«Es un error fatal, Francis», había observado, y para Enrique Beaufort, duque de Somerset, la aciaga predicción se cumpliría antes de cinco meses.
El 15 de mayo Somerset se había enfrentado a Juan Neville en Hexham. El resultado fue una resonante victoria yorkista, y para Somerset no habría segundo indulto. Herido en la lucha, fue capturado después de la batalla. Juan Neville lo hizo llevar a la aldea de Hexham. Allí, en el mercado, le quitaron las espuelas y la armadura y lo decapitaron ante una muchedumbre burlona.
Ahora la justicia yorkista era rápida y mortífera. Otros cuatro fueron ejecutados aquel día con Somerset. El 17 de mayo murieron cinco más en Newcastle. Al día siguiente, siete rebeldes lancasterianos fueron decapitados en Middleham, y el 26 de mayo otros catorce fueron al tajo en York. Hoy morirían dos más y Francis se encontró inexorablemente atraído por la puerta del matadero.
Ningún soldado le cerraba el paso. Pensó que podía arriesgarse a echar un vistazo al interior, quizá entrever a los dos condenados. Se aproximó tensamente, temiendo una reprimenda. Nadie apareció. Se armó de coraje, traspuso sigilosamente la puerta abierta.
Después de la brillante luz del sol, le costó acostumbrarse a la penumbra del interior. Parpadeó, y al principio vio poco. Había varios hombres en las sombras, y un gran tajo de madera en el centro del recinto. Un hombre estaba tendido encima, en lo que parecía una posición bastante incómoda. Entonces Francis cayó en la cuenta de lo que veía, pero, mientras su cerebro reconocía lo que registraban sus ojos, la hoja que estaba encima de la cabeza del hombre arrodillado descendió y de pronto no hubo nada en el mundo salvo el horror de esa cabeza tronchada cayendo en la paja y la sangre chorreando sobre el tajo, la paja, el verdugo y ese guiñapo convulso que segundos antes era el cuerpo de un ser viviente.
Francis se sofocó, retrocedió y huyó del matadero, dirigiéndose al patio soleado. Había llegado a los establos cuando la náusea estalló en su apretada garganta. Arrojándose sobre la paja, vomitó con violencia.
Pasó el tiempo. Nadie entró en el establo; hasta los palafreneros parecían haber desaparecido. Francis estaba solo con su abatimiento. Cuando se le calmó el estómago, se puso de rodillas, se metió en un pesebre vacío y se acostó. Al cabo de un rato, lloró.
No supo cuánto tiempo se quedó allí. Trató de no pensar, de mantener la mente en blanco, de concentrarse sólo en el contacto áspero de la paja contra la mejilla, el olor penetrante de la bosta, el relincho suave de los animales. Cuando oyó que traían caballos al establo para desensillarlos, guardó silencio, escuchando mientras llevaban a los recién llegados a los pesebres para cepillarlos y abrevarlos. Nadie fue hacia su extremo del establo y al rato las risas y bromas se disiparon. Volvió a reinar el silencio.
Le costaba tragar. Tenía un gusto horrible en la boca y el olor agrio del vómito se le pegaba a la ropa y la piel. Rodó, se incorporó y se puso de pie penosamente. Al salir del pesebre, vio que no estaba solo.
Otro niño lo miraba sorprendido. Era mayor que Francis, pero no más alto, un joven delgado y moreno con una brida en la mano y una expresión inquisitiva en la cara.
– ¿De dónde saliste? -preguntó, con curiosidad pero sin hostilidad.
Francis quedó atónito. No podía ponerse a conversar con ese desconocido. Sólo quería escapar del establo antes de que el otro descubriera las pruebas de su estómago débil y se riera de él, sólo quería estar lejos de Middleham y la gente aborrecible que vivía ahí. Pensó en lanzarse hacia la puerta, pero tenía las rodillas flojas y le dolía el tobillo. De todos modos, era demasiado tarde. Vio que el otro niño miraba la paja sucia, veía los signos inequívocos de su debilidad.
Miró a Francis, notó que estaba blanco y conmocionado. Antes de que Francis supiera qué pasaba, se acercó y le aferró el codo.
– Por aquí -ordenó, y llevó a Francis hacia un fardo de heno cerca de la pared-. Siéntate -dijo con la misma voz perentoria, y mientras Francis se desplomaba en el fardo, fue a un pesebre y regresó con un cubo de agua. Francis renunció a su orgullo y sumergió la cara en el agua. Enjugándose la boca, escupió en la paja y aceptó el pañuelo que el niño le ofrecía en silencio.
– Gracias -murmuró, recordando sus modales.
El otro niño se sentó junto a él.
– ¿Tan malo fue el desayuno?
Francis lo estudió con suspicacia, pero no halló ninguna malicia en la parca broma del otro.
– No -dijo, y añadió con cierta jactancia-: Vi las decapitaciones.
– Entiendo. -El otro niño calló un instante-. Cometiste una tontería, ¿sabes? Esas cosas son necesarias, pero no es placentero mirarlas.
Hablaba con tanta naturalidad que Francis frunció el ceño, sin saber qué reacción había esperado, pero aun así decepcionado.-¿Alguna vez viste cuando le cortaban la cabeza a un hombre? -desafió.
– No -dijo el otro niño con brusquedad, pero luego sonrió de soslayo y confesó-: ¡No confío en mi estómago!
A Francis le agradó esa respuesta, y también sonrió.
– Fue espantoso -le confesó-. Sangre por doquier. -Ésta era la primera persona que lo trataba con cierta amabilidad en una quincena, y Francis buscó un tema de conversación-. Estoy aquí desde el 17 de mayo, pero nunca te vi. ¿También estás al servicio del conde?
El niño asintió.
– Estuve en Pontefract. Sólo regresé este mediodía. Sabía que tampoco te había visto antes.
Dijo esto con una sonrisa y Francis decidió investigar más.
– ¿Cuánto hace que estás en Middleham? ¿Te gusta este sitio?
– Hará tres años en noviembre. Y sí, me gusta mucho. -Otra sonrisa-. Middleham es mi hogar.
Francis sintió una punzada, una oleada de añoranza por Minster Lovell y su propio mundo. Si algo sabía con certeza, era que Middleham nunca sería su hogar.
– Soy pupilo del conde -dijo-. El mes pasado me casaron con su sobrina.
El otro niño se inclinó sobre la paja, buscando una brizna larga. Encontró una, la lanzó al aire, la miró mientras se hundía en el cubo.
– Entonces un día seremos parientes -comentó-. El conde quiere que yo despose a su hija cuando seamos mayores.
Francis no respondió, luchando contra la decepción que le causaba este nuevo conocido. Sabía que la hija de Warwick era una de las herederas más importantes de Inglaterra. El otro debía considerarlo muy crédulo para darse tantas ínfulas. Se sentía lastimado en su orgullo, y se disponía a cuestionarlo. Pero el otro no insistió con sus alardes, no parecía notar que hubiera dicho nada fuera de lo común. Francis titubeó, decidió pasarlo por alto. Estaba demasiado complacido con este primer encuentro amistoso en Middleham como para sabotearlo.
– Si eres pupilo del conde, tu padre debe de haber muerto -dijo el otro niño, y Francis asintió.
– Sí. Murió el 9 de enero.
– Mi padre también murió. Se cumplieron tres años en diciembre.
Se miraron, reconociendo el parentesco de la pérdida. Francis quería impresionar a su nuevo amigo, pero no sabía cómo.
– Una vez conocí al duque de Somerset -dijo, tras reflexionar un poco-. Era amigo de mi padre. -La sinceridad le impuso una leve corrección-. Bien, se conocían bastante.
El otro niño se encogió de hombros, y Francis probó de nuevo.
– También conocí a su hermano, Edmundo Beaufort. ¿Ahora él será duque de Somerset? -Respondiendo a su propia pregunta, decidió-: Creo que sí, pues Somerset no tenía hijos varones.
– Conocí a Edmundo Beaufort -dijo el otro con indiferencia-. Así me ha dicho mi madre. Fue años atrás y no me acuerdo de él. ¿Entonces tu familia es lancasteriana?
Era una pregunta tranquila, planteada sin énfasis indebidos. Pero Francis se acordó del sitio donde estaba. Esto era Middleham. Aquí ganaría pocos amigos ufanándose de sus contactos con Lancaster.
– Mi padre luchó por Lancaster en Towton. Pero luego aceptó al rey Eduardo como soberano -dijo con cautela.