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– ¡Basta! -rugió-. ¡Ahora no hay tiempo! ¿Qué hay de Clifford? ¿También ha muerto?

– ¿Clifford? -El ojo verde se ensanchó. Margarita estaba tan cerca de él que vio la contracción de la pupila-. Por Dios, madame, ¿no lo sabéis? Clifford murió ayer al mediodía en Ferrybridge, el cruce del río Aire, a diez millas de Towton.

Margarita soltó un gemido. Si Somerset era su roca, Clifford había sido su espada.

– ¿Cómo? -preguntó, tan rígidamente que tuvo que repetirlo.

– Los yorkistas mandaron una partida para reparar el cruce de Ferrybridge, pues habíamos quemado el puente. Lord Clifford sabía que intentarían repararlo; los tomó por sorpresa y muchos murieron. Allí estaba Warwick en persona, madame. Pero Eduardo de York había enviado una segunda partida para que vadeara el puente río arriba. Cruzaron en Castleford y sólo nos enteramos cuando embistieron contra el flanco derecho de lord Clifford. En la retirada que siguió, pereció la mayoría de sus hombres. Creo que sólo escaparon tres. Una flecha abatió a Clifford por casualidad. Le perforó la gorguera, le atravesó la garganta. Se ahogó en su propia sangre -añadió gratuitamente, con tan evidente falta de aflicción que Margarita lo miró con severidad, recordando el nombre que Clifford se había ganado cuando cundió la noticia de la muerte de Edmundo en Wakefield. Estaba desquiciado de furia cuando se enteró; había acudido a Margarita, la única que lo escuchaba, para maldecir y despotricar. Le ofendía que sus propios hombres lo apodaran «Carnicero», precisamente a él, lord Clifford de Skipton-Craven.

Margarita volvió a reparar en el frío; la nieve le había empapado las sandalias y no sentía los pies. Su falda y su enagua también estaban húmedas y se le adherían a los tobillos, y los pliegues pegajosos la frenaron cuando procuró levantarse.

Se levantó antes de que el abad pudiera ofrecer ayuda, pero al mover la linterna, él se la acercó involuntariamente a los ojos. El resplandor la deslumbró y retrocedió hacia un traicionero fragmento de hielo. No pudo impedir la caída, y se desplomó con un doloroso golpe en la espalda. El abad lanzó una exclamación, soltó la linterna para tratar de levantarla, perdió el equilibrio, casi cayó sobre ella. El soldado tuvo la sensatez de quedarse donde estaba y tosió para cubrir una risa tan involuntaria como un estornudo e igualmente despojada de humor.

Entorpecida por la falda empapada, sin aliento, mirando al abad que pataleaba en la nieve, mientras su criado procuraba mantener el equilibrio y le tendía la mano, Margarita se echó a reír en borbotones de júbilo estrangulado, un sonido de pesadilla.

– ¡Madame, no perdáis la compostura! -El abad, menos tímido que el criado para tocar a la realeza, le aferró los hombros, la sacudió enérgicamente.

– Pero es muy divertido, ¿no lo veis? Tengo un niño pequeño y un loco tierno e indefenso durmiendo en vuestro alojamiento, y no tengo dinero, y me acaban de anunciar que ya no tengo ejército. ¡Miradnos, señor abad! ¡Sacré Dieu, miradnos! ¡Si no me río, podría creer que todo esto está sucediendo de veras, y que me está sucediendo a mí!

– Madame… -El abad titubeó, y luego continuó valerosamente-: No es preciso que huyáis. York no dañaría a una mujer, y menos a un niño. Estoy seguro de que vuestras vidas estarán a salvo con él. Quedaos aquí, madame. Implorad la misericordia de York, aceptadlo como rey. Aunque lleguéis a Escocia, ¿qué haréis después? Ah, madame, ¿no podéis desistir?

La luz del farol ya no alumbraba la cara de Margarita, y él no pudo discernirle la expresión, pero le oyó cobrar aliento, un siseo sibilante de intensidad felina. Ella se zafó la mano.

– Oui, monseigneur -escupió-. ¡En mi lecho de muerte! -Logró levantarse, tan rápidamente que él la miró boquiabierto. Ella añadió incisivamente-: En vuestro lugar, monseñor abad, estaría demasiado preocupado por mi abadía para ofrecer consejos políticos imprudentes que nadie ha pedido. Santa María es una de las casas más ricas de vuestra riquísima orden, ¿verdad? Os convendría pasar varias horas de rodillas, rogando que Eduardo de York os deje un par de monedas que podáis considerar propias. ¿Qué creéis que ocurrirá con esta ciudad una vez que él la entregue a sus hombres para que se diviertan?

– ¿Madame? -El soldado se había puesto de pie-. En verdad, poco me interesa lo que haga York con esta ciudad. Pero tengo un interés supremo en vuestra seguridad y la del rey. Soy el hombre de confianza del duque de Somerset; él mismo me mandó a vos. Creo que no hay tiempo que perder. Quizá monseñor abad tenga razón al suponer que York no cometería violencia contra una mujer o un niño. Sin embargo, preferiría no poner a prueba esa creencia.

Ella lo miró y asintió.

– Ven conmigo -le dijo, cogiéndole el brazo antes de que él pudiera moverse-. Apóyate en mí si flaqueas. ¿Crees que puedes cabalgar?

Bien. Ahora… -Hizo una pausa y concluyó, con voz tensa y controlada-: Ahora debo despertar a mi hijo. -Otra pausa-. Y a Henri. -Hablaba en voz tan baja que él apenas le oía, con una inflexión emocional que no pudo identificar-. Así es. No debemos olvidar a mi esposo, el rey. Él le echó una ojeada, vio sólo ese bello perfil, la cascada de cabello lustroso y negro, desmelenado después de la caída en la nieve, vio sólo lo que ella quería que viera.

El abad se incorporó penosamente, quitándose nieve del hábito, sacudiéndola de los pliegues de la cogulla que le caía sobre los hombros, una figura solitaria enfundada en el atuendo negro de los benedictinos, rodeado por ráfagas de blancura implacable. Movía los labios. Había tomado a pecho el sarcasmo de Margarita de Anjou, y rezaba por la ciudad que amaba y la magnífica abadía de Santa María, que era su vida.

El lunes por la mañana los habitantes de York se despertaron con temor. La noticia se propagó rápidamente por la ciudad. Towton, la batalla más cruenta jamás librada en suelo inglés, era la coronación sangrienta de Eduardo de York. No quedaba nadie que cuestionara su soberanía. Inglaterra era suya y la gente de York no le había dado motivos para estimar esa ciudad.

El sol pálido emprendía avances vacilantes y retiradas presurosas, y la nieve y los desechos barridos por el viento daban a las calles un aire de absoluta desolación. Algunos aprendices buscaban en la leña madera para tapiar las tiendas de sus maestros. Los pisos altos de las casas de madera tenían los postigos cerrados. Los principales mercados de la ciudad, Thursday Market y Pavement, estaban casi desiertos; los puestos, que tendrían que haber estado abarrotados de pescado para la Cuaresma, mantequilla de manzana y hierbas, estaban desnudos, o ni siquiera estaban instalados. Se hablaba de multitudes que se agolpaban en los muelles, al pie del puente de Ouse, donde atracaban las naves marítimas al llegar a York.

En general, sin embargo, la ciudad estaba tranquila, y reinaba más aprensión que pánico. Algunos mencionaban la fuga, pero sólo los muy tontos y los muy asustados. York era la segunda ciudad de Inglaterra, con una población de quince mil habitantes. Quince mil personas no podían lanzarse a la campiña helada, librando a su suerte a los ancianos y los enfermos. Habían cometido el gran pecado de respaldar al bando equivocado en una guerra civil y se preparaban valerosamente para afrontar las consecuencias de ese error de criterio. Hubo una concurrencia inusitadamente alta para la misa de alborada en las cuarenta y una iglesias parroquiales de la zona. Luego comenzó la espera.

El alcalde William Stockton aguardaba con los sheriffs John Kent y Richard Claybruke ante Micklegate Bar. Detrás de ellos estaban reunidos los chambelanes, concejales y regidores. Todos llevaban una túnica ceremonial de manto escarlata orlado de piel, para honrar al rey yorkista. Todos parecían muy incómodos.

Una pequeña multitud se acumuló con el transcurso de la mañana: los que siempre habían apoyado a la Casa de York, los que ansiaban granjearse el favor del nuevo soberano, los intrépidos, los jóvenes, los morbosamente curiosos. Pero aún no pasaba nada; mataron el tiempo inventando rumores extravagantes y mirando al hombre que estaba junto al alcalde.