– ¡Mi señor de Warwick! -exclamó con voz dura y resonante.
– ¿Vuestra Gracia? -Warwick había quedado hipnotizado por esta imprevista exposición de un pesar que no había sanado, se había sorprendido al ver que no conocía a su primo tanto como creía. Se acercó a Eduardo y preguntó con voz compuesta-: ¿Qué desea Vuestra Gracia?
– Los prisioneros… -Eduardo clavó en Warwick unos insondables ojos azules que irradiaban un brillo escalofriante-. No veo motivos para demorar las ejecuciones. Que las lleven a cabo. Ya.
Warwick asintió.
– El alcalde me ha informado de que el conde de Devon no huyó con Margarita. Estaba en cama, afiebrado, y ahora lo retienen en el castillo, esperando vuestra decisión. ¿Lo liberamos de su fiebre?
El humor patibulario de Warwick no era del gusto de su hermano; Juan acababa de salir de una celda, y tenía escrúpulos para ejecutar a un prisionero enfermo. Abrió la boca para hablar, vio que su joven primo miraba de nuevo las cabezas de Micklegate Bar. En el rostro de Eduardo había poca juventud, y ninguna misericordia. Todos los presentes sabían lo que respondería.
– Llevad a Devon al mercado llamado Pavement. Hacedlo decapitar frente a la picota.
– Se hará de inmediato -dijo afablemente Warwick-. ¿Y luego? -urgió, previendo acertadamente la próxima orden de Eduardo.
– Luego quiero ver su cabeza allá donde ahora están mi hermano y mi padre.
Warwick asintió de nuevo.
– Como desee Vuestra Gracia -dijo en voz alta, y bajó la voz para que sólo le oyera Eduardo-. ¿Te encuentras bien? Por un momento te noté muy enfermo…
– ¿De veras? -dijo Eduardo con voz seca, y en ese momento Warwick no tuvo idea de lo que pensaba el muchacho. Su rostro no evidenciaba nada, nada en absoluto.
Por un momento incómodo callaron, y luego Eduardo puso a su caballo en marcha.
– Avísame cuando esté hecho -dijo por encima del hombro-. Pero ningún prisionero que esté por debajo del rango de caballero. No acusaría a un hombre por una hogaza entera cuando sólo comió migajas. Encárgate de ello, primo.
Frenó la montura ante el alcalde Stockton y los regidores. El alcalde se armó de coraje, inició una valerosa aunque vana perorata en nombre de la ciudad, pero Eduardo lo interrumpió.
– Señor alcalde, estoy agotado. Sólo quiero un baño caliente, una cama mullida y una bebida fuerte. Con franqueza, no estoy de ánimo para oír explicaciones sobre vuestra lealtad a Lancaster. Ahorrémonos una súplica que no es preciso presentar ni escuchar.
El alcalde asintió en silencio, tan desconcertado por esta réplica inusitada que se sorprendió dando su acuerdo como si Eduardo hubiera planteado una pregunta que requiriese una respuesta.
– No me propongo saquear la ciudad de York -dijo Eduardo, conteniendo una sonrisa-. Vuestros temores son infundados, y no me halagan. Mi reyerta es con la Casa de Lancaster, no con las buenas gentes de York.
Escrutó los rostros vueltos hacia él, vio un asomo de alegría, les sonrió.
– Habéis demostrado que podéis ser muy leales a un soberano. Siendo soberano vuestro, eso no puede desagradarme, ¿verdad?
Cuando logró hacerse oír de nuevo, provocó otra ovación al sugerir que quizá el alcalde quisiera escoltarlos hacia la ciudad.
Warwick observó a la multitud que se apretujaba para entrar por la barbacana mientras las campanas de las iglesias repicaban en toda la ciudad, y hombres y mujeres salían a las calles para comprobar que estaban a salvo.
– No es mal comienzo, Johnny -le dijo a su hermano, mirándolo de soslayo-. Muchos revoltosos lancasterianos querrían fomentar el desorden, pero ahora habrá otros que recordarán el filo de la espada en la garganta, y que optamos por envainarla sin sangre.
Juan asintió.
– Pero me inquietó por un momento. Él necesita desesperadamente desquitarse, necesitaba alguien a quien culpar, y temí que se desquitara con York. ¡Dios sabe que era el blanco más visible!
– Confieso que pensé lo mismo -concedió Warwick, y sonrió-. Pero hice mal en preocuparme. Es un buen muchacho, Johnny. Sabe conservar la calma cuando hace falta. ¡Su historial era casi perfecto hasta hoy! Es sumamente extraño. He luchado junto a Ned en el campo de batalla, he compartido el exilio, me he embriagado con él, reclamamos juntos una corona, y ésta fue la primera vez que lo vi realmente conmocionado. ¡Y después de todo lo que ha padecido! ¡Extraño!
– Si crees que puedes soportar dos conmociones similares en una sola mañana, te confesaré que tampoco yo tuve uno de mis mejores días cuando atravesé esa condenada puerta por primera vez.
Warwick miró a Juan extrañamente.
– Es una cuestión de disciplina, Johnny. Sólo ves lo que quieres ver; ése es el secreto. Si miras la puerta y te imaginas que ves a Tom, o Ned hace lo mismo y ve a Edmundo, por Dios, hombre, claro que te revolverá el estómago. Ahora bien, yo sólo veo…
– Prefiero no saberlo, Dick -interrumpió Juan, sonriendo agriamente-. Quizá tengas razón, pero si alguna vez mi cabeza termina en Micklegate Bar, preferiría que mis seres queridos no lo tomaran tan filosóficamente.
Warwick rió. De todos sus parientes, este hermano era el que más quería.
– ¡Lo tendré en cuenta!
Mirando en torno, pidió su caballo.
– Bien, será mejor que me encargue de esas ejecuciones que ha pedido nuestro joven primo el rey. Y supongo que iremos a San Pedro para hacer una ofrenda y oír misa…
Regresó después de impartir las órdenes necesarias, sabiendo que se obedecerían de forma expeditiva y sin tropiezos. Todos los que estaban al servicio de Warwick eran disciplinados y fiables, y la mayoría eran devotos de él; pagaba con más generosidad que ningún lord de Inglaterra y su insignia del Oso y el Báculo Enramado otorgaba una envidiable distinción social al usuario.
– Ned dijo que se alojaría con los franciscanos -comentó, reanudando la conversación-. También te encontraremos alojamiento allí, Johnny. ¿No era allí donde se albergaba la ramera francesa? No me extrañaría que hubiera envenenado el pozo o, peor aún, los toneles de vino, como regalo de despedida para nuestro primo el rey.
– Creo que se alojaba en Santa María -dijo Juan distraídamente, y luego repitió-: Nuestro primo el rey.
– ¿Qué?
– Nuestro primo el rey -volvió a repetir Juan-. ¿Has notado que usaste dos veces esa expresión durante nuestra charla?
– ¿Y con eso?
– No sé. Pero creo que me sentiría más cómodo si hubieras dicho «el rey, nuestro primo».
Warwick lo miró un instante y se echó a reír.
– ¡Por Dios, Johnny, te eché de menos estas seis semanas! ¿Sabes lo que más extrañé de ti? ¡Esa nube de pesadumbre que siempre arrastras como una manta!
Sin dejar de reír, montó con agilidad y cruzó Micklegate Bar al trote. No miró arriba al atravesar la puerta, ni miró hacia atrás. Juan Neville lo observó, sonrió para sus adentros, montó a caballo y siguió a su hermano.
Capítulo 6
Durham
Diciembre de 1462
El castillo de Bamburgh, en la frontera norte, cayó en manos de los yorkistas el día de Navidad. El asedio había durado más de un mes y en los últimos días los lancasterianos cercados tuvieron que comerse a los caballos. Pero así sólo prolongaron su sufrimiento. El final era inevitable. Margarita estaba en Escocia y no envió sus fuerzas en auxilio de Bamburgh. Con el amanecer de la Navidad, el estandarte blanco y dorado del Sol en Esplendor relucía sobre las almenas y Juan Neville, ahora lord Montagu, aceptó formalmente la rendición de Bamburgh en nombre del rey yorkista.
Enrique Beaufort, duque de Somerset, sabía que era hombre muerto. Tenía las horas contadas, y sólo debía aguardar a que llegaran a Durham. Eduardo de York lo esperaba. Eduardo había enfermado una quincena atrás y no había podido comandar personalmente el sitio de Bamburgh. Había seguido atentamente los combates desde su lecho de convaleciente, pero sus primos Warwick y Juan Neville se habían encargado de dirigir las operaciones militares. Era Juan quien trasladaba a Somerset al sur, a Durham y a la muerte.