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Somerset siempre había sabido qué le esperaba si caía en manos yorkistas. En la reyerta entre York y Lancaster, toda misericordia y magnanimidad habían muerto con Edmundo de Rutland en el puente de Wakefield. Somerset sabía que, a ojos yorkistas, sus pecados eran legión: Ludlow, Sandal, San Albano, Towton. Y en los veintiún meses transcurridos desde la cruenta victoria yorkista de Towton, le había dado a Eduardo más motivos para desear su muerte. Había viajado a Francia en un fútil intento de obtener respaldo francés para Margarita, había negociado con los escoceses en representación de ella, había capturado Bamburgh en nombre de ella. Margarita no tenía gente más leal que Somerset y sus hermanos menores, y Juan Neville había aceptado la rendición de Somerset con la adusta satisfacción de abatir una presa tras una persecución agotadora.

Ahora Somerset comprendía la amarga distinción entre encarar la muerte como una eventualidad y afrontarla como una realidad. No podía culpar a Eduardo de York por hacer lo que él mismo habría hecho de haber tenido la oportunidad. Nunca había cuestionado su propio coraje, ni lo cuestionaba ahora. Había desafiado a la muerte tantas veces que estaba seguro de que no deshonraría sus últimos momentos. Pero sólo tenía veintiséis años, poseía un cuerpo saludable y disciplinado que le había servido bien y amaba muchas cosas de la vida, aun siendo un rebelde perseguido bajo la Ley de Proscripción. Camino a Durham, entendió que el temor a la muerte en combate era comparable al temor al hacha del verdugo sólo en el sentido en que el miedo a la consunción era comparable a la lúgubre resignación de alguien que empezaba a toser y escupir sangre.

Durham estaba sesenta y cinco millas al sur de Bamburgh. Allí, en el priorato benedictino de San Cutberto, Eduardo pasaba las Navidades, por segunda vez desde que había tomado la corona de Inglaterra. Con él estaba su primo Warwick. También estaba su hermano menor, Ricardo, que gozaba de una breve tregua en sus estudios del latín, el francés, las matemáticas, el derecho, la música, los modales y las imprescindibles artes de la guerra y las armas en el castillo de Middleham de Warwick, a cincuenta millas de Durham.

Juan Neville se reunió de inmediato con su primo el rey. Somerset pensaba que lo llevarían a la mazmorra que estaba bajo el dormitorio principal de la enfermería. Se sorprendió cuando lo condujeron a una pequeña cámara cerca de la casa capitular. Allí, le informaron, confinaban a los frailes culpables de infracciones menores. El monje parpadeó con desconcierto cuando Somerset se echó a reír.

– ¡Infracciones menores! -jadeó-. ¿La llamaremos traición bala-di, entonces?

El monje no entendió la broma, si eso era. Se encogió de hombros y se marchó. Cuando cerraron la puerta, la corriente apagó la única vela. Somerset quedó solo en la oscuridad.

Poco después llegó la convocatoria que Somerset esperaba con resignación. Siguió a los guardias al alojamiento del prior, entró en el salón abarrotado de cortesanos yorkistas. El gabinete también estaba atestado. Recibió befas y empellones mientras los guardias lo escoltaban en medio de una atmósfera más expectante que furiosa, muy similar al ánimo festivo de una multitud que se reúne para el ahorcamiento público de un salteador notorio.

Lo empujaron por la puerta del gabinete, se encontró en una amplia cámara. Reconoció la cámara privada del prior, y también reconoció al prior. John Burnaby era un hombre conocido para la familia Beaufort; había concedido a Somerset una noche de asilo en el priorato cuando Somerset huía hacia Escocia después de la batalla de Towton. Pero ahora actuaba como si no lo conociera, y sin aparentar mayor vergüenza.

Antes de que Somerset pudiera echar un vistazo, sus guardias lo empujaron, haciéndolo pasar por una puerta abierta sin la menor gentileza. Tropezó, recobró el equilibrio y miró a su alrededor con asombro.

Estaba en una cámara alumbrada por antorchas, tapizada de rojo para ahuyentar la fiebre, caldeada por un enorme hogar y braseros llenos de carbones humeantes. Dos enormes perros loberos y un alano más pequeño yacían junto al fuego; un halcón peregrino amarrado observaba sin pestañear desde un rincón. Cortaron las amarras de Somerset de un tajo, y cayeron al suelo. Se frotó las muñecas sin pensarlo e irguió la cabeza.

Los perros lo miraban con bonachona pereza, el conde de Warwick y Juan Neville lo escrutaban fríamente. Les sostuvo la mirada y buscó al rey yorkista. Eduardo estaba en la cama, totalmente vestido, apoyado en media docena de almohadas de plumas. Tenía un color pronunciado pero no mostraba otros efectos de su enfermedad reciente, y observaba a Somerset con ojos reflexivos.

Nadie habló. Los guardias retrocedieron hacia la puerta. Sólo entonces Somerset reparó en el muchacho que estaba sentado en unos cojines junto a la cama, con otro alano estirado en el suelo. Era un mozo de cabello oscuro que rondaría los diez años, y Somerset se escandalizó. No podía creer que ejecutaran su sentencia de muerte en la cámara de Eduardo de York, en presencia de un niño.

– Ya conocéis a mis primos Neville -dijo secamente Eduardo. Somerset lo miró, sonrojándose de furia impotente, y Eduardo señaló al niño sentado en el suelo-. Mi hermano Ricardo, duque de Gloucester.

El niño miró a Somerset con fría compostura.

– Nos conocimos en Ludlow -dijo, y Eduardo rió. Los Neville también rieron. Somerset sintió un odio que se impuso sobre el miedo.

– ¿Pensáis decapitarme en vuestra cámara, delante del niño? -exclamó con desafiante desdén.

Juan Neville se puso de pie.

– Cuidado, Somerset -murmuró-. Esta noche o mañana, para mí da lo mismo.

Warwick no se molestó en moverse, pero entornó los ojos oscuros, transmitiendo una animadversión más implacable y ominosa que la serena advertencia de su hermano.

Eduardo sacudió la cabeza.

– No sois tonto, Somerset -dijo con impaciencia-. ¿Entonces por qué habláis como tal? Por amor de Dios, hombre, ¿creéis que os haría traer a mi cámara privada si pensara separar vuestra cabeza de vuestros hombros?

Los Neville parecían tan azorados como Somerset. Sólo Ricardo permanecía impávido, mirando a su hermano con sumo interés.

Warwick habló el primero, desechando las palabras que había oído.

– No pensarás perdonarle la vida, Ned -dijo bruscamente-. ¡Precisamente a Somerset! Imposible.

Sin reparar en el tono perentorio de su primo, Eduardo añadió uno de los cojines de Ricardo a la pila que estaba sobre la cama y se recostó cómodamente sobre los codos.

– Decidme, Somerset -dijo con calma-. ¿Mi primo Warwick tiene razón? ¿Es en verdad imposible?

Somerset no supo qué responder. Esta súbita sugerencia de un perdón superaba sus defensas, lo sumía en emociones turbulentas. Sólo podía pensar que éste era un vengativo y cruel preludio a la ejecución.

– No lo entiendo -confesó, y aun esa admisión le resultó difícil.

– Hace veintiún meses que trajináis por una causa perdida. Vuestra reina puede suplicar en todas las cortes de Europa, y no le servirá de nada. Inglaterra es mía, hombre. ¿Podéis aceptarlo? ¿Podéis aceptar una monarquía yorkista?

Somerset guardó silencio. Ya no estaba seguro de que esto fuera un engaño cruel, la venganza de York por el castillo de Sandal. Miró a Eduardo y a los incrédulos Neville, viendo de pronto que Margarita estaba en lo cierto en su valoración de Eduardo y que él estaba equivocado, que este indolente joven de veinte años no era pelele de nadie, que sólo halagaba a sus parientes Neville cuando le convenía.

– ¿Y si pudiera? -dijo fatigosamente, negándose a abrazar la esperanza, negándose a creer que la sencilla oferta de Eduardo fuera sincera.