un simple guisado…
—Por las noches, los osos y panteras pasan de largo junto a mí. Buscan presas más jugosas —bromeó Truecacuentos.
—Pase y cuénteme historias mientras preparo algo de comer para la compañía…
Hubo charla y plática, especialmente cuando Abuelito se acercó a ayudar.
Ya estaba algo chocho, pero todavía seguía teniendo mano para la cocina, lo cual era una bendición para todos los que comían allí; la vieja Peg tenía buenas intenciones y trabajaba con tesón, pero algunos tenían el don y otros no. De todas formas, Truecacuentos no había venido a comer, ni a conversar, y al cabo de un rato comprendió que debía ir al grano.
—¿Dónde está vuestra hija?
Para su asombro, la vieja Peg se endureció, y su voz se tornó fría y áspera.
—Ya no es tan pequeña. Ahora tiene ideas propias, y es la primera en decirlo.
Y a usted eso no le agrada mucho, pensó Truecacuentos. Pero lo que tenía que hacer con la hija era más importante que cualquier rencilla familiar.
—¿Sigue siendo…?
—¿Tea? Sí, cumple con su tarea, pero eso no da ninguna alegría a los que vienen por ella. Fría y esquiva, eso es lo que es. Se ha ganado la fama de tener una lengua temible. —Por un instante, el rostro de la vieja Peg se suavizó—. Era una niña tan tierna…
—Jamás he visto que un corazón tierno se endureciera —aventuró Truecacuentos—. Al menos sin que hubiera una buena razón.
—Bueno, no sé cuál fue su razón, pero su alma se ha endurecido como un cubo de agua en una noche de invierno.
Truecacuentos contuvo la lengua para no largar un sermón. No dijo que si uno astilla el hielo se vuelve a congelar de inmediato, pero que si se acerca al calor se funde sin remedio. Para qué meterse en las disputas familiares. Truecacuentos conocía lo suficiente la forma de vida de las gentes para tomar esa reyerta como un acontecimiento natural, como los vientos fríos y los días cortos del otoño, como el trueno tras el relámpago. La mayoría de los padres no servía de mucho a los hijos crecidos.
—Tengo un asunto que tratar con ella —anunció Truecacuentos—. Me arriesgaré a que me saque los ojos.
La encontró en la oficina del doctor Whitley Physicker, trabajando en sus cuentas.
—No sabía que llevabas libros de contabilidad —le dijo.
—No sabía que se llevara muy bien con los médicos —repuso ella—. ¿O ha venido sólo para ver el milagro de una mujer que hace cuentas y multiplicaciones?
Ah, sí, era de lo más rápida con la lengua. Truecacuentos entendió que semejante genio podía incomodar a más de un pueblerino de esos para los cuales una jovencita debía bajar la vista y hablar suavemente, y sólo levantar la mirada de tanto en tanto, bajo los párpados caídos. Pero en Peggy no había nada de esa candorosa feminidad. Miraba a Truecacuentos a la cara, más de frente imposible.
—No he venido a que me curen —dijo Truecacuentos—, ni a que me predigas el futuro. Ni a que me hagan la cuenta.
Y allí lo tuvo. Apenas le respondió sinceramente en lugar de desairarla, le lanzó una sonrisa capaz de conjurar las verrugas de un sapo.
—No recuerdo que tuviera usted mucho que sumar o restar, de todas formas —dijo—. Nada más nada es igual a nada, según creo.
—Te equivocas, Peggy —dijo Truecacuentos—. Poseo el mundo entero, pero la gente no ha sido muy puntual pagando las facturas, últimamente.
La joven volvió a sonreír e hizo a un lado los libros del médico.
—Le llevo las cuentas una vez por mes, y él me trae cosas que leer de Dekane. —Le habló de lo que le gustaba leer, y Truecacuentos comenzó a darse cuenta de que su corazón anhelaba fronteras que se extendían mucho más allá del río Hatrack. También vio otras cosas: que ella, por ser una tea, conocía demasiado bien a los pobladores del lugar, y que en sitios lejanos encontraría personas con almas puras como joyas que jamás defraudarían a una niña capaz de ver de lleno en sus corazones.